Sobre la precariedad
A partir de las 22h, en mi ciudad, ya no queda nadie en las calles, excepto por los repartidores. Solo quedan los repartidores del telepizza, del pizza world, del domino’s pizza, del burger king, de algún que otro kebab, de alguna tienda de sushi y de varias empresas particulares. Creo que pasa un poco lo mismo en Barcelona, aunque allí se añaden los taxis, Glovo y Deliveroo. Recorriendo las calles de mi ciudad y un poco por escapar del frío y del ser consciente de la precariedad pensaba en cómo la ciudad ya no es la misma. Los Situacionistas denunciaban, entre muchas otras cosas, lo que había pasado con el pasear. Ha muerto el flâneur, el individuo ya no pasea y, es más, intenta acortar sus caminos. Observaban los Situacionistas cómo las calles se han convertido en un atajo, en eficiencia. Y la cúspide de lo que los Situacionistas denunciaban y trataban de recuperar paseando sin rumbo y mapeando ciudades desde el deseo son los repartidores. El propio sujeto ya ha dejado de buscar la calle más eficiente para que otro lo haga por él. La progresión de este sujeto, que ya ha dejado de pasear, solo podía ser el no-moverse de su propio hogar, la reclusión. La reclusión también por agotamiento, también por resignación.
Y en este no-movimiento se manifiesta la progresiva muerte de las calles. Las calles como ese lugar en que uno establece vínculo, las calles como un espacio de convivencia. Las calles como las de un pueblo donde todos se conocen ya no existen, ya no nos pertenecen (si nos han pertenecido alguna vez). Pensaba un poco en todo esto para distraerme del frío y la precariedad e intentaba consolarme pensando que a partir de las 22h las normas que rigen la ciudad vuelven a ser nuestras porque solo estamos nosotros y los semáforos ya no importan tanto, los cedas son innecesarios y los pasos de cebra inútiles. Pero el consuelo no se sostenía porque lo que rige las calles, y a nuestros movimientos, sigue siendo el capital. Así pues he vuelto a pensar en la precariedad y el frío porque de algún modo siempre se vuelve a ellos. Porque la precariedad está justamente en estas calles que han devenido atajos, en las calles que nos conocemos de memoria, en aquellos que conocen de memoria las calles. Las mismas calles que un día moldearon e hicieron a medida para ellos y ahora las reajustamos, las reajustamos para ellos. Y en las calles de mi pueblo, ya no nuestras (quizá nunca), ya reajustadas y vacías, al doblar yo la esquina, vi al repartidor del kebab y tras entrar en el portal me explicó en el ascensor cómo este es su segundo curro, a parte del burger king, y que le permite poder salir algún día de fiesta, pero ya se sabe. Y cuando ya nos íbamos de vuelta a por la siguiente calle, a girar la siguiente esquina, me preguntó si cobraba bien, aunque sabía que no porque la precariedad es lo único que nos pertenece en las calles en la noche en el frío.
