El Congreso que dejé ir
Aún recuerdo el sonido de esa moneda fatal gritándome “¡sol!” En ese volado perdí una oportunidad que ya era mía.
Había concluido la universidad semanas atrás y el entonces Coordinador de la Licenciatura en Comunicación social de la UAM-X nos mandó llamar a una compañera y a mí.
“Tenemos un boleto de avión y gastos pagados para ir al Congreso Internacional de la Lengua Española en Zacatecas, pónganse de acuerdo para ver quién va”. Mi compañera tenía 9, yo 9.8 de promedio. Le propuse que echáramos un volado y perdí.
Un momento, ¿qué pasó aquí?, ¿por qué dejé al azar una decisión que se pudo haber tomado con base en argumentos? Aunque por décimas, mi promedio era más alto, ¿por qué no fui más aguerrida y usé argumentos? Por zoquete, por eso.
Ella fue a Zacatecas, fue testigo del histórico discurso inaugural de García Márquez que entonces escandalizó a propios y extraños, disfrutó del Congreso y las fiestas que le acompañaron. Yo me quedé en la biblioteca, imaginándola feliz de la vida, y rumiando mi fracaso.
De aquel episodio trágico aprendí que si dejaba a la suerte esas decisiones relevantes, pronto estaría viviendo abajo de un puente. Procuré espabilarme.
Pasaron los años, logré mantenerme con vida, convertirme en un ser productivo e independiente. Me encontraba en la salida de Zona MACO 2009. Estaba desparramada en una banca, esperando a mi acompañante, cuando un caballero de avanzada edad se sentó a mi lado.
Nos pusimos a conversar, “soy Pal”, me dijo. Esa grata conversación me devolvió la energía y la fe en la humanidad. Debió pasar una hora porque nos dio tiempo de abordar una gran diversidad de temas, “Maestro Kepenyes”, lo estábamos buscando, todo está listo para su recepción”, le dijo un agitado líder del entourage que de repente lo rodeó.
Pal Kepenyes se levantó, me dijo “¿quiere venir con nosotros?” y yo decliné la oferta. El maestro desapareció en medio de una nube de asistentes y flashazos, no sin antes darme su tarjeta de presentación esculpida en bronce, que todavía conservo.
La sensación de que estaba dejando ir una oportunidad extraordinaria volvió a mí de golpe. Por un momento pensé en cambiar de parecer y unirme a la parvada de Kepenyes, pero luego recordé que traía tacones de 15 centímetros y que el gaznápiro que me acompañaba seguía extraviado, así que esperé un poco más y después de un rato, me fui a casa.
Esta vez, no me arrepentí tanto (después de todo, departí con Kepenyes por largo rato, hablamos de su obra y de la vida sin que nadie nos molestara), pero recordé la historia del Congreso y la importancia de mantenerse alerta ante las oportunidades extraordinarias.
En ocasiones me enfrento a dilemas que se parecen a ese boleto del Congreso que dejé ir. En esos casos me pregunto cuáles son mis recursos, si ese boleto en cierto sentido ya me pertenece y si puedo acceder a él de una manera razonable.
¿Cuál es tu congreso?
