De la virginidad electoral

Votando por primera vez

Es bien sabido que cada día que transcurre de este año 2016, nuestra República Dominicana se acerca más y más al día de las elecciones presidenciales. Por este motivo, no debe extrañarnos que en todos los espacios que frecuentamos diariamente, tanto de manera virtual como física, las conversaciones versen sobre las últimas controversias de la política dominicana. Se discuten profusamente en los medios de comunicación, las redes sociales, la prensa, las colas en los bancos y reuniones familiares, el futuro político de la nación.

Ante un bombardeo constante de publicidad, que impregna todos los medios posibles, quedo ante la misma interrogante que los miles de jóvenes dominicanos que ejerceremos nuestro derecho al voto por vez primera el 15 de mayo del año en curso.

“¿Por quién voy a votar?”

Es ineludible la realidad de que el panorama político está bien nublado. Debo confesar que he intentado responderme esta pregunta decenas de veces. No obstante, cada vez que lo hago, divago sin rumbo entre los intrincados callejones que caracterizan el caótico vecindario de nuestros partidos políticos. Al intentar armar este rompecabezas, mi resultado siempre es la imagen de un mural compuesto por una serie de matices incongruentes cuyos colores compiten por una preponderancia fugaz de la cual ninguno es merecedor.

A pocos meses del gran día me siento alarmado; puesto a que pese a mi interés y esfuerzo, no logro informarme a cabalidad de los planes de gobierno que proponen los candidatos presidenciales.

Por un lado, podría votar por el gobierno de turno, como una manera de no tentar al destino, de no ir contra un orden establecido, puesto que el uso repetido en el tiempo que supone la costumbre suele traer paz, tranquilidad, a veces hasta equilibro. Sería como apostar a lo seguro, para evitar correr el riesgo de que un cambio drástico haga más mal que bien. Después de todo, los gobiernos tienen sus aciertos y desaciertos. Mas, pecaría por ignorancia si me quedara en una “zona de confort” por el simple hecho de alegar al desconocimiento como excusa injustificada para no considerar las posibilidades que yacen más allá.

También está sobre la mesa la opción de darle la oportunidad a otro partido. De buenas a primeras se me ocurre que sería una movida arriesgada. Sin embargo, la sabiduría popular nos dice que “El que no arriesga, no gana”. Es cierto que los gobiernos se equivocan, pero los escándalos en el poder judicial, las alegaciones de corrupción que pesan sobre los hombros de figuras icónicas del gobierno de turno, la inseguridad ciudadana, el declive de la calidad de vida, y el ascenso exponencial de la deuda externa hacen que me pregunte… Cuando llegue el final de este festín, ¿Quién pagará la cuenta?

Las transiciones siempre traen algo de incertidumbre, mas, cerrarse al cambio sería perder la oportunidad de explorar nuevos horizontes. Además, así como la costumbre hace que los gobernados se sientan seguros, también hace sentir intocables a los gobernantes. Esto último siendo particularmente riesgoso, ya que lo que hoy se consideraría como el establecimiento democrático puede, si aun no lo ha hecho, involucionar hacia el afianzamiento de una oligarquía. Todo bajo el amparo tácito del pueblo.

En lo que a la “oposición” se refiere, si se quiere y puede llamar de esta manera, no vemos gran consolidación. Dentro de esta observamos diversos sectores, que buscan focalizar su campaña en un grupo en específico: la comunidad cristiana, la juventud, los marginados, los liberales, los conservadores, etc. Es precisamente la segregación y disociación en cuanto a los intereses de uno que otro colectivo, lo que debilita la hegemonía de estos grupos, causando que al cierre del proceso, tras meses y años de campaña de descrédito, los supuestos “nacionalistas” paradójicamente vendan sus ideales y sean fagocitados por los grandes partidos. Su aspiración fijada en un ideal que se limita al bien de un sector en específico, en lugar de abogar por el bien común, les resta a su campaña y nos resta a todos los dominicanos a la larga.

A mi parecer, fuera del establecimiento actual, cada uno de los candidatos emprende un vuelo por sí solo, todos con un destino lejano, incierto y discutiblemente fútil. Quizás sea hora de un cambio, pero ¿Cómo entregar la virginidad electoral en una campaña en la que no es posible distinguir entre nacionalistas e individualistas?

Lo cierto es que, hace tiempo se están llevando a cabo mítines. Se está “caravaneando”. Los altos miembros de los partidos se están delegando sus futuras posiciones. La Junta Central Electoral ya repartió los fondos para las campañas. Tantas circunstancias en constante movimiento, mientras los jóvenes seguimos en casa estáticos, especulando, desconociendo los planes de gobierno de los candidatos y preguntándonos:

¿Por quién vamos a votar?”
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