Chuy Fonseca
Aug 23, 2017 · 6 min read

Sobre diástoles y recuerdos…

Y es que aunque seguro estoy de que ese sonido está solo en mi mente, aún escucho de fondo el golpeteo de tus dedos sobre la antigua máquina de escribir en la que tanto te encantaba trabajar, y no puedo más que imaginarme, y equipararlos al latido de tu corazón… de esa sístole que amaba escuchar acelerarse cuando llegabas a algún momento cumbre del texto, al que con tanto fervor dedicabas tus madrugadas, de aquellas veces en que la emoción se apoderaba de ti al vivir cada letra, cada texto y cada imagen, cada idea en que volcabas todos tus sentimientos y emociones, imposibles de separarse de aquella ficción, ni siquiera por el “punto y coma” que con tanta manía usabas.

Como olvidar tu mirada ilusionada, que revelaba lo mucho que de tu obra estabas enamorada, verte reír, llorar, gritar de desesperación y saltar de alegría conforme las páginas en blanco, de tinta se iban llenando, y aunque pareciera que siempre estuvieras en lo mismo, siempre supe que en tu vida, no existía la rutina crónica y repetitiva, pues, embebida de las emociones que tanto disfrutabas en papel plasmar, devenían inmediatamente cualquier sentimiento de quebranto y tribulación por lo que en el diario vivir podría pasar.

Hasta ese fatídico día… aquella ocasión en que mientras observaba tus dedos volar, y veía la inspiración que lograba hacer tus ojos brillar, de la nada, abruptamente, así como lo intempestivo de una tormenta de verano, te detuviste… me miraste a los ojos directamente, y exclamaste, “No puedo más…” de inmediato comencé a decirte que a todos nos pasa, que es algo normal, y que te recomendaba tomarte un descanso, pero creo que debí poner mas atención al consejo dado, pues fue solo después de eso, que noté que mientras me observabas, que ese brillo de tus ojos que mis días iluminaba, frente a mí se apagaba, y la llama con la que tu alma ardía poco a poco se extinguía, logré incluso ver como luchabas contra ese sentimiento, pero era claro que una parte de ti ya estaba decidida, y la batalla tenía un claro ganador incluso antes de declararnos la guerra… de pronto una gran tristeza inundó mi ser, pues ya no estabas viendo hacia mí, sino a través de mí… noté que enmudecida te levantaste y sin hacer la más mínima gesticulación, tomaste esa maleta que para mi sorpresa y mi desdén ya estaba preparada con bastante antelación, como si estuvieras esperando ya este momento, como si hubieras luchado por llegar a esto, como si en realidad deseases que esto pasara.

Fui corriendo tras de ti, pero era inútil, yo no era más que una sombra, no es que me ignorarás, es que dejé de formar parte de tu dimensión, me convertí tan solo en aquel ente invisible el cuál de un segundo a otro desalojaste de tu corazón, me convertiste en aquello que más temía, me transformaste en aquel que ya no lograba hacerte reír, que no lograba más hacerte de la vida disfrutar, me sentenciaste sin un juicio a sentirme la persona que te cortó las alas y te hizo dejar de creer, cuando fui aquel, que siempre confió en ti, incluso cuando ni siquiera tú lo hiciste… con una hipomimia tal que se tornaba de momentos espeluznante, diste un paso hacia adelante, yo corrí para bloquear la puerta, pues no quería que te fueras, no así, no nunca, pero tu mano me atravesó, tomaste el picaporte, y haciéndolo girar, cruzaste esa puerta sin ni siquiera mirar atrás, intenté abrazarte y por todos los medios posibles detenerte, pero era inútil, la decisión ya estaba tomada, y yo no era ya parte de tu mundo… cerraste la puerta de golpe y no me quedó más que ver por la ventana tu figura desvanecerse entre la penumbra de la noche, en esa oscuridad que llenó inmediatamente mi ser.

La luz disminuyó de repente, los colores dejaron de brillar con su característica. intensidad, los aromas dejaron de mezclarse y solo se exaltaba la estela del perfume que dejaste al marcharte, cerré los ojos y grité con fuerza, pero ya no había nadie a mi lado para escucharme, lloré con tal intensidad que llegué a ilusionarme con la idea de que regresarías al darte cuenta de lo que me habías hecho, esperé de rodillas mucho tiempo, pero tu nunca volviste… veía aun yaciendo sobre la mesa esa taza de café con tu labial carmesí, por si fuera poco, en mucho tiempo no me he atreví a salir, por miedo a que regresaras y no me encontraras, por miedo a que al regresar tu aroma se hubiera desvanecido… de repente, de manera casi tan intempestiva como tu partida, noté que aún posaba sobre aquel vejestorio, que ahora solo se había convertido en un altar a tu abandono, la página que dejaste inconclusa de aquel día en que decidiste marcharte, la tomé entre mis manos, y justo cuando me disponía a leerla, justo cuando pensé que iba a encontrar allí la respuesta, cerré los ojos y pensé en ti, vino a mi mente la imagen no de tu partida, si no de tu mirada de amor desvanecido, aquella que no manaba odio, si no indiferencia, y recordé como desgarraste cada fibra de mi corazón, y solo cuando sentí la desesperación y el ahogo regresar, abrí los ojos y volví a la realidad… caí en cuenta que sin importar la razón, el marcharte aquella noche había sido tu decisión, abracé con rabia y tristeza aquella página ya arrugada y por mis lágrimas manchada, y en presencia del conticinio como único acompañante de aquella triste madrugada, logré escuchar de nuevo el latido de mi corazón, aquel que creía tan roto sin diástole ni ritmo propio, seguía luchando por mantenerme a flote, y me di cuenta que no importando con cuanta fuerza hayas deseado romperlo, jamás hubieras completado tu misión, no puedes romper un corazón líquido, y el mío, se derritió el día en que te conoció…

Lentamente me levanté, lavé aquella taza y me despedí de tu esencia mientras el color carmín se disolvía, removí de la mesa la pesada máquina, y juro que al soltarla en aquel rincón, no solo liberé la carga de mis brazos, si no también la de mi interior, mientras el alba llegaba, terminé de limpiar tu presencia… tomé aquel ya maltratado papel, y con un gesto dulce y tierno, lo deposité en un cajón, salí de casa, vi brillar el sol, y al pisar el pórtico por primera vez de nuevo, entendí que el mundo seguía girando, que el tiempo que para mí fue una eternidad, fue solo efímero para el resto de la humanidad, y que debía seguir navegando para poder a puerto seguro llegar.

¿Qué porque te escribo ahora? Porque hoy te vi de nuevo… apareciste en mi campo de visión, tú, niña de las curvas en esta recta de la vida, te vi estoica, como triunfal al haber salido avante de esa batalla, di el primer paso hacia ti, quise hablarte de nuevo y preguntar qué había pasado contigo desde aquella noche, pero justo antes de que me vieras, decidí virar y marcharme, cambiar de sentido en el preciso y momento justo antes de llegar a la meta, no quise ser más como aquellas parejas que caminan juntos de nuevo solo por reencontrarse en el camino aunque lleven direcciones distintas, pues debo de admitir que aunque regresaron como oleada todos los recuerdos, no lo hicieron así los sentimientos…

Hasta hoy no sé, la idea que dejaste inconclusa en ese papel, solo se, que ya no quiero saberlo, pues descubrí que ya no ansío provocar. tu deseo, ni mucho menos, desear tu provocación…, que aunque es cierto que aún te amo, te amo en libertad, con el albedrío de que hagas con tu vida lo que creas que pueda ser mejor para ti, pues te deseo felicidad, aquella que no encontraste a mi lado, amor, de. aquel que no logré mantener, pues yo me deseo lo mismo… encontrar a quien amar, quien crea en mí y me haga de nuevo creer, a quien pueda amar, no más, si no diferente a ti, pues aunque dicen que enamorarse es de locos, y que más que un error es un riesgo, es uno de tantos en esta vida, que estoy dispuesto de nuevo a correr…

Jesús I. Fonseca Sánchez

)