El corazón de los Arupos

Vinieron desde el Titicaca y de la Puna en oleadas sucesivas, atronando los aires con su tambor de guerra, al solar de las flores azules y de los dorados maizales que inconmensurables se extendían desde las faldas del Pichincha. La sangrienta invasión enmudeció un millón de voces. Trajeron nueva lengua. Se llamaban Inkas y se adueñaron de todo, menos del alma aborigen y del paisaje. La fuerza de las armas extendió tanto las fronteras que fue necesario crear Tumipamba y reconocer la firmeza del ancestro de Kitu para compartir con Cuzco la administración de gentes y tierras nacidas bajo el sol ecuatorial de los Andes.

Huayna-Kapak, 14vo Inka, señor absoluto del Imperio, soldado y estadista le dio su máxima expresión y al poner en su llauto imperial sobre la borla carmesí la esmeralda shyri de Quito, hizo más grande el Tahuantinsuyu. Dio batalla hasta el fin y se nublan sus ojos con el canto agorero del “uillac uma” que le anuncia la llegada de “huira cochas”, los venidos del mar, para aniquilar su imperio. El destino le había señalado una cita con la muerte que llega puntual en 1528 a su natal Tumipamba, pero su coraz6n, en un vaso de oro, queda en Kitu.

Atahualpa, nacido en 1497 en el palacio real de Karanqui no era el primogénito. Fue hijo de Paccha, la princesa Kara de Kitu, a quien siempre prefirió Huayna Kapak sobre la colla cuzqueña que, legalmente, debía estar antes que cualquier otra esposa o concubina y su hijo tener la primacia, ejerciendo el derecho sucesorio en el trono. Fue educado y formado por el mismo Inka que ante la imposibilidad de mantener un tan grande imperio en su testamento lo dividió en dos partes, la del Sur entregándola a Huascar y el Chinchasuyu o la del Norte a Atahualpa, quien, muerto su padre el Emperador, constituyo en el InkaKara-Shyri. Pronto la fragmentación real se hizo impracticable. Algunas nacionalidades como, la cañari-palta, presionadas por los cuzqueños se levantaron en armas y se produjo el enfrentamiento entre los dos Inkas.

Atahuallpa no quería la guerra y ante la provocación de Huascar, en defensa de sus territorios. Formó un poderoso ejército dirigido por el mismo y sus mejores jefes entre los que sobresalían Rumiñahui, Quisquis, Zopozopangui, Chalco-chima, Zotaurco. El quiteño Rumiñahui, del linaje de los Ati de Pillaro, no solo confirmado sino enaltecido aún más y puesto inmediatamente después del Soberano, va hacia el Sur dirigiendo la retaguardia, en el año 1530. Las batallas son cada vez más encarnizadas y la guerra avanza más allá del conflicto dinástico para desembocar en las viejas rivalidades regionales. El ejército quiteño domino a los cañaris y culminó victoriosamente su campaña en el Cuzco.

Atahualpa avanza para consolidar posiciones que, con los resultados obtenidos, vuelve a hacer la unidad en manos de un solo e indiscutido jefe, Atahuallpa Inka, el último de los hijos del Sol. Pero la gloria es efímera.

Sus días de descanso en Cajamarca son turbados por un grupo de doscientos aventureros castellanos que cegados por el terror y el miedo, adentrados en territorio desconocido y rodeados de una parte del mejor ejército del Inka, no ven su mano generosa que les ha mandado embajadas con regalos suntuosos y les recibe como invitados especiales, ofreciéndoles vestido, alimento y hospedaje.

Aturdidos por lo desconocido, tampoco quieren entender el sentido de la gentil acogida que se explica por sí misma, dejándose dominar por los más bajos instintos para conseguir con audacia lo único que más anhelan, el oro, objetivo principal de la empresa comercial en que están empeñados. Atahuallpa entra en la plaza de Cajamarca solamente con una reducida guardia de nobles y un batallón de danzantes y músicos que ritualmente siempre le acompañan, y van delante de él, abriéndole paso con baile y música de signo mágico que, en esta vez, no puede alejar a los enemigos y ellos, desarmados, caen abatidos por la furia homicida de los extranjeros, dueños del campo en una vergonzosa acción que los deja atónitos. Atahuallpa es preso en su propia casa. Y para aumentar la vileza, le echan encima cadenas y grillos.

Solo levantando un dedo podía batallar contra los invasores y dejar que su ejército los extermine, pero rehúsa hacerlo y conociendo ya su extremada codicia, ordena darles el oro que tanto ambicionan y que se les entregue a manos llenas, en cantidades exorbitantes para cada uno y también para que se envíen coma presente al monarca al otro lado del mar. Los dos conceptos se confrontan enseguida. Para el aborigen, el metal es sagrado y sirve solo para representar al Dios Padre Sol, engalanando su santuario.

Para los viracochas, es la razón de su codicia y el motivo esencial de sus acciones. Mientras más reciben, más quieren. Y salta a la vista la vileza del reparto cuando entre si disputan salvajemente y se engañan para obtener el mejor botín, disminuyendo con intención la cuota real.

El ser descubiertos les atemoriza grandemente y como no pasan de ser rumores que el ejército nativo haya levantado su cercano campamento para retornar a Quito y un ataque masivo parece inminente, deciden envilecerse más y ensangrentar sus manos, sacrificando la más preciada mazorca de maíz que cae y se desgrana mientras el Cotopaxi en un solo alarido revienta sus entrañas y abatidos, contestan desgarrados los montes tutelares. Tuvo razón el aravico, al profetizar que anochecía en la mitad del día. El 29 de agosto de 1533 florece ensangrentado el Arupo y dolorosamente los campos se abren a la cosecha.