Receta de las siete décadas

Tardé medio segundo en comprender que me ahorraba un paso a la hora de completar un acto de cocina entero ¿Por qué? Porque la verdad, es que disfruto cada segundo a la hora de planear una comida y pensar qué alimentos comprar y qué ingredientes poner a mi disposición. Hoy estaba de suerte ya que cuando entré a la acogedora cocina del departamento, pude ver que las compras estaban hechas y si las tengo que realizar yo me fastidia, no pregunten la razón. En fin, comenzamos con un fuerte pisotón del pie derecho ese mediodía. A continuación, pregunté a la dueña de la casa que tenía en mente y luego de un breve debate de las opciones que teníamos en las manos nos decidimos por apostar a la famosa Pechuga de pollo con vegetales. Un clásico plato de la comida argentina y mundial me atrevería a decir. Es infalible para cualquier comensal que esté dispuesto a ingerir proteínas y hidrocarburos de los buenos.
Me arremangué mi suéter jujeño, lavé velozmente mis manos e hice un pequeño bollo de muchos vegetales. En esta pequeña reunión ubicada en un extremo de la helada mesada blanca, había zanahorias, papas, un pimiento rojo que se veía sano y sin partes podridas, un dientecito de ajo y cebolla de verdeo aportada por la señora Laura. El corte Juliana pasó por mi mente y enseguida tomé el afilado cuchillo por el mango y arrancó la masacre de los verdes que, obviamente, fue sin misericordia alguna. A causa de un fugaz comentario media berenjena fue añadida a los planes sin objeción alguna. El hambre estaba tan presente que no había tiempo de discusiones y charlas, queríamos degustar lo antes posible. Fuego encendido, olla en posición y lluvia de vegetales a esa oscura y mal lavada superficie de teflón. Apenas se escuchó el llanto de las verduras aparecieron los imprescindibles condimentos que la abuela ya había apartado con una hora de antelación (ella siempre quiere ahorrarme el esfuerzo, aunque sea estirar el brazo), algunos eran; sal, pimienta, romero, orégano y el oloroso comino. Pasados unos minutos de revolver con atención, esa brisa de olores, que escondía por debajo una agitada lucha entre el ajo destrozado y la sal que sudaba como minero en verano, inundó nuestras fosas nasales y le siguió una elocuente exclamación al mismo tiempo: ¡Pero qué delicia!

Ya estaba todo dicho; éramos una pareja culinaria ideal, nuestra pasión coincidía y, lo más importante, estábamos muy famélicos y no íbamos a mantener la compostura por mucho más tiempo.
Para que los cubiertos empezarán a chocar entre ellos y con los platos, faltaba una persona más. Sin este robusto y canoso hombre de notorios anteojos no se podía iniciar la ceremonia. Laura avisó que el sujeto demoraría una media hora más, por lo tanto, mezclé nuevamente las verduras y activé la pechuga de pollo rebanándola por la mitad. La arrojé con desdén a una delgada sartén sin aceite y escuché esos ruidos frenéticos que tanto agradan cuando se cocina. Una vuelta y los salpimenté torpemente a las apuradas mientras la señora preparaba la mesa volteando la cabeza cada tanto para corroborar cada uno de mis movimientos. Cuando estaba retirando la comida de sus respectivos elementos de cocción, la puerta se abre abruptamente. Me asomo para chequear y estaba erguido Carlos que me miraba desde arriba con una leve sonrisa. Al cabo de dos minutos estábamos sosteniendo los cubiertos…

Es triste cómo el proceso de cocinar pasa tan velozmente pero a la vez estamos conscientes de ello y gozamos coordinar una actividad como ésta y hacerla familiar. Cuando una comida lleva el ingrediente secreto esencial, todas los técnicas y precisas reglas del arte gastronómica se perfilan solas para dar paso a ese ingrediente que es el amor. Que no suene cursi pero juro solemnemente que es cierto y me arriesgo a afirmarlo por las críticas que recibiré. Aunque vale la pena…

CE-