El aire entre las manos

Lossana era una mujer ancha y brillante, el sudor le aumentaba la estatura tanto como le reflejaba las palmeras sobre la cara. Mi abuelo decía, entre dientes, que ella era la culpable de su soledad a pesar que lo acompañó por unos escondidos seis años entre los arriates. La mujer, en las palabras que escogía este señor, era una maldita desalmada que no apreció suficiente su trato de amantes de hamaca. Lossana, como insistía él, tenía la risa sospechosa como si nunca se creyera los chistes. Levantaba la ceja cuando olía comidas de dudosa procedencia y era desconfiada porque era bruja. El abuelo, a pesar que no me dio los datos suficientes como para armar un perfil y ponerle cara a la mujer, yo sí creía conocerla con toda la certeza. Tal vez por la furia con la que hablaba sobre ella, el rencor tiene dotes de vínculo.

Siguiendo sus especificaciones, la cadera de la Lossana palpitaba por los caminos recurrentes. Él le sabía el recorrido y la perseguía prendido por su cabello colochito, morocho y pegado a la cabeza. La negra era ahí y era afuera. Quien no conocía a Lossana, ni siquiera en esas leyendas de pueblo aburrido, habría vivido solo una pequeña parte de su vida.

Mi abuelo, demasiado delgado y tembloroso, acercó su mano con un pañuelo a su boca y se limpió hasta la garganta. El dolor, como me atreví por primera vez a ver, trae consigo vasca.

-Te juro que ella me embrujó, me dice.

-Te creo, le respondo.

-Me dejó el aire caliente.

-¿Tan así?, le pregunto viendo de reojo una cantidad inmensa de uvas que había sobre la mesa del comedor.

-Ahora sólo puedo respirar como si succionara aire a través de su mano, me dice y baja la mirada.

Luego de verle lo último que dijo, me paré del sillón y me acerqué al comedor donde me dediqué a escoger algunas uvas que todavía parecían comibles. Él quería que regresara a escuchar sobre la Lossana pero mi abuela pasaba por el comedor y el abuelo ya nunca siente su presencia. La abuela siempre pretende no saber y yo me inclino por evitar verla pretender.

Regresé a mi sillón y vi como su memoria muscular le exigía un cigarro. Él luchaba con su versión antigua, con ese mi otro abuelo del que posiblemente me hubiera enamorado. Me lo imagino, incluso cuando lo veo arrugado, gris y con la mandíbula pronunciada, tomando fotografías parado en los puentes, en lo últimos pisos de las casas más altas, documentando la vida ajena.

Don Cristian fue fotógrafo, uno lujurioso. Trabaja para un periódico de la ciudad en tiempos contrainsurgentes pero, a pesar de la coyuntura, él se dedicaba a retratar, sobre todo, la íntima cotidianidad de Livingston.

En un pueblo, el cual él ignora, vivía una mujer de múltiples habilidades. Sabía cocinar, enamorar, embrujar, estafar, jugar a las cartas y memorizar antecedentes penales. Los recuerdos de mi abuelo siempre los he presentido exagerados, como si el agua y las bajas temperaturas lo hubieran introducido en una alucinación permanente.

-Querés un cigarro verdad, le dije con la genuina ternura que me despertó su cuerpo lento y viejo.

-No quiero, me responde molesto.

Sentáte aquí conmigo, me dijo indicándome con su manita un lugar espacioso junto a él en el sillón largo. Me senté y sentí su loción. Hay un momento en la vida de las personas en la que se terminan las decisiones estéticas y el olor es mismo una y otra vez.

Mi abuelo agarró mi mano y me la puso en su boca. Me sorprendió la cercanía pero más lo que pasó luego. Su boca comenzó a succionar el oxígeno que lograba meterse entre mis dedos. Era poco aire, como para vivir unas cuantas horas.

Pasó esos minutos tratando de explicarme lo que él guardaba bien metido. Hacía las manitas así, así explicándome cuan encerradito. Yo le veía directo a las arrugas como dudando sus traumas o, tal vez, queriendo meterme a sus recuerdos por medio de los caminitos en sus manos.

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