La épica historia de mi rodilla biónica

Hace 15 años, en una semana como esta, una muchacha de Taxco cambió mi vida.

Yo jugaba en el equipo de basquetbol de la secundaria de monjas en la que estaba. Había entrenado mucho para el festival deportivo del “Verbo encarnado”, era poste. El juego iba bien, emocionantemente bien. Estábamos en control de las chicas de Taxco que no conseguían suplir su falta de talento en el juego con su agresividad.

Recibí correctamente un pase y, justo antes de dar el primer paso, la rodilla de una muchacha mucho más alta y pesada que yo fue a dar a mi rodilla derecha -con dolo, estoy segura de ello- mandándome al suelo.

Recuerdo todo como una película: yo estaba tirada en el piso, viendo al cielo. Cabezas asomadas me preguntaban si estaba bien mientras yo asentía. Me quería levantar. La gente en las gradas comenzó a corear mi nombre. Me dieron fuerza. Al pararme, mi rodilla se doblaba. Ya habían marcado la falta: dos tiros libres. Hice los dos tiros sin poder apoyar bien mi pierna (he dicho que es un relato épico: no recuerdo ya muy bien lo que pasó) y, según yo, anoté uno antes de tener que salir de la cancha.

Al salir, comencé a tratar de caminar para entrar de nuevo: teníamos que ganarle al sucio equipo que nos seguía haciendo faltas. Mi rodilla se doblaba. Después de un rato, la gente en las gradas comenzó a pedir al entrenador que me dejara entrar y yo quería hacerlo. Me metió. Jugué tres minutos: mi rodilla no podía mantenerse firme. Volví a salir de la cancha y alguien me obsequió un gajo de mandarina. Fue el gajo de mandarina más triste que he comido. Perdimos. Lloré, no por mi rodilla, sino porque perdimos, porque no teníamos por qué haber perdido.

Tenía 14 años.

Fui de emergencia con un doctor ya “veterano” que no dejaba de fumar, que me inyectó cortisona, me hizo una radiografía y me dijo que estaba bien. Mi rodilla era casi del tamaño de un balón morado de basquet.

Pasó el tiempo junto con las consultas en el imss de traumatología. Tenían que operarme: la muchacha me rompió los meniscos y me desvió la rótula. La operación era ambulatoria, dijeron.

Todo el que ha tenido que estar sin ropa interior en una bata de hospital sabe acerca de la pérdida de la dignidad que me impulsó a pensar, como un mantra, que sería la única operación y que yo ya no tendría que regresar ahí y que ya todo iba a estar bien.

Me pusieron raquia, me preguntaron sin quería ver la operación y dije que sí: vi mi pierna por dentro gracias a las maravillas de la artroscopia. En algún momento, el doctor me preguntó si mi rodilla se doblaba sola, respondí afirmativamente. Lo escuché reclamar que por qué nadie me había preguntado eso antes, estaba molesto.

Salí de la operación con mucho frío. Me dejaron salir del hospital hasta que comí un horroroso hígado encebollado (de todas las comidas posibles, la peor). Pasé los siguientes tres días tratando de apoyar mi pierna, me dolía, pero lo soportaba.

Consulta de nuevo. Nuevas noticias: muy bien que ya puedes caminar, te tenemos que operar de nuevo. ¿Por qué? Porque los doctores nunca pensaron en hacerme una pregunta, un test y una tomografía: el cirujano que me operó descubrió que la muchacha de Taxco también me había roto el ligamento cruzado anterior. Este ligamento es, simplemente, el que hace que la rodilla no se doble hacia adelante como un muñequito de trapo.

Resulta que uno de los meniscos rotos hizo una cuña con el ligamento roto y por eso la rodilla no se me doblaba tan evidentemente sino sólo por ratos. Faltaba una consulta para definir la fecha (nota: era el seguro social, no podía ponerme yo a elegir la fecha).

El día que fuimos a consulta le dije a mi mamá: “Nada más falta que me la asignen para el día de mi cumpleaños”. Entramos a consulta. Me asignaron la operación para el 9 de noviembre, el día de mi cumpleaños.

Cumplí los 15 años en una cama de hospital.

A las 6.30am me preparaban para la operación mientras un camillero de ojos bonitos trataba de levantarme el ánimo. Me cantaron las mañanitas. Me preguntaron si quería ver la operación, dije que sí. Me pusieron raquia, me felicitaron por “hacerlo tan bien” (nunca he entendido por qué no moverse es hacerlo tan bien), me dieron oxígeno y me quedé dormida. Desperté con ese frío horrible de las anestesias.

La operación no era ambulatoria. Estoy segura de que tuve fiebre desde esas primeras noches aunque no entendía por qué y no dije nada. Al salir de la operación, cuando comenzó a pasarse el efecto de la anestesia, empecé a sentir un dolor absurdamente fuerte. Se me salieron las lágrimas. Veía en los rostros de mi mamá y de mi papá la desesperación de ver a su hija con tanto dolor. Nunca había visto a mi papá tan preocupado, podía ver en sus ojos cómo le dolía mi dolor. Yo no tenía conciencia de que sólo acababa de cumplir 15 años; de que, en realidad, seguía siendo sólo una morrita.

Me visitó mi familia en esos tres días de hospital. Mis papás volvieron a hablarse: los reunió su amor por mí. Me visitó una compañera de la secundaria que no había visto desde que me cambié de escuela: llevaba cartas de otras amigas pero ella estaba ahí, conmigo, platicando y mirándome. Yo sentía mi cabello grasoso y me daba pena y alegría saber que Chepina (así le llamaba entonces) había ido a verme. Quizá ella no sepa qué tan importante fue eso para mí, pero es algo que atesoro y le agradezco con todo mi corazón.

Salí del hospital sin poder caminar sola. Jugué en la silla de ruedas mientras esperaba el carro. Recuerdo que había sol.

Mi abuelita, mi mamá y mi papá cuidaron de mí en esos días.

Yo estaba profundamente triste: en el buró de la formidable cama de mi abuela tenía el dibujo de una conejita Miffy en calzones rosas que me había dibujado mi (desde entonces) mejor amiga, quien me acababa de decir con la voz más fría posible que no le volviera a hablar: las estúpidas y homofóbicas maestras de la escuela a la que íbamos se las habían arreglado para, en mi ausencia, asustar a mi amiga y decirle que yo era gay y que llevarse como se llevaba conmigo estaba mal (sí, soy gay, pero nos llevábamos como cualquier par de amigas de nuestra edad y esta situación se resolvió eventualmente: ella sigue siendo mi mejor amiga).

Pero, como iba diciendo, estaba yo sin poder caminar, recién operada, con fiebre y sin mejor amiga.

Advertencia: el siguiente párrafo habla de cuestiones no aptas para gente con alta sensibilidad.

La cicatriz más grande de mi pierna no dejaba de sangrar y yo tenía fiebre todas las noches. Fui como a tres doctores distintos, siempre la misma acción: retirar los montones de vendajes que tenía para revelar unas gasas manchadas de sangre espesa, los doctores recetándome antibióticos, fiebre en la noche, un hoyo en una orilla de la herida. Había que drenar la herida quién sabe cuántas veces al día y cada vez era doloroso y salía bastante sangre. Tenía que quitarme una capa que se hacía en la herida. Dolía, pero más me dolía ver la preocupación de mi madre al ver que no mejoraba y la de mi padre al tratar de limpiar mi herida sin que me doliera. Mi abuela tiene unos nervios de acero: me dolía muchísimo pero ella sabía que era lo mejor para mí y no se tentaba el corazón para drenar y lavar mi rodilla, cosa que le agradezco muchísimo.

Lo siguiente ya es apto para todas las sensibilidades.

En el seguro social me pidieron un cultivo y, al tener los resultados, me recetaron eritromicina, la cual sólo me provocó una gastritis de espanto y no me hizo nada más porque no era el medicamento adecuado, el adecuado no lo tenían y ni lo nombraron. Pero mi mamá tuvo a bien fijarse en el nombre de la bacteria y lo apuntó.

Un mes después de la operación, de tener fiebre todos los días, y al poco tiempo de haber obtenido el nombre de la bacteria, mi mamá -en la desesperación de ver que no mejoraba- fue a la farmacia, pidió un vademecum, hizo el cálculo con mi peso y me recetó una inyección de clindamicina dos veces al día.

Mi mamá me curó, ella me salvó de perder la pierna. La infección, provocada por una bacteria de quirófano, había seguido avanzando y no faltaba tanto para llegar al hueso; de hecho, mi pierna tiene una hendidura amplia en la cicatriz más grande.

Entre todo esto olvidé mencionar un pequeño pero importante detalle: necesitaba hacer terapia física o iba a perder el movimiento pero, como tenía una infección, no podía empezar por hidroterapia -que es lo menos doloroso, abrupto y lo más recomendable para estas lesiones- así que tuve que comenzar por una terapia en seco. Para ello me sacaron una radiografía: mi mamá y yo descubrimos el mismo día que me habían puesto un clavo permanente, una aleación de aluminio y titanio para la operación de injerto “patelar” que me hicieron. Casi se desmaya: nadie le dijo que me lo iban a poner, que lo traía, que sería parte de mí.

Nadie nos dijo que yo tenía una rodilla biónica que pasaría desapercibida en los detectores de metales.

Antes de la terapia usaba una rodillera graduada y muletas para caminar. En la primera sesión pasé de doblar la rodilla a 45 grados a doblarla hasta mi nalga. No les puedo decir cuánto, cuánto me dolió. Lloré en esa sesión, pero no fue por eso, fue porque de repente me di cuenta de todo lo que había pasado, de que yo era una chica que amaba jugar basquetbol y que ahora estaba ahí, después de dos operaciones y una infección horrible, tratando de doblar una rodilla que se resistía a ser doblada. A la semana pude caminar sin muletas. A quien fue mi terapeuta, la mujer que me ayudó sin piedad alguna a caminar en una semana, se lo agradezco.

Entre tanto, regresé a la escuela. Nadie me hablaba porque mi mejor amiga no me hablaba. Me hice amiga de mi otro (desde entonces) mejor amigo. Seguía usando la rodillera y me reía de mí misma en la clase de educación física.

Un año y medio después tuve que someterme a otra operación menor porque un tornillo de plástico que se suponía sería absorbido por mi cuerpo, no fue absorbido, y mi cuerpo lo estaba expulsando vía la cicatriz cerrada. Lo sacaron y aún lo conservo. La mente es muy fuerte y, aunque no tenía nada que ver con eso, después de esa mini operación no podía doblar la rodilla. Yo sabía que era algo psicosomático, así que me puse a hacer ejercicios con peso para doblar la rodilla otra vez y tranquilizar mi mente.

A los 14 años mi vida cambió. En unos meses crecí algunos años. Hace una semana me daba cuenta de que, en realidad, era sólo una niña cuando eso me ocurrió. Todavía tenía cartílago de crecimiento cuando me operaron y por eso me hicieron ese procedimiento. A los 14 años uno sigue siendo un niño. Yo no lo viví así, pero lo era. No puedo ni imaginar lo que pudieron sentir mis padres al pasar junto conmigo lo que pasé, pero les agradezco profundamente todo su amor, su apoyo y su paciencia.

A veces me entristezco mucho cuando pienso en toda esta historia épica de mi rodilla biónica: yo, que siempre he amado jugar lo que sea (fut, basquet, voli, squash, americano, box, y en realidad, cualquier deporte que implique un balón, una pelota o golpear algo), que me encanta estar brincando, corriendo y jugando, tengo una pierna que necesita una rodillera para hacer todo eso y que, generalmente, me duele un poquito después de hacerlo y cuando hace frío con lluvia.

No sé a dónde me hubiera llevado la vida si esa muchacha de Taxco no me hubiera jodido la rodilla. Es extraño pensar que, mientras que ella me cambió toda la vida, probablemente para ella sólo fui una chica a la que le hizo una falta en un partido.

No sé qué hubiera pasado si ese día de marzo hace 15 años no me hubiera lesionado, pero sé que no sería la persona que soy ahora. Sé que hubiera tardado mucho más en crecer y en entender cosas de la vida, que no hubiera sido capaz de agradecer todas las cosas que aprendí a agradecer, que hubiera tomado -como muchos muchachos de esa edad- las cosas por dadas, por garantizadas, que no hubiera sabido cómo mantener a mis amigos a pesar de los malentendidos y las complicaciones, que no hubiera entendido desde tan joven el amor incondicional de mis padres.

A la muchacha de Taxco que me cambió la vida, también a ti te agradezco: gracias a ti pagué un montón de karma y tu acción me permitió crecer, apreciar y reconocer el amor y la vida, el amor en la vida, y el amor a la vida. No sé qué tal te habrá ido a ti, pero a mí me fue muy bien.