Los polvos mágicos del Mercado de Sonora

En el Mercado de Sonora-también conocido como el “mercado de los brujos” por los amuletos y demás artículos relacionados a la magia y el ocultismo que se venden- siempre está abierta la promesa de conseguir aquello que tanto se desea. La única condición para que se cumplan esos “X” anhelos que traemos en la cabeza… es confiar, de lo contrario, todo se va al carajo.

Fabiola, una amiga, fue testigo de lo anterior. No es broma. Se salvó de quedarse sin casa luego de haber comprado unos polvitos muy curiosos. ¿Magia? ¿Coincidencia?

Quedé de verme con dos de mis amigas, Mariana y Fabiola, en el metro Escuadrón 201 para ir al Mercado de Sonora. No lo conocíamos bien, así que nuestro objetivo era ver qué tan chido estaba.

Fabiola llegó veinte minutos después de lo acordado. Esta vez en lugar de decirnos que se acababa de despertar, que su alarma no sonó o que no encontraba las llaves, lo que nos contó fue que sus papás, un día antes, la habían corrido de su casa por llegar tarde de una fiesta (ooootra vez) en “estado inconveniente”. El trayecto se trató del recuento de los daños.

Ya en el mercado seguimos poniéndonos al día y aprovechamos para comprar un souvenir. Incrédulas, caminamos por los pasillos repletos de pieles de serpientes, patas de conejo, y de zorrillos y murciélagos disecados y partidos a la mitad. Luego de ver semejantes artículos, mejor optamos por irnos.

Ya que íbamos de salida, afuera de un local que hacía “trabajitos”, nos topamos con una reja que tenía colgadas muchas bolsitas con polvo blanco. Las ilustraciones que tenían eran la onda, pero lo más atractivo estaba en los nombres: “Quiéreme siempre”, “Doblegado a mis pies”, “Tripas del diablo” (especial para aborrecer el vicio de la borrachera), “Atracción de amor” (para convertirse en una mujer sensual), “Quiero casarme pronto”, “Domino a mi hombre”, “Tapabocas” y “Amansa guapos”.

La curiosidad nos ganó. “¿Para qué sirven?”, le preguntamos al señor del local. Muy amable nos explicó que se trataba de los legítimos polvos, compuestos con propiedades ocultas que, al ponerlos en las manos o el cuerpo y repetir la petición, cumplen con el título grabado en el plástico. Eso sí, “funcionan según la fe que se les tenga”, remarcó.

Pues ya, queriendo y no, fuimos descolgando algunas bolsitas. Total, costaban tres pesos.

Mariana y yo elegimos unos para amansar guapos y otros para volvernos más sensuales. “Chicle y pega”, dijimos. Fabiola, en lugar de pedirse el polvo para aborrecer el alcohol, escogió uno llamado “Regresa a mí”. La bolsita decía:

A la media hora de haberlo comprado y de medio tocar el polvo, sonó su celular. Vio el número. Era su mamá. Nerviosa, contestó pensando que los regaños seguirían, peor aun: que le diría “tus cosas las aventé a la calle”.

Tras algunos segundos, el rostro de Fabiola se transformó en el de alguien que parecía haber visto un fantasma. Su mamá había hablado para decirle que regresara a la casa. Say whaaaaaaaaat?

Bien dijo el señor: todo depende de la fe.

Hoy, Fabiola vive feliz en la casa de sus padres. Ah, todavía llega tarde de las fiestas, pero eso ya no es causa de conflictos. Mariana y yo, por andar desconfiando de los polvitos, seguimos sin ser sensuales y -adivinen- sin amansar a los guapos.