El céntrico descentrado

Reflexiones de un sujeto en misión que camina sin cesar por las calles del centro de su ciudad.

Me tomé el colectivo número 11 al centro de la ciudad de Córdoba con mucha valentía y escribo valentía porque el día era nublado y la temperatura rondaba los 14 grados. Está más que claro la pésima elección del día, con un par de llamadas que realicé me di cuenta al instante que había un criterio aparentemente equivocado de mi parte. Como es posible reunir el coraje para merodear las concurridas calles céntricas con la excusa de cumplir obligaciones en vez de permanecer yacido en la cama y relajado sin preocupaciones y sujetando al mismo tiempo mis dos compinches; el control remoto y mi bowl de snacks el cuál va rotando su contenido ya que a veces mi antojo se inclina por el lado del helado de tiramisú o por una buena cantidad de galletitas Oreo o Pepitos. Ya se sabe otro aspecto mío; comer cosas dulces sin sentimiento culpa alguna.

No. Sucede que intercambié la comodidad de esos tentadores placeres mundanos por algo que tenía más valor en aquel día. Ese algo en realidad eran “algunas cosas” como por ejemplo; pagar cuotas que debía de mi instituto de idiomas, comprar el regalo del día de la madre e imprimir una serie de volantes que detallaban brevemente las cualidades de los lotes de campo que trataba de vender. Osea que al fin y al cabo, mis motivos eran algo caprichosos pero no egoístas, por supuesto que no. En fin, ya en camino a destino una serie de pensamientos atravesaron mi mente, más bien eran disputas sobre la decisión hecha. “Al vicio ir al centro un día como estos…”, “¿que harían tus amigos?” fueron algunas de las preguntas retóricas que cruzaron mi cabeza pero pude dejarlos de lado y embarcarme a ese sacrificio que sabía que iba a dar frutos. Llegué y comencé a caminar esquivando cuerpos apurados e intercambiando miradas con esa infinita cantidad de personas que por un mili segundo son capaces de sacar conclusiones en cuanto a mi apariencia, y lo mismo puedo hacer yo pero esta vez mi cerebro estaba enfocado.

Estaba cansado mentalmente y físicamente porque necesitaba el reposo mental de una rutina muy exigente que es la del trabajo, la facultad y la actividad física (esta última repercutió en mis músculos de las piernas que padecieron la caminata cada minuto transitado). Mis cuádriceps ardían pero cesaban el dolor cada vez que hacía una pausa como por ejemplo sentarme en una oficina o esperar parado a que me atiendan un pedido. Cuando llegó el momento de esperar para abonar mis deudas en el instituto mi felicidad era inmensa ya que implicaba sentarme y relajarme, nunca había sentido ese placer que pocas veces deseé (esperar). La aventura desafiante fue la de localizar un negocio que vendiera lo que yo buscaba, un regalo por el día de la madre. Luego de una gira por varias manzanas del centro de la ciudad, encontré en la peatonal 9 de Julio el comercio de Saturno Hogar. Velozmente opté por llevar una cafetera moderna que mi madre necesitaba. Gracias a una cómoda financiación con descuento incluido pude pagar el obsequio. La emoción de alegría fue corta y momentánea debido a que debía retomar mi misión en la calle pública, en esa en la que estamos solos a la deriva. Una calle donde miles y miles de identidades se rozan y mantienen contacto fugaz, donde se piensa que el encuentro con otro ser humano puede ser una coincidencia o quizá es una cuestión de alguna especie de destino u obra del más allá. Igualmente, basta de divagar.

Ya en pista sentía que tenía recorridos unos 10 kilómetros y me sentía muy exhausto por la falta de voluntad, al fin y al cabo perseveré y triunfé. Más que nada por el hecho de haber concretado mis pequeñas y austeras misiones. Pude superar el tan polémico obstáculo de la procastinación que nos somete diariamente a posponer obligaciones o/y deberes. Uno de mis enemigos fue el de la ansiedad que constantemente me torturaba con deseos que poco a poco me enajenaban como los trabajadores explotados por la plusvalía demandada en épocas de nacimiento de teorías marxistas. El único aspecto que jugó a mi favor fue el del disfrute que implica comer en momentos de estrés, cuando se calman las ansias con esos deleites mundanos todo se convierte de repente en un océano entusiasta que deja entrar cualquier adversidad con tintes perjudiciales sin posibilidad de afección a nuestro a ser.

Así que eso hice, me dejé llevar por mis ganas de saciar necesidades, ya sean asuntos pendientes que concernientes a los relativos que me rodean o aquellas necesidades de glotonería que se pueden ejemplificar con el momento en que esa misma tarde compré en una panadería una bolsa llena de productos caseros como conitos de chocolate rellenos con dulce de leche o criollitos calentitos de hojaldre que van de la mano con un buen jugo de frutas.

CE-

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