No hay nada bajo una máscara de papel maché

Después de encontrarme una llana comparación entre el arte de protesta, el arte político y Francisco de Goya, tengo la sospecha de que existe una grave falta de profundidad en los análisis en la actualidad. Nadie es ajeno a su tiempo ni a sus circunstancias y a todos nos influyen de forma más o menos visible. Y un artista, también como ciudadano, no es una excepción.

Pero en realidad lo que creo que ocurre es que hay una alarmante y generalizada falta de profundidad. Todo es epidérmico y cortoplacista como una portada de periódico. Las reflexiones vertidas en redes rara vez alcanzan una longitud mayor de ciento cuarenta caracteres, y se convierten en hastiadas soflamas, en gritos sordos y en agotados eslóganes. Y es que no hay peores amigos del pensamiento y la reflexión que la prisa y la impaciencia.

Sobran los ejemplos sobre la pérdida de concentración que venimos sufriendo con el tiempo, cualquiera de nosotros puede ser un perfecto ejemplo de ello. No caeré en el cínico recurso de culpar a Internet, ya que el hecho de tener información al instante por medio de muchos canales compite sin lugar a dudas en la categoría de mejor invento de la humanidad. Pero también puede llegar a ser un arma de doble filo, ya que nuestros ojos acaban inundados de frases cortas, encabezamientos incendiarios y prácticamente ninguna conclusión reposada. Y el arte contemporáneo, como decía al principio, no parece escapar de esta circunstancia.

Que lo visceral gane a lo intelectual es algo que culturalmente siempre nos ha sido muy propio. En una ocasión escuché a alguien decir que existen países donde todo, incluido el arte, se relaciona y se mide por medio de la religión; otros lo hacen utilizando la economía; y el nuestro hace lo propio con la política. Es parte de nuestra tradición. Una parte poco interesante, remotamente profunda y en absoluto poética.

Quizá ése sea uno de los problemas del arte contemporáneo español, y quizá ésa sea la respuesta a porqué el mundo parece que ha dejado de prestarnos atención. Perdidos entre la dirigida actualidad periodística y la algarada de chaise-longue, hemos sustituido el mancharnos las manos y buscar nuestro lenguaje por una pasta gris que llena los huecos, funciona al primer vistazo pero que acaba por resquebrajarse y desprenderse cuando se baja el telón.