LA PALABRERÍA DEL MUNDO

Partamos de ésta base: cuando nacemos entramos a un mundo clasificado, con casilleros limitados y dentro de ellos tenemos que introducir todas nuestras experiencias intangibles. Los casilleros fueron llamados “palabras” y a través de ellas transmitimos la mayoría de las cosas que queremos comunicar. También ellas posibilitan a nuestra mente que pueda conocer, ordenar y clasificar. Pero, ¿conocemos las cosas a través del lenguaje? ¿O solo conocemos los signos que nos muestran esas cosas?

El lenguaje como una máquina de abstracciones, que codifica y unifica la experiencia, la vivencia, la realidad. Sin embargo, podríamos plantearnos si en las palabras está lo real. ¿O está la construcción discursiva de esa realidad? Las palabras no son sin alguien que las signifique y, sobre todo, resignifique.

Seguimos anclados a conceptos, razonamientos, formas de ver la vida, que son propias del pasado y se siguen perpetuando en escuelas, universidades, ministerios. Heredamos palabras que son enteras cosmovisiones, y que nos definen a la hora de pronunciarlas o escribirlas.

Sin embargo, muchas veces nos apropiamos y hacemos uso de ellas sin reflexionar de dónde vienen, o a qué nos remiten. Como si las palabras tuvieran una esencia innata, y no un contexto, una realidad política, cultural y social que les dio origen y legitimidad.

¿Las palabras tienen esencia?

Pensando a Nietzsche, cuando dice que el efecto más general del intelecto es el engaño, que los humanos en su necesidad de existir en sociedad y gregariamente, fijan, llegan a un consenso de lo que es “verdad”. Es decir, inventan una designación uniformemente válida y obligatoria. A su vez el poder legislativo del lenguaje proporciona las primeras leyes que rigen la noción de “verdad”, originándose el contraste entre verdad y mentira.

Pero, ¿Qué es una palabra?, se pregunta el autor. Y reconociendo imposiciones patriarcales afirma: “Dividimos las cosas en géneros, caracterizamos el árbol como masculino y la planta como femenino, ¡qué extrapolación tan arbitraria! Qué arbitrariedad en las preferencias, unas veces una propiedad de una cosa, otras veces de otra. Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores, y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a la esencias primitivas”.

Quizás inventamos las palabras para no volvernos locos en el caos de la naturaleza, o tal vez son ellas las que demuestran la locura de la humanidad. Atribuimos a sonidos genéricos y arbitrarios la capacidad de transmitir algo tan intangible como cualquier experiencia vital.

Las palabras funcionan como traductoras entre aquello que percibimos y aquello que precisamos comprender para adaptarnos. Mediante la expresión logran unir lo que está separado, y pueden transformar lo establecido. Son capaces de crear nuevas realidades que resistan la uniformidad pretendida por el sistema.

Éste es un llamado a apropiarse de las palabras. A reinventar sus significados y convertirlas en verdaderas herramientas útiles para designar realidades diversas y emergentes. Resurgir, mezclar y crear nuevos términos. También descategorizar y sepultar anacronismos obsoletos. Pensemos de nuevo los significados y las posibilidades, combatamos al poder que pretende estandarizarnos.