Saliendo de aquel Corsica 1995 y llegando tarde a la boda
2006 © Coco Martin

Corsica

Coco Martin
Sep 2, 2018 · 7 min read

(En Español)

Recuerdo ese domingo con el sol dando en el capó y en mi camisa blancos, y yo sin batería.

Había despertado en sofá ajeno producto de un invitante “quédate cholo, pa’ qué vas a manejar hasta allá de noche”. Amanecer mirando el Queensboro Brigde es como hacerlo en un cinerama. Solito te transportas a la vida diaria de un turista, de alguien que no pertenece a la ciudad, es decir, alguien que no es ciudadano ahí y casi como si fueras un personaje de alguna película. Similar a un abrir de ojos dentro de una contorsión de sensaciones y visiones que seguramente Muñoz Molina había sentido muchísimo antes, durante y después de haber escrito sus Ventanas.

Llegaban los sonidos de los baños y la cocina, ya tocaba levantarse y despegar la piel del sofá de cuero, que, aunque cómodo y oliendo a nuevo, siempre quedaba algo pegajoso en verano. El día anterior, en ese mismo metro cuadrado, había tenido lugar una boda civil, austera y feliz. La jueza de paz, por una módica suma adicional, empezaba la ceremonia delivery, justo en el momento en que yo buscaba estacionamiento, desempacaba mi Canon y mi Sony, un trípode accesorio que nunca uso, y aceleraba el ritmo confiado en que la hora peruana también sería observada en Nueva York. Con la mano libre que me quedaba, desde el flip-flap enviaba el mensaje de texto infalible “ya casi estoy abajo … espérenme”. Ni tiempo para añadir la exclamación.

Por supuesto mi secuencia fotográfica empezó en los saludos, justo instantes después de celebrado el consabido momento del ‘I do’ de los neo cónyuges. Las risas, las disculpas, los flashes, las poses, el hambre colectivo, la jueza que se despedía y alguna lágrima de la buena amiga que llegó en bus desde Ottawa, formaban el alboroto en esa sala-comedor moderna pero pequeña, y todos se organizaban para subir la bebida a la azotea y celebrar aquella unión peruano-serbia, entre cantos, tragos, bailes algo extraños pero motivados por la alegría y un catering que creo incluso haber recomendado.

En fin. Fue a través de Moni, esa amiga de años y esposa de un viejo amigo con quien crecí, que conocí a la entonces novia y que por esas raras leyes transitivas de la vida, la amistad fluyó como extensión o continuación de la larga y buena amistad traída desde la infancia.

En aquellos días empezaba un nuevo trabajo, pero tenía quizás las perspectivas algo revueltas y anudadas; mi exmujer, ya había partido para no volver. El año anterior, a través de un pariente de ella, me había hecho de aquel Corsica blanco, más por necesidad que por bolsillo, y que al probarlo en un ‘parking lot’ en Fairfax, Virginia, empezaba a dar empujones como una suerte de baile de bachata y que me daba la impresión de querer eyectarme como un potro salvaje de sus asientos y tapicerías guindas.

Probé sus piques y frenos de manera violenta, y luego de una breve revisión, más cosmética que técnica, decidí comprar aquel encaprichado caballo de quinta mano. Lo importante era solucionar el transporte diario. Al menos era blanco humo como solían ser mis autos previos y eso me consolaba.

Después de compartir el desayuno nupcial con los esposos, llenos de recuerdos y buen humor, le ofrezco a Moni llevarla a dar una vuelta y dejar a los recién casados para que hagan sus planes de viaje, y pasadas las despedidas y mejores augurios, nos encaminamos al estacionamiento unas calles al norte. El Corsica estaba allí esperando.

Como toda turista, aunque lo fuera por solo un día, no se le ocurrió mejor idea que pedirme que la lleve al barrio chino en búsqueda de carteras “originales” de muy buen precio, de marcas que yo no sabría cómo escribir. Nos encaminamos tranquilos pues había suficiente combustible y el tráfico aún no era un tema que amenazara nuestros tiempos para volver al Port Authority en Midtown.

Ya en Chinatown levanté una ceja cuando encontré muy fácilmente lugar para estacionar como presagiando que podía ser un estupendo día, y, al notar que las carteras se ofrecían solas a cada paso, daba por descontado que mi amiga ejercería pronto su deporte favorito del regateo. Terminamos un semisótano con una mujer china de mediana edad quien era amable y discreta en la vereda, pero luego ya se mostraba en guardia para el regateo. Las dejé terminar sus negocios y decidí no intervenir. Era casi un guardaespaldas improvisado por mi voluntarioso papel. Felizmente, la transacción surtió sus efectos y ambas partes parecían contentas y volvimos al auto blanco con las mejores marcas de carteras a cuestas.

Mientras tomaba la ruta 9A desde el sur pues se sube rápidamente hacia la estación de buses, noté que mi auto decidió no hacer sus hipos ni mostrar signos de rebeldía ese día; la consabida conducta humana de autocontrol delante de una visita o un extraño. Al llegar despedí a Moni para que aborde su Greyhound o alguna otra compañía. Entre bromas por el largo camino que le esperaba sentada, los saludos al amigo que no vino con ella esta vez y a los pequeños que siempre extrañaba ver, la embarqué.

El sol empezaba a calentar, yo seguía en camisa de vestir con mangas recogidas y, con la misión cumplida, iba rumbo al sur, a atravesar el Verrazano Bridge, y terminar mi maratón personal de fin de semana.

La ruta 9A se cargó de tráfico, pero la cosa aún fluía. Venía recordando la primera vez que al timón crucé el Brooklyn Bridge y cuánto se disfruta esa experiencia de turista novato.

Pasando debajo del puente peatonal de Chambers St, los primeros hipos de mi corcel blanco empezaron a dejarse sentir. Eran diferentes a los acostumbrados y pronto ya el acelerador no respondía, salía un humo blanco de ese capó calentado y disminuía la velocidad hasta detenerse.

Venía en la línea de la izquierda, junto a la berma, y no me dio tiempo de tomar mi derecha. Se detuvo de golpe justo en frente de la zona llamada Ground Zero, ahí donde caían las torres gemelas cinco años antes. Vaya escenario que eligió mi maquinaria para la siesta.

La música y el aire acondicionado ya se habían evaporado. El calor se empezaba a sentir y empecé a buscar en mi celular plegable de la época, el número de algo que vagamente recordaba, la triple A o algo así vendrían en mi auxilio, pues en los Estados Unidos todo eso funciona de maravillas. Alcancé a hablar con un agente al teléfono, quien gentilmente me indicó me comunicaría con otra extensión y que por favor espere en la línea. Si claro respondí. Si claro. El celular se apagó para no volver a encender pues su batería estaba en cero.

Mantén la calma me decía, mientras veía pasar a los autos impacientes uno tras otro por mi lado, casi todos mirándome acusadores, pues al fin le ponían rostro al culpable del tráfico sufrido. Decidí levantar el capó para al menos dar la impresión visual que tenía un obvio problema mecánico, quizás dar algo de lástima y esperar que al menos algún patrullero se acercara a apoyar.

Pasaban los minutos, el sol ya era de piscina de selva de cemento, y este descorbatado fotógrafo de matrimonio, estaba sentado en la maletera moviendo los brazos a una procesión de unos 20 autos patrulla que me miraban desde la otra vía sin detenerse, seguro por estar en alguna maniobra de formación para casos de emergencia, dejando claro que yo no calificaba como tal.

Llevaba ya algo de 45 minutos y por dentro tenía una tranquilidad digna de un resignado a su suerte. Si hubiera llevado siquiera un libro en la guantera, me hubiera puesto a leer encima de mi máquina inservible. Literalmente incomunicado solo me dediqué a esperar como siempre, lo mejor.

Me sentaba cada 10 minutos a tratar de resucitar la batería, pero esta no respondía. Ya ni la radio lo hacía. En uno de esos intentos que sabía eran actos de negación en sí mismos, levanté la mirada, y, por entre el timón y el capó, logré ver que desde el carril contrario, a unos 100 metros delante de mí, un arriesgado conductor vienía en su 4x4 directo hacia mí, exponiéndose a una multa por ir contra el tráfico. Tuvo que haberme visto desde otro punto cercano, o haber pasado por mi lado y entonces decidir volver, o vivir en alguno de los edificios cercanos y bajar a darme una mano. Quizás las bocinas que por mi causa aumentaron ya no lo dejaban dormir. Qué se yo.

Las miradas hacen innecesario diálogo alguno y solo atinamos a decir buenos días. Y yo por supuesto, con las gracias por delante, le pregunté si podía hacer algo. Sacó pacientemente sus cables, abrió su capó y me instruyó para encender mi motor.

Funcionó al segundo intento. Recogió sus cables, me recomendó no apagarlo y llegar a mi destino lo antes posible, y mientras le entregaba mi tarjeta, en caso algún día necesitara un fotógrafo sin auto, me llamase. Alcancé a decirle en mi inglés masticado que en español decimos que era como si un ángel se apareciera a ayudar justo en el momento preciso. Pareció comprender. Sonrió y me dio su tarjeta.

Nos dimos la mano, le agradecí nuevamente, y mientras él daba la vuelta a su camioneta para alinearse con el tráfico, y yo subía al mío para reiniciar el regreso, alcancé a ver su tarjeta. Los milagros en Manhattan existen. Su nombre era Ángel.

Coco Martin

Written by

Fine art photographer, scannographer, poet, former architect and wannabe filmmaker. Born in Lima, breathing in New York, longing in Poetry © Coco Martin

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