Dedorrea: Sobre el #MitodelaBelleza

Para dar contexto al origen o motivo de este texto, pondré aquí esto, agradeciendo siempre el tener la oportunidad de leer a las mujeres de mi TL. Va aquí una pequeña historia sobre el tema.

(Soy muy mala para tomarme selfies)

Cuando estaba en segundo de primaria, la escuela en la que iba organizó un concurso de belleza para las alumnas que se haría en el Día del Niño. Mis amigas (niñas de 7-8 años) me convencieron de participar, así que le dije a mi mamá que quería hacerlo. Para el concurso, mi mamá y yo decidimos que usaría un vestido lila con flores que mi abuela me regaló para mi cumpleaños ese mismo año, “un vestido de niña” son las únicas palabras que se me ocurren para describirlo.

Llegar a la escuela ese día fue… desconcertante. Dos niñas de mi salón entraron también al concurso: una de ellas llevaba un vestido de noche hecho a la medida, salido de telenovela, un chongo alto alto y maquillaje profesional; la otra llevaba una minifalda y una ombliguera. Antes del concurso, la maestra Miriam (que me odiaba, estábamos seguros todos en mi familia, nunca supimos por qué) nos hizo hacer un mini ensayo para el concurso. Cada una tenía ensayadísimo un gimmick super sensual, cada una caminando de forma diferente. ¿Yo? A los 8 años me sentía tontísima, tratando de asimilar cómo fue que a mi madre y a mí se nos ocurrió que siendo yo misma podía, ya no digamos ganar, sino simplemente competir en tal cosa.

Fue tal mi malestar y mi tristeza inmediata que le dije a la maestra Miriam que me sentía mal del estómago para ya no participar, ella intentó “convencerme” de concursar (después de decirme que efectivamente no tenía posibilidades de ganar), diciéndome algo como “si quieres quedar como una mediocre, está bien, no lo hagas”. Ese fue el día en el que me di cuenta de que no podía estar a la altura de “eso”. Mientras mis compañeras intentaban (y conseguían) entrar en un estándar de belleza –apoyadas por sus madres– yo me sentí incapaz de hacerlo. Cabe mencionar que fue Alejandra (la que llevaba minifalda y ombliguera) quien ganó el primer lugar.

El sentirme tontísima me ha durado años.

[Inserte aquí foto de Andrea a los 8–9 años]

Mis años subsecuentes fueron miserables, en parte porque mis defectos físicos me hicieron víctima de innumerables comentarios culeros, el peor de ellos venía de mi propio padre, quien terminó diciéndome que “ser fea era mi culpa” un año después de mi fallida participación en el concurso de belleza de niñas de primaria.

Cito a Luis Felipe Fabre en una cita que me conviene: “la belleza siempre está en relación con el otro” y describe perfecto cómo me he sentido toda la vida, que la belleza está en otro lado, en otras personas. Sin importar cuánto quería mi madre enseñarme en sus propias palabras que los estándares de belleza eran falaces o por otro lado, cuánto querían mis tías y mi abuela que “me viera diferente”; cuántos novios me cortaron para andar con una mujer más bonita o con mejor cuerpo, cuántas veces me han dicho que me veo bien, pero podría verme mejor… sigo siendo la versión de mí que tiene 8 años y se queda sentada en una banca viendo a las demás ser bonitas.