Doy fe que tengo razón

La pregunta por Dios forma parte de los grandes interrogantes que todo ser humano se formula en algún punto de su existencia, junto con otros como: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿por qué existe el mal? y fundamentalmente, ¿qué hay más allá de la muerte?

Pero lejos de ser una pregunta aislada, es un interrogante que atraviesa a la persona de manera transversal y que, como se ha demostrado a lo largo de siglos de teología, brinda la respuesta a prácticamente la totalidad de los cuestionamientos mencionados y sus derivados. En la existencia de Dios, entonces, se fundamenta la propia existencia del ser humano y sus vicisitudes.

Es sabido que el desarrollo de la filosofía y de todo tipo de conocimiento se desprende de la curiosidad, fijando su inicio en el momento en que el hombre comenzó a interrogarse sobre el por qué de las cosas y su finalidad, pues el deseo de acceder a la verdad está en su naturaleza y es inherente a su condición de ser racional. Las respuestas, por supuesto, han estado condicionadas por el sistema de valores y creencias propias de cada cultura, pero las preguntas son universales y comunes a todas ellas.

Fue precisamente la capacidad especulativa del hombre lo que le permitió, a través de la actividad filosófica, crear un saber sistemático en torno a los misterios del mundo y de su propia existencia. La concepción del hombre como ser físico y espiritual, dotado de un cuerpo material y un alma inmortal, ya aparece en el Antiguo Egipto, en cuyo cúmulo de creencias generales está la de una vida más allá de la muerte, lo cual dio lugar a las complejas costumbres funerarias egipcias.

También entre los filósofos de Grecia, cuna de la civilización occidental, encontramos ideas precisas sobre la naturaleza humana. La concepción platónica del hombre afirma que el mismo es el resultado de una unión “accidental” entre el alma, inmortal, y el cuerpo, material y corruptible. Se trata, entonces, de dos realidades distintas que se encuentran unidas en un solo ser de modo provisional, de tal modo que lo más propiamente humano que hay en el hombre es su alma (cuya “cárcel” es el cuerpo), a la que le corresponde la función de gobernar, dirigir, la vida humana.

Con el advenimiento del cristianismo y la sistematización de su doctrina, las preguntas esenciales encuentran respuesta, y el concepto de trascendencia adquiere una nueva y más profunda dimensión. Sin embargo, se necesitarían años para que apareciera una síntesis superadora que lograra conciliar la verdad proveniente de la revelación divina con el racionalismo, que negaba todo conocimiento que no fuese fruto de las capacidades naturales de la razón, pues debido al excesivo espíritu cientificista-positivista de algunos pensadores, se radicalizaron las posturas, presentándose una filosofía separada y absolutamente autónoma respecto a los contenidos de la fe.

La ciencia puede explicar los fenómenos naturales, incluyendo el funcionamiento del cuerpo de todo ser vivo. Incluso algo inmaterial e intangible como la psiquis humana tiene su correspondiente ciencia, la psicología, que ha hecho de la mente y sus procesos su objeto de estudio. No obstante, el alma, que también es parte integrante de todo ser humano, encuentra su correlato no solamente en la filosofía, sino también en la teología, y aquí es donde entra en juego la noción de fe y la idea de que el ser humano y sus misterios sólo pueden ser desentrañados a partir de un vínculo estrecho entre la fe y la razón. Se destaca en este aspecto la figura de Santo Tomás de Aquino, quien supo defender la verdad revelada a través de la Palabra de Dios sin menospreciar nunca los mecanismos y méritos de la razón. Para este filósofo, la creación del mundo natural y sobrenatural es obra de Dios, por lo tanto sería ilógico considerar ambos mundos en forma separada pues todo procede de Dios.

Santo Tomás define a la fe de la siguiente manera: “Creer es un acto del entendimiento que asiste a la verdad divina imperado por la voluntad a la que Dios mueve mediante la gracia”. La verdad divina no es evidente a la razón porque sino no haría falta la fe. Esta última es un acontecimiento evidente donde se nos presentan cosas que nos sobrepasan. En cambio, la razón es la capacidad para comprender la realidad según la totalidad de sus factores. La razón tiene que estar siempre abierta a la realidad.

Para Santo Tomás, las verdades de fe y las de la razón tienen que coincidir puesto que ambas provienen de Dios. Si alguna vez la razón contradice a la revelación (palabra de Dios), porque el hombre se haya equivocado, siempre es la razón la que debe someterse a la fe. Por lo tanto, el pensamiento tomista ha consistido en un esfuerzo por integrar la filosofía (aristotélica) con la teología, creyendo útil la utilización de ambas para lograr la salvación.

En efecto, la razón no basta para comprender el misterio esencial de la misma existencia humana. Para San Anselmo, su tarea consiste en saber encontrar un sentido y descubrir las razones que permiten a todos entender los contenidos de la fe, que a pesar de no fundarse en la razón, no puede prescindir de ella. Una y otra son compatibles, complementarias. El hombre necesita de ambas para dar respuesta a los interrogantes que rodean su vida y acceder a la verdad. De hecho, la revelación propone algunas verdades que, aun no siendo por naturaleza inaccesibles a la razón, tal vez nunca hubieran sido descubiertas por ella sin el apoyo de la fe.

¿Cómo explica un científico la existencia del mal y el sufrimiento, el sentido de la vida y lo que hay más allá de esta? Porque independientemente de la cultura a la que pertenezca cada persona y el credo que profese, la muerte es común a todos los seres humanos y su insondable misterio ha desvelado a los hombres desde los comienzos mismos de la humanidad. Tales vacíos del conocimiento vienen a ser llenados por la fe, que a través de la revelación incorpora la realidad del pecado, que ayuda a plantear filosóficamente y de manera apropiada el problema del mal, y la noción de vida después de la muerte (resurrección mediante) para quienes elijan seguir a Jesucristo, Dios hecho hombre, quien es “Camino, Verdad y Vida”.

En efecto, es la Palabra de Dios la que revela el fin último del hombre, con su promesa de vida eterna y de morar junto al padre en el Reino de los Cielos, al tiempo que otorga un sentido global a su obrar en el mundo, el cual debe ser virtuoso para hacer carne las enseñanzas de Jesucristo y para poder acceder a esa vida perdurable cuando tenga lugar su segunda venida y el fin de los tiempos.

La mayor prueba de la existencia de Dios deriva de la contemplación de la misma Creación, que fue coronada con el ser humano (hecho a imagen y semejanza de Dios), cuya capacidad creadora, a su vez, no conoce límites. Es imposible no asombrarse, por ejemplo, de la perfección del cuerpo humano, cuyo mecanismo no puede ser imitado ni por la más compleja de las máquinas inventadas por el hombre. Según el argumento ontológico, la idea de un ser perfecto implica que ese ser ha de existir, y que dicho ser comprende la totalidad de las perfecciones, entre ellas, el hecho de ser omnipotente. Por lo tanto, Dios existe y sigue siendo necesario para explicar el origen del universo.

Sin embargo, existen biólogos y filósofos que creen que las primeras criaturas vivas nacieron “por azar” en el océano hace cientos de miles de años, y esto es apoyado por las leyes de la evolución de Darwin, las cuales le dan importancia a lo aleatorio. Pero cabe preguntarse quién ha determinado dichas leyes y cómo, por simple azar, se han aproximado ciertos átomos con el fin de formar las primeras moléculas de aminoácidos. Además, ¿cómo fue elaborada la primera molécula de ADN que, posteriormente, permitió el surgimiento de la primera célula viva? La respuesta es que, detrás del nacimiento del universo, hubo como una especie de fuerza organizadora que parece haberlo calculado todo.

La vida en el universo no apareció al azar. Según Jean Guitton, “En cada partícula, átomo, molécula, célula de materia, vive y obra, a espaldas de todos, una omnipresencia”, por lo tanto, el universo tiene un sentido. Existe una inteligencia superior a todos nosotros, y es por ello que la presencia de dicha inteligencia lleva a pensar que el universo no apareció “por azar” ni tampoco la vida. Si hubiese sido por azar, solamente hubiese bastado un solo intento para agotar el universo por completo. En el momento de la Creación, hubo una inteligencia que ordenó la materia que ha originado la vida. La misma está ordenada por un organizador, no fue que un día, por azar, se juntaron las partículas, moléculas y átomos y de casualidad comenzó la vida. Detrás de todo ello, evidentemente hay un ser supremo que impuso un orden a las cosas. Nada sucedió por casualidad. El desorden no es un estado natural de la materia, sino que es anterior al surgimiento de un orden más elevado. Por esta razón, si es un orden el que gobierna la evolución de lo real, científicamente no es posible sostener que la vida y la inteligencia surgieron accidentalmente, sin ningún propósito. El universo está hecho para engendrar vida, conciencia e inteligencia debido a que, sin nosotros, no podría existir. El universo está compuesto por humanos, vida, conciencia e inteligencia.

Otra demostración de la perfección del universo es la fuerza de gravedad. Tiene el equilibrio justo dado que, si hubiese sido más débil, no hubiese surgido la condensación de las nubes de hidrógeno y las estrellas nunca se habrían encendido. Contrariamente, una gravedad más fuerte hubiese provocado la muerte acelerada de las estrellas, por ende la vida no hubiese podido desarrollarse. Ni las galaxias, ni las estrellas, ni los planetas y sus formas de vida son un mero accidente. No hemos aparecido por casualidad. Toda nuestra existencia fue programada minuciosamente.

Otra prueba se encuentra en la existencia de una ley moral universal, que es reconocida incluso por quienes no siguen ningún credo religioso. El ser humano puede hacer uso de su libertad y obrar en contra de dicha ley, pero no por eso (excepto que tenga alteradas sus facultades mentales) deja de admitir que esta existe. Incluso el filósofo ateo Friedrich Nietzsche, famoso por haber afirmado que “Dios ha muerto,” entendió que la consecuencia de este postulado entrañaba la destrucción de todo sentido y valor de la vida. La muerte de Dios, según la postura nietzcheana, conducirá al rechazo de la creencia en una objetividad y una ley moral universal, que se ejerce sobre todos los individuos.
Esto lleva al planteo del siguiente razonamiento:
- Si Dios no existe, no existen deberes morales ni valores morales objetivos.
- Existen deberes morales y valores morales objetivos.
- Por lo tanto, Dios existe.

Asimismo, la existencia de Dios otorga a la vida humana su carácter sagrado e inviolable. En cualquier parte del mundo, la vida posee valor (incluso quienes la quitan a otro saben la transgresión que esto supone) y toda persona en su sano juicio buscará preservarla.

Como conclusión, se puede afirmar que la humanidad debe aspirar a lograr una nueva síntesis entre razón y fe donde ambas, lejos de excluirse mutuamente, puedan contribuir, cada una desde su lugar, a facilitar el acceso de las personas a la verdad objetiva de las cosas. Sólo así es posible comprender el sentido de la existencia, la misión que cada persona tiene en el mundo y su destino.

En el origen de la Creación no existe el azar, sino un orden superior a todo, “orden supremo que regula las constantes físicas, las condiciones iniciales, el comportamiento de los átomos y la vida de las estrellas” (Jean Guitton, pág. 98), y ese orden fue creado nada más ni nada menos que por Dios.

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