A más tecnología, mas humanismo.
No podemos dudar de las ventajas que nos brinda hoy en día la tecnología. Su embaucadora forma de hacernos la vida más cómoda ha hecho que abramos las puertas de nuestras casas. Pero al igual que la palabra estructura el pensamiento, la tecnología también determina la manera en la que vivimos.
Al igual que necesitamos ingenieros que desarrollen soluciones tecnológicas, necesitamos humanistas, filósofos, pensadores que velen sobre el impacto que los avances tienen sobre nuestras vidas.

Cuando decidí estudiar filosofía no sabía muy bien en qué estaba pensando. Mi madre me cogía todos los libros de Jostein Gaarder en el, hoy difunto Círculo de Lectores, y así me fui acercado a la filosofía que me traslada a otro planeta en el que estaba muy a gusto. En ningún momento me plantee para qué me iba a preparar aquella carrera y de qué iba a comer cuando acabase mis estudios. Simplemente la sentí necesaria en mi vida.
Ahora, con el paso de los años, entiendo aquella corazonada y la importancia que cobran ahora las humanidades en una sociedad cada vez más tecnificada. Desde hace unos años, las Escuelas de Negocios están introduciendo materias de tipo humanístico en sus planes de estudio y seguramente lo mismo tendrá que hacerse entre los programas de los más pequeños.
Siento que el papel de la filosofía, de las humanidades está cobrando una una importancia vital ante un mundo cada vez más complejo en el que vivimos cambios exponenciales a nivel global y que requieren de una reformulación de nuestro “ser en el mundo”. Tenemos todos una gran suerte, tenemos una enorme responsabilidad: la de coger las riendas del mundo en el que queremos vivir.
Para ello hay dos vertientes claras que abordar: por una parte, la ejercida por las grandes empresas del mundo digital que no titubean en ejercer su capacidad para provocar una mercantilización de la vida; por otra, la responsabilidad que ejercemos cada uno de los ciudadanos cuando aceptamos o no determinadas soluciones que dan forma a nuestras vidas.
En ambos casos nos quedamos con ese regustillo de que no somos contemporáneos a nosotros mismos (no lo somos) y nos damos cuenta de que ya no es ese pececillo húmedo que se nos escurre entre las manos, sino que no lo vimos venir y ya nos está mirando de frente.
De la parte de las empresas tecnológicas, vemos que sus plantillas están formadas por ingenieros, matemáticos, expertos sofisticados en Big Data, IA… pero ¿Qué porcentaje se dedican a pensar sobre las consecuencias a futuro de las soluciones que nos brindan? ¿Hay algún punto de vista holístico que piense en cómo esto revierte y permea nuestra manera de vivir? Oímos hablar de algoritmos, ese “no sé qué” solucionador, a medio camino entre un posible robot y el ingrediente fundamental de un sistema complejo. Son mecanismos sobre los que se deposita la confianza y que no son inocentes, sino todo lo contrario, llevan implícitas tomas de decisiones de acuerdo a unos parámetros marcados.
Desde aceptar un algoritmo que nos recomienda lo que queremos, como si de una espiral del silencio se tratase, hasta la comercialización de soluciones que inciten a sacar beneficio económico de temas tan bizarros como las relaciones amorosas. Sí, el alquilar tu coche por horas o tu casa, ya es la búsqueda de rendimiento económico personal, al menos, curioso. Pero es que, rizando el rizo, el otro día vi que se había creado una app llamada Ponder en la que se fomentaba que los usuarios emparejasen a amigos y si la cosa tenía éxito podrían ganar dinero con ello.
Las empresas tienen deberes que hacer….Pensar desde esta complejidad del mundo y reflexionar sobre qué futuro se quiere construir, lejos de estrategias cortoplacistas. Es ir más allá, es anticipar e imaginar futuros posibles sin perder de vista los pasados que tuvieron lugar y los que no llegaron nunca a materializarse. La tecnología está para ayudarnos, ella está a nuestro servicio y nunca viceversa.
Hace unos días me encontré con un artículo de Christian Madsbjer, a raíz de su libro “Sensemaking” y que hablaba que los retos y oportunidades a los que nos enfrentamos en el sigo XXI eran, precisamente, culturales no algorítmicos. Oímos hablar de la disrupción tecnológica pero realmente ¿No es más una disrupción cultural?
Y ahora saltamos a la parte de los ciudadanos, usuarios… ¿Es que realmente queremos legitimar ese modo de vida en el que todo tiene un rendimiento económico? La tecnología ejerce una intersección en nuestras vidas y es inevitable pero ¿estamos preparados para abordar qué nos sienta bien y qué no? Ya sabemos que no nos lo ponen fácil pero realmente estamos seguros de querer aceptar esos “Términos y condiciones” infumables?
Yo no quiero sonar pesimista porque la tecnología no es ni buena ni mala pero sí hay que abordarla desde una dimensión ética. No se trata de estigmatizar la situación actual como un tecnoliberalismo atroz como apunta Éric Sadin en sus reflexiones filosóficas, ni ser tan benevolente como Yuval Noah Harari, que no se moja bajo una lectura descriptiva y aséptica de la realidad. ¿Qué entendemos por crecimiento? La tecnología es posibilitadora, es catalizadora. Tanto el diseño de soluciones tecnológicas como su uso debe ser cuestionad. Por de pronto, identifiquemos la necesidad de educar y ser conscientes del futuro que queremos vivir. Compartamos las ideas y hagamos de esto un debate público. Ya luego que cada uno haga lo que quiera en su casa, pero hablémoslo. Si queremos estar a la altura, intentemos ser más comtemporáneos a nosotros mismos. A más tecnología, más humanismo.
