Té de té nomás

Cuando Rosario finalmente dejó atrás Minas y se mudó a la civilización, le permití que se acomodase un par de días antes de ir a pesadearla en su nuevo apartamento.

El sábado le pregunté si al otro día quería hacer algo y propuse algunos planes de millenials, como ir a merendar en Mc o caminar por la playa. Le pedí que me avisara al menos con una hora de anticipación, porque eso era lo que me llevaba sacarme el pijama y el modo hibernación de encima y pasar al modo persona medianamente funcional.

A eso de las tres cuando estaba terminando de almorzar, me preguntó qué estaba haciendo. Como había dicho, en 59 minutos y medio frené la bici en el estacionamiento del edificio. “Creo que estoy afuera” terminé de escribir, y antes de apretar el botón de enviar me saqué los auriculares y levanté la mirada. Rosario estaba con celular en mano y haciendome señas, así que puse el mío en el bolsillo y arrastré mi bici y mi pachorra hacia su dirección.

Siempre pensé que las casas, como el hábitat natural de una persona, son además un lienzo donde se plasma abstracta y figurativamente la personalidad del artista.

El apartamento de Rosario era blanco y pulcro y olía a algo lindo, exactamente como ella. Un colgante de elefantes y un par de cuadros adornaban las paredes, y la voz de Phil Collins rompía el silencio con delicadeza.

Lo primero que hizo fue mostrarme el cuarto de Federico y explicarme que el ropero que bloqueaba el espacio del pasillo iba a desaparecer cuando él se mudase. Afirmando mi teoría: trazos de personalidad.

Después, abrió la cortina de la cocina y vi lo que posiblemente era la nube de pelos más ruidosa en 800km a la redonda y esa es la distancia del radio con el que recorro todo Uruguay. Traté de acariciarlo en una tranqui, pero me saltó y me mordió y el día antes había llovido así que me quedé llena de barro.

-Tu perro me estresa – le dije, aunque así como las personas evolucionamos él también, porque ahora los dos competimos por ver quién calma más a quién. Por lo general él gana, y es un fatality y una victoria justa.

-Y? Te gusta? – me preguntó, y cuando hace preguntas sinceras sus facciones se suavizan y sus ojos tienen el brillo de la esperanza que exterioriza sólo a veces, como si de un vino exquisito se tratase y la reservara para ocasiones especiales.

-Sí – le dije simplemente, no porque quisiera restarle importancia a su consulta, sino que tenía mucho que ver y sentir y procesar y no quería gastar palabras vacías cuando podía escribirle un textito 84 años después.

-Tomamos un té, querés?

El té en ese momento no me gustaba pero tampoco me había dado la oportunidad de realmente darle una chance. Me lo sirvió con limón y en una taza con forma de hoja, que después siguió usando cada vez que le pido uno.

Ese día estaba nublado y frío y la tele se veía más borrosa que mi futuro porque Rosario todavía no tenía cable, pero el sillón me consumió y la charla también. Me fui de ahí y estaba feliz, y al otro día le hice una pregunta.

Yo, 05:14 PM: De qué era el té que tomamos?

Rosario, 05:31 PM: Té de té nomás, Hornimans.

Pero no era té nomás, tenía limón y compañía y mimos. Hay cosas que le dan un sabor diferente al té, y otras que se lo dan a la vida.