El crujir de los años.

Chuck Franco
Nov 2 · 3 min read

En la madrugada era cuando a Hugo más le daba miedo estar solo. No era sólo la obscuridad y el silencio reinante en todo el cuarto y en la casa. Eran, además, las preguntas tan incómodas y angustiantes; los escenarios tan poco prometedores del futuro; el largo camino que había recorrido y el tan poco tiempo que se le acortaba cada día más, cada noche más, cada insomnio más.

Fue una de estas noches que lo supo: su casa estaba viva. No sólo eso, sino que que estaba a punto de ya no estarlo. Le aventajaba años y vivencias pues había estado con su familia por más de tres generaciones. Se preguntaba si sus ancestros también la habían sentido respirar y morir al final de sus vidas. Ese mismo techo había visto su abuela en sus días de enfermedad, ¿o el techo la había visto a ella? La gente siempre usa la expresión “si las paredes hablaran...”, Hugo se preguntaba si más bien, la gente no supiera/quisiera escuchar. El letargo de la noche, o la proximidad de la muerte quizá, le hizo entonces poder entender que las casas también tienen corazón y voz.

Las tuberías comenzaron a llamarlo a través de las paredes:

—¡Hugggo!, ¡Hugggo! —con un tono casi monstruoso. Como el de una criatura que le cuesta articular palabras porque está aprendiendo a hablar.

Aterrado, se cubrió la cara con las cobijas, pero no sintió que un hombre con canas y bigote grueso sobre la boca, debiera comportarse así. Carraspeó e intento cerrar los ojos, como si eso bastara para conciliar el sueño.

De pronto, el suelo crujió y casi inmediatamente el buró junto a su cama también, haciendo que un salto involuntario lo hiciera ponerse nervioso y a su corazón acelerarse. Era como si alguien se arrastrara intentando acercarse. Intentó convencerse de que era ridícula la idea de que un mueble quisiera comunicarse con él pero ahora eran golpes en la pared los que le rogaban ser escuchados. Un grito ahogado, como el de un anciano cansado, de pronto comenzó a sonar intermitentemente; era el boiler que se unía a la orquestación. Llegaba el turno a las ventanas: comenzaron a aullar y a retumbar violentamente. Ya no podía más, no quería morir así, no quería morir de miedo, pero esa fue la vida que había escogido. Nunca quiso nada más, nunca quiso un trabajo que lo matase eventualmente como a muchos de sus amigos. No quiso una vida acompañada de seres amados que terminarían dejándolo solo de una u otra manera; tampoco quería morir de soledad. Pensándolo bien, morir de miedo no era tan malo, hay formas mucho más crueles de morir y de irse extinguiendo.

Su estómago crujió por la colitis nerviosa que le atacaba y entonces soltó una risa.

—¡Ja! No somos malos, tan sólo estamos muy viejos ya, ¿no?

—Bueno, si es que quieres que nos vayamos juntos, estoy listo. Ya sabes dónde duermo. —Volviendo a reírse ya con los ojos cerrados.

Los ruidos cesaron, o al menos, dejó de percibirlos. Tan sólo escuchaba su respiración resonar en el cuarto. Se envolvió en las cobijas de nuevo y se dio la vuelta al otro lado de la cama.

De pronto el teléfono sonó.

Extrañado, volteó del lado del buró con el teléfono. Con un poco de temor de nuevo, levantó la bocina y escucho tan sólo su respiración al otro lado de la línea.

    Chuck Franco

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    Tengo la cabeza llena de música celestial, pero mis torpes manos no pueden atraparla.