Argentina vuelve al mercado mundial de biodiesel
En apenas cinco años, entre 2007 y 2012, la Argentina pasó de dar los pasos iniciales en la producción de biocombustibles a transformarse en el principal exportador mundial de biodiesel elaborado a partir de aceite de soja. Para lograr este objetivo en tan poco tiempo no hubo que apelar a ingeniosos trucos de Harry Potter, ni a la magia ilusionista de David Copperfield, ni mucho menos encontrar viejas recetas de alquimistas medievales. Todo fue mucho más simple. Apenas hubo que concentrarse en los productos que provee la tierra, pero eso sí, incorporando valor agregado para generar divisas en cantidades importantes. Algo así como industrializar la ruralidad.
La estrategia fue aprovechar las ventajas que ofrece la gran competitividad de la producción sojera argentina, atraer millonarias inversiones al sector para transformar el aceite en combustible y orientar la producción hacia un mercado internacional ávido de incorporar energías renovables a la matriz energética. Los beneficios para la industria local eximen de cualquier comentario. Mientras a mediados de 2012 el poroto de soja cotizaba a 490 dólares la tonelada en el mercado internacional, el biodiesel trepaba a 1170 dólares por tonelada. Esto suponía el ingreso genuino de divisas vía exportaciones y un ahorro adicional por menor importación de combustibles, ya que una parte de la producción se destina al mercado interno.
Lo cierto es que en poco más de un lustro en nuestro país ya se han levantado y están operativas 30 plantas de biodiesel, 10 de ellas de clase mundial. Entre ellas está la mayor planta del mundo, Renova del grupo nacional Vicentín, en Timbúes (Santa Fe), con una capacidad de producción de 684.000 toneladas al año. Además de los volúmenes destinados a la exportación, la industria argentina del biodiesel abastece a las petroleras que operan en el país para la producción de gasoil con un corte cercano al 10 por ciento, y provee este insumo a las compañías eléctricas.
Fuentes del sector aseguran que desde su surgimiento la inversión acumulada en esta industria ronda los 3000 millones de dólares, recursos clave para que en la actualidad haya capacidad instalada para producir 4 millones de toneladas anuales de biodiesel. En 2012 se exportaron 1,5 millones de toneladas (800.000 toneladas se destinan al mercado interno), lo que supone un importante saldo exportable.
Hasta acá todo interesante y muy alentador. Pero esta historia tiene un punto de inflexión en 2012 cuando la Comisión Europea, a instancias del fuerte lobby proteccionista de sus productores, abrió dos investigaciones contra el biodiesel argentino, una por dumping (exportar un producto a un valor inferior al costo de producción en el país importador) y otro por supuestos subsidios a la exportación desde Argentina. En el caso del dumping, los industriales argentinos sostienen que el menor precio tiene que ver con la gran competitividad que tiene el sector y no con maniobras non sanctas. Para defenderse recurrieron a la Organización Mundial de Comercio con apoyo de la Cancillería, que tiene el proceso en curso.
Mucho más sorprendente es la segunda investigación, la que equipara retenciones a subsidios. Según los demandantes la aplicación de derechos de exportación en Argentina representa una ayuda oficial, un argumento que difícilmente compartan los productores, quienes ven el pago de retenciones como un virtual impuesto, con impacto en la rentabilidad de las empresas. Como era de esperar, esta última demanda fue desestimada por la propia Dirección General de Comercio de la Unión Europea. Pero la que sí prosperó, y literalmente sacó de mercado al biodiesel argentino, fue la de dumping. El resultado es que desde septiembre de 2012 Bruselas aplica un arancel del 25 por ciento a la importación de biodiesel nacional.
Un informe de IES Consultores destaca que “las exportaciones (de biodiesel) en 2013 tuvieron una fuerte caída del 26,3 por ciento, al despacharse 1,15 millón de toneladas, mientras que en valores se exportaron 1059 millones de dólares, verificando una baja interanual de 40,5 por ciento”. No podía ser de otro modo. Al momento de aplicarse las restricciones, la participación de la Unión Europea en las exportaciones trepaba al 83,6 por ciento (en valores) de las ventas argentinas al exterior. Según datos del Indec, en los primeros cinco meses del año, con el mercado europeo cerrado, las exportaciones de biodiesel totalizaron apenas 360.000 toneladas.
Ante este panorama las dificultades en la industria local no se hicieron esperar. Con algo de demora -hay que decirlo- el Poder Ejecutivo decidió tomar cartas en el asunto y empujó en el Congreso una reforma tributaria para el sector. El pasado 28 de mayo el Senado convirtió en ley (estará vigente hasta diciembre de 2015) la eliminación de la alícuota del 19 por ciento correspondiente al Impuesto a los Combustibles Líquidos y eliminó el arancel para las compañías eléctricas, equiparando el biodiesel al gasoil importado (entraba sin arancel). Además, se bajó el impuesto a la mitad para uso agrícola y se redujeron las retenciones del 20/22 por ciento (son móviles) a la exportación de biodiesel, que ahora quedaron en 11 por ciento.
“En sólo 24 horas desde la aplicación de la rebaja impositiva se vendieron 150.000 toneladas y en el último mes se reactivaron los contratos de exportación porque ahora estamos más barato que el gasoil del Mar Negro y el norte de Africa”, sostiene Gustavo Irígoras, asesor en temas internacionales de la Cámara Argentina de Biocombustibles (CARBIO). Esto también repercutió en una mejora del precio internacional que en pocos días subió 50 dólares la tonelada.
Para Irígoras la apuesta ahora es “abrir el mercado estadounidense, que está cerrado por el lobby de la industria local, y podría significar hasta 1 millón de toneladas anuales”. Según estimaciones de la Cámara Argentina de Biocombustibles la industria está operando actualmente al 70% de su capacidad instalada, lo que abre oportunidades de crecimiento a nivel de producción.
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