Reseña Maureen Choi Quartet: “Ida y vuelta”

Texto: Luis Miguel Flores

Hay etiquetas que molestan. Pero la que intenta definir la música del Maureen Choi Quartet en “Ida y vuelta” resulta ser de lo más acertada: latin jazz de cámara. Pese a haber nacido en Detroit y a su origen coreano, a la violinista Maureen Choi lo que le mueve -literalmente, si uno tiene la suerte de verla en directo- es la música latinoamericana. Añadamos su formación clásica y sus estudios de jazz en el prestigioso Berkley College. Y espolvoreemos con el hecho de que desde hace 3 años reside en España. Obtenemos la fórmula mágica de “Ida y vuelta”: un constante viaje trasatlántico mecido -en proporción 50/50- por composiciones propias y clásicos como “Gracias a la vida” o “Alfonsina y el mar”.

“Ida y vuelta” es en realidad el segundo disco a nombre de Maureen Choi Quartet, aunque el primero con este nuevo cuarteto; nacido cuando la violinista llegó a España y completado por Daniel García (piano), Mario Carrillo (contrabajo) y Michael Olivera (batería). Y sobre todo, está impregnado de una fuerte esencia latina que aparece en contadas ocasiones en el debut. Al cuarteto se añade el piano de Pepe Rivero en temas como la cubanísima “Valentía”, composición propia en la que además Maureen parece lanzarse a la evocación de Stéphane Grappelli. Y el contrabajo del gran Javier Colina, que redondea -a solas con Choi- la emocionante lectura de “Alfonsina y el mar”.

Este viaje se mueve también a ritmo de 3/4: del flotante “Vals o vienes” -preñado tanto de groove como de cadencias y escalas clásicas- al andino vals de “Negra presuntuosa”, landó peruano en el que la sección rítmica (fantásticos Michael Olivera y Mario Carrillo) se enreda y entretiene con gracia en torno a los hermosos arabescos de Maureen hasta que estalla de alegría (voces incluidas) pasado el minuto 4:30.

Por otros caminos se sugieren (y se apuntalan) momentazos de bolero (“Bolero del alba”), flamenco (“Ida y vuelta”, título y compendio del disco) o tango (“Elizabeth”). Cuba se vuelve a asomar exuberante en “Bilongo”, con otro triunfo de la sección rítmica. Y antes de que ese “Gracias a la vida” -abierto por un quejumbroso, hermosísimo violín- cierre los once temas del disco, hasta el “Capricho español” de Rimsky-Korsakov (arrancado con ortodoxia por el violín, recogido obedientemente por el piano de Daniel García) se acaba apuntando a la fiesta. O al viaje que, según la propia Maureen Choi, “nunca termina, siempre en el camino”.

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