Obra y espectador: ante/a través del espejo

Uno de los problemas clave a los que se enfrenta el artista es la conexión con el espectador: la capacidad de la obra de transferir conocimiento, especialmente el sensible.

Todo artista debe ponerse el traje de espectador para hacer un análisis de su trabajo antes de mostrarlo. Cómo entra el espectador en él, cómo plantearle preguntas o cómo contestárselas son tres de las posibles preguntas que cabe hacerse.

Existen tantas formas de abordarlas como siglos lleva el ser humano haciendo arte, pero simplificando el problema se podría decir que para que el espectador recorra nuestro camino descodificando el mapa uno debe dejar las pistas adecuadas.

Existe una diferencia abismal entre lo que el artista tiene delante de los ojos y su mirada sobre ello. Esta confusión, aunque sutil, resulta definitiva. Por ese motivo el artista no puede poner un espejo delante de sí y rebotarlo hacia el espectador para dejarle a éste todo el trabajo de búsqueda, de ruptura y de recomposición porque puede que no sepa por donde comenzar la tarea o por qué tendría que hacerlo.

El artista debe romper ese espejo previamente en el proceso creativo, interpretar su propia mirada y traducirla. Pasar a través de él y, una vez en el otro lado, lanzar esa imagen directamente al espectador para que éste vea un camino que puede recorrer , aceptar o descartar.

Imaginemos a un pintor que simplemente toma un paraje dado y lo plasma en un trabajo que básicamente consiste en visualizar lo que tiene ante sus ojos y congelarlo en un lienzo mediante el uso de la pintura con una intención puramente mimética. No existiría en ese caso reflexión alguna sobre el papel de la mirada o en torno a la complejidad del concepto de paisaje.

¿Es entonces trascendente en algún momento el trabajo de un artista que toma esa imagen que tiene frente a sus ojos y la muestra directamente al espectador sin más trabajo posterior?

El espectador podría encontrarle por sí mismo una trascendencia a esta imagen de la que hablamos, volcando en ella mucho de sí mismo, pero al carecer de una verdadera promesa de sentido, el espectador tiende a no romper el espejo. Por ello el gasto de energía de ponerse al otro lado debe ser tarea del artista, puesto que al artista se le presupone que tendrá los mapas correctos y podrá entregárselos, codificados o no, al espectador.

En cualquier caso, el artista debe asumir siempre la posibilidad de fracaso como la más probable nada más entrar en el taller, ya que no existen estrategias infalibles cuando de creación se trata. Y la aquí descrita no es la excepción.

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