Recuerdos polacos, 2013

Domingo albondiguero

Para que os animéis, voy a comenzar yo con una anécdota que me marcó, literalmente.

Era un domingo de principios de marzo en Polonia, en mi año como Erasmus, y mi compañera de habitación y yo habíamos quedado en casa de unos amigos para comer. Ella se había ido temprano para echar una mano y yo me quedé en la residencia cocinando las albóndigas que acompañarían los espaguetis de la comida. Al ser domingo la cocina común estaba vacía y en menos de una hora tenía las albóndigas preparadas en una olla con tomate, listas para llevar. Y fue cuando estaba lavando los platos cuando todo sucedió.

Gracias a mi torpeza, en la habitación teníamos un par de platos con algún filo roto que hasta el momento no habían causado ningún problema. Pero quién sabe si por el jabón barato del Lidl, por la soñolienta mañana de domingo o por torpeza natural, aquel día uno de los platos rotos resbaló de mis manos, haciéndome un corte en el dedo índice de la mano izquierda.

Pensando que sería un corte sin mayor importancia, cogí las albóndigas (y los platos) y me fui a la habitación. Me metí en el baño y puse la mano debajo del grifo con intención de limpiar la herida, pero aquello no paraba de sangrar. ¿Y qué hice? Pues le eché una foto a la herida y la envié al grupo de Whatsapp familiar, porque ¿quién mejor que tu familia para decirte si deberías ir a urgencias? La conclusión llegó rápida: aquella herida necesitaba puntos. Así que tras coger una venda del kit de primeros auxilios para Erasmus, llamé a mi compañera de habitación y ella, nuestro anfitrión y yo (junto con la olla de albóndigas), nos fuimos a urgencias.

Por suerte o por desgracia, no era la primera vez que necesitaba asistencia sanitaria ese curso, así que tras coger un tranvía, llegamos sin mayor dificultad al hospital. El problema lo encontramos allí, cuando nos dijeron que tenían las urgencias llenas y que debíamos dirigirnos a otro centro que al parecer, estaba más cerca de la residencia. Tranvía arriba, tranvía abajo, olla de albóndigas en mano, llegamos al otro centro en el que ¡sorpresa! nadie hablaba inglés. Con tres palabras sueltas, unos pocos gestos y Google Maps, nos indicaron que volviéramos al hospital del que veníamos, que al ser domingo no nos podían atender allí (o algo así quisimos entender). Así que de vuelta en el hospital universitario, y tras vernos de nuevo allí a los tres, decidieron que era hora de mandarme a casa y me plantaron tres puntos y una vacuna contra el tétanos de regalo.

Y tras aquella aventura que nos tuvo entretenidos la mayor parte del domingo llegamos a casa de nuestros amigos, y por fin, conseguimos comernos las albóndigas.

Ahora, dos años después, aún se distingue la cicatriz en mi dedo. Y he de deciros que me río sola al recordar ese día porque, a pesar de lo asustada que pudiera estar en esos momentos al verme en aquella situación en un país extranjero, el recuerdo de la aventura que nos quedó a los tres, es irreemplazable.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.