El Puesto

-Rodolfo, tenemos casi todo listo y la propuesta será presentada a la junta el jueves que viene. Marta, mi asistente, hará esa presentación. Yo estaré fuera de la oficina toda esa semana.
-Marcos, ¿te puedo hacer una observación? ¿No crees que darle tanta participación a tu asistente sea algo peligroso para ti?
-No te entiendo. ¿Qué quieres decir?
-Fíjate, Marta es joven, dinámica, aprende rápidamente y tiene iniciativa. Estás afilando cuchillo para tu propia garganta. Si sigues dándole oportunidades para que se note su trabajo el tuyo ya no estará seguro. Es más joven que tú y pueden pagarle menos para que haga lo que tú haces.
-Lo sé.
-¿Lo sabes?
-De hecho, desde que la vi hice que mi propósito como gerente fuera ayudarla a ganar experiencia y que pula sus habilidades. Por eso le estoy pidiendo que haga algunas de mis presentaciones.

La conversación anterior nos presenta una situación en la que nos vemos involucrados de una manera u otra. Todos tenemos un puesto aunque no sea de gerente, supervisor, presidente o vice presidente en una compañía. Obviamente tenemos la necesidad de mantener dicho puesto porque nuestro sustento económico proviene de él.

La propuesta de Rodolfo, de no permitir que Marta se note, es probablemente la reacción natural más común del ser humano. Podemos responder de esa forma si tenemos un puesto de liderazgo y alguien nos cuestiona o si percibimos que nuestra posición es deseada. Nos aferramos a dicha posición como si nuestro valor como personas dependiera de eso. Nos volvemos defensivos, sensibles y pensamos que tenemos que tomar cartas en el asunto. Es en ese momento que podemos recurrir a unos planes de tan dudosa reputación que harían que Satanás nos enviara una tarjeta de felicitación.

Juan el Bautista se vio en esa situación. Después de ser un total desconocido, llegó a ser la figura más influyente de Palestina. Entonces, pasa lo temido por la mayoría de nosotros: alguien viene a quitarle lo que se había ganado.

Aquéllos fueron a ver a Juan y le dijeron:
 — Rabí, fíjate, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, y de quien tú diste testimonio, ahora está bautizando, y todos acuden a él. (Juan 3:26)

Los seguidores de Juan estaban indignados. La persona de quien Juan había hablado bien, que había estado con él, esa persona ahora también estaba bautizando y la gente que anteriormente se congregaba para oír a Juan ya no estaba. Habían ido tras Jesús. ¿Cuál fue la respuesta de Juan?

— Nadie puede recibir nada a menos que Dios se lo conceda — les respondió Juan — . 
Ustedes me son testigos de que dije: “Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él.” (Juan 3:26–27)

Juan entendía que cualquier posición que tengamos ahora mismo es por gracia de Dios. Dios permitió que la obtuviera y Dios decidiría hasta cuándo la tendría. No te aferres. Tu posición no es permanente ni donde laboras o sirves lo es. La otra razón por la que Juan se mantuvo calmado y no salió a resolver el problema, era que sabía quién era él y quién no era. Tenía definida su identidad (Yo no soy el Cristo).

Nosotros permitimos que nuestras posesiones, logros o posiciones nos definan. Pensamos que un puesto de liderazgo nos hace superiores a otros seres humanos. No aceptamos sugerencias ni mucho menos que nos cuestionen. Nos sentimos más importantes si conducimos un carro lujoso. Nos llenamos de orgullo si vivimos en una gran casa. Juan no se sintió amenazado cuando su liderazgo comenzó a menguar. No defendió su puesto a sangre y fuego. Sabía quién era y que lo que había recibido era por la gracia de Dios. No busques tu valor en lo material, pues todo se acaba, búscalo en Dios. No te sientas ansioso por temor a perder lo que has recibido. Fue por gracia de Dios que lo recibiste y por esa gracia lo mantendrás. Descansa en Dios.