Jugo
Natalia sabe exprimir limones, naranjas, toronjas y todo lo que reacciona cuando es apretujado. Las manos se las limpia en el delantal que, a pesar de seguir estando intensamente cuadriculado, en algún tiempo fue rojo para ahora ser una mezcla entre amarillo, café, uso y tenacidad.
Todos los oídos andan atentos junto a Natalia que escucha los coágulos dulces que se rinden ante la presión sabrosa. Aprieta sus dos manos contra un colocho macizo y plástico que ninguna máquina podría imitar o siquiera sudar parecido. El árbol de la casa le tiene miedo, ha crecido inclinado con temor a que ella pronto venga y le arranque el orgánico adorno sin respetar el orden pactado entre las redondas decoraciones y el viento que los madura. No hay respeto ni paciencia, hay buen jugo.
El ciclo de la vida de los frutos de ahora termina en las manos de esta mujer. No podría, con precisión, decirles el momento exacto en el que estos dejaron de caer a la tierra. Picheles y picheles hidratantes. Horas de horas de disciplina con diferentes colores en diferente estación.
Finalmente, después de años oficiosos y por primera vez justo antes de la temporada de frutos rojos, Natalia se ha dado cuenta que necesita tomar asiento. Ella en este momento de meditación silenciosa, completa, podría remplazar con facilidad a todo el quieto continente tropical. Se sienta sobre una silla forrada de plástico, para evitar que su pasión deteriore todo a su alrededor, y reposa su barbilla sobre sus manos cítricas. El sol le pega atravesando primero la ventana que tiene por delante. Huele a fruta caliente y el agotamiento se deja hervir como si tuviera la intensión de terminar siendo jalea. Está cansada, Natalia. Se ve las manos llenas de rayones y desprende unas cansadas lágrimas.
El agua le recorre los cachetes hinchados. Llora porque no lo quiere tener presente. Llora porque asegura que todavía no es tiempo de dejarse querer y dejarse apretujar.
