La luz que alumbra…

La luz tiene una función muy específica: alumbrar. Mostrar lo que hay en un lugar que de otra forma no se podría ver. La luz no tiene como propósito hacer que algo se vea más arreglado, tiene como objetivo mostrar. Sea lo que sea que haya en un lugar, lo muestra.

Jesús de Nazaret es descrito precisamente de esa forma:

Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo. (Jn 1.9).

El alumbra nuestra vida, alumbra nuestras intenciones, alumbra nuestras relaciones y todo lo que hacemos. A muchos no nos gusta esta fase del alumbramiento, pero es necesario que sepamos qué hay dentro, que El lo muestre, porque somos incapaces de ver en la oscuridad que produce nuestra existencia egoísta, materialista y hasta endiosada.

La otra fase del alumbramiento, de lo que Jesús hace en nuestras vidas, es mostrarnos el camino por donde debemos transitar y cómo. Se atrevió a proclamar uno de los enunciados más audaces que alguien pudiera siquiera pensar:

“Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. (Jn 8.12).

Su luz no solo muestra dónde están nuestras heridas, también las sana. Muestra nuestro pecado y nos muestra su perdón. Muestra nuestra ansiedad y nos da paz. Nos muestra cómo hemos arruinado nuestra vida y la de otras personas, y nos muestra cómo enmendarla.

De una forma incomprensible para nosotros, El dice que puede alumbrar tu vida, darle sentido de orientación, darle significado. Abre tu corazón y deja que esa luz te alumbre, no le escondas tus heridas, permite que las sane, que te llene de su luz y que saque toda la oscuridad.

Entiendo como te puedes sentir ahora porque la propuesta de Jesús es arriesgada, suena descabellada, es ambiciosa, es peligrosa, es ilógica, es única, es inquietante, es aventurera, es reconfortante, es emocionante, es esperanzadora, es… verdad.