Anatole France dijo una vez que, hasta que uno no ha amado a un perro, una parte del alma permanece sin despertar. Y al paso del tiempo he comprobado los ciertas y convenientes que son estas palabras, lo que me llevó a escribir este texto. Bueno, esta historia comienza con grandes incógnitas: ¿Quién soy yo? ¿Qué hago aquí jugando entre páginas en blanco? Y antes de seguir me gustaría que al ir leyendo, te imagines la historia conmigo y digo conmigo porque es como si te tuviera frente a mí en una noche a luz de luna mientras nos contamos nada menos que la historia de nuestras vidas. Imagina.

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Todo comenzó poco antes de terminal el siglo XX en un mes nada común en las historias pero, qué le vamos a hacer...
Todo parecía tan ordinario, los pájaros como cada mañana cantaron melodías que alegran el corazón, los rateros no dejaron de robar y el cartero aún entregaba cartas cuando cierta mujer comenzaba las labores de parto un 8 de julio, sí, de julio... Se trataba de mi madre que iba camino al doctor, que en aquel entonces tenía su hospital en casa de un señor que sin saberlo, ya era mi tío, y es ahí donde mi historia comienza más a fondo. He llegado a la conclusión de que cuando somos niños, somos verdaderamente libres pues no estamos conscientes de lo que está bien, y lo que está mal y eso mismo me ha llevado a pensar si será por eso que recuerdo poco sobre mi anhelada infancia. He visto fotos de cuando me llevaron a Puerto Vallarta, fue la primera playa que visité, tenía dos años y el sol de a poco tornó la piel de mi pequeño cuerpo a un color canela pero antes, es hora de confesar que le tenía miedo al mar, que cada vez que las olas iban me adentraba pero cuando venían yo también salía corriendo de miedo porque no quería mojar mis pies, –probando y huyendo tal cual como un adulto por la vida– aunque incluso ahora no sé porqué lo hacía. Hay una foto que es de mis favoritas (y otra que me tomaron sin mi consentimiento porque salgo llorando), donde aparezco sentada en el jardín de mi casa (que ya nada se parece a como luce ahora) con un sueter color rosa, un pants azul y un cassete en mis manos –oh, mi amado cassete–, y una mirada perdida; que en particular me intriga pero bueno, hay otra foto que me encanta ver porque recuerdo ese día, fue cuando me gradué del preescolar; estaba muy nerviosa porque había mucha gente al rededor y yo tenía que caminar a recoger mis papeles porque siempre he sido tímida y ¡lo gracioso es que al recordarlo me vuelvo a poner nerviosa! Dando vueltas a la página llego a ese día en que cuando tenía ocho años y había visita en mi casa, nos pidieron a mi hermano y a mi que junto con mi papá que sabe tocar guitarra, cantaramos esa canción que crecí escuchando, Guantanamera guajira ¡qué momento! Moría de vergüenza y no quería cantar porque no lo hago bien y había visitas, aunque al final la cantamos los tres y ahora es un recuerdo que valoro mucho. Recuerdo que durante un viaje a Colima en 2011 en la playa tuvimos un accidente, una cuneta en la arena y la fuerza de las olas causaron un remolino en la zona donde estábamos, como es natural se nos fue el piso y… Fue un momento extraño. Por un momento pensé que moriría pero no era para tanto, creo que solo hubiese perdido el conocimiento por un rato. Pero de pronto llegas a esa etapa de la vida en que buscas lo que inconscientemente quieres pues te aíslas, pasas tanto tiempo contigo que piensas y piensas y tu mente te hace dudar, te sientes solo y llegas a pensar que no hay quien te quiera y de a poco entre –sufrimiento mental–; pasa el tiempo, cometes errores y llega el día en que caes en cuenta de que no es más que porque así lo decidiste, entiendes ahora lo que es la experiencia y la cuestión aquí es ¿qué harás, la sabrás aprovechar? Pues algo así me pasó, poco a poco empecé a encerrarme en mi mundo tal como o hacen los que son egoístas, no quería que nadie me hablara ni me molestara, yo solo quería escuchar música y aunque entonces no lo sabía, quería seguir sintiendo lastima de mi…