Existo.

Habito este mundo. Hoy, acá. Temo.

No hay medida que pueda expresar el peso que cae sobre mi espalda, el cansancio mental. Hoy estoy acá, hoy existo.

Ayer traté de irme con la corriente, de no nadar más, de dejarme llevar, traté de vaciar mis pulmones para dejar de flotar. Me sumergí en lo más profundo hasta que la presión me hizo estallar en mil partes y todo fue oscuridad y ahí nací.

Nací otra, con otro cuerpo. Nací con otras marcas, nací con otro conocimiento. Me recompuse de mil fragmentos rotos, en el fondo del agua mis pulmones encontraron oxigeno y nací.

Nací formada por partes rotas, como un jarrón que estalló y fue pegado desprolijo, nací como pude y evité mirarme al espejo.

Nací una vez más con el instinto, con la inercia, mis brazos de alguna forma encontraron su ritmo y pude nadar.

Y acá existo.

En la noche tuve miedo a cerrar los ojos y de día tuve miedo de que el sol me queme.

Nadé sin camino hasta que empecé a encontrar patrones, distintas cosas que se repetían constantemente, un día me di cuenta de que nadaba en círculos.

Nadé un tiempo más dentro de ese camino convenciéndome a mi misma que adelante es adelante y no atrás. Nadé sin miedo sabiendo que seguía, una y otra vez.

Y llegó en forma de tormenta. Llegó en forma de tsunami, de huracán, llegó como la representación misma del caos el día que me desvié, que no encontré más mi circulo conocido, que los patrones se dejaron de repetir.

Llegó como tormenta el día que me entendí que mi camino no era eterno, que era hora de nadar para otro lado, que de este mar no iba a poder salir.

Y nadé.

Nadé con mis pedazos rotos, divagando entre costa y costa, sin poder encontrar un lugar en el que descansar.

Nadé hasta que en mis horizontes no se observaba nada, nadé hasta que se me entumecieron los brazos y dije, llegó otra vez, es hora de hundirme.

Pausa.

Observé y a mi alrededor la eternidad.

Mi cuerpo al bode del colapso. Pausa. Observo.

La inmensidad me aturde, entiendo. De repente cada gota tiene sentido. Cada reflejo de la luz, cada movimiento del sol sobre mis ojos, cada uno de mis dedos.

En una pausa, observo, quieta, sin luchar, sin nadar. Finalmente entiendo que no hay nada que no sea parte de este mar.

Que toda la vida voy a cargar con esta inmensidad en mi espalda, que esta eternidad va a estar plagada de pesos en mi cuerpo, de partes rotas, de cansancio mental, de voces, de miedo.

Y en el fondo, en una parte de adentro entiendo que todo tiene sentido, entiendo por qué estoy acá.

Respiro, me permito reposar un rato más.

Agradezco y vuelvo a empezar a nadar, ya no por inercia, porque entiendo la inmensidad.