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Dentro de las diferentes estrategias que existen hoy para hacer innovación y desarrollar nuevos negocios, el company builder se ha posicionado, a nivel mundial, como una alternativa sexy y atractiva para emprendedores seriales, inversionistas e incluso grandes corporaciones.

En gran medida, este fenómeno tiene que ver con la oportunidad de sistematizar la creación de empresas, utilizando metodologías ágiles que permiten desarrollar y testear tempranamente distintos productos o servicios simultáneamente y sin una gran inversión inicial. De esta manera, se diversifica el riesgo, se avanza a gran velocidad y con alta eficiencia en recursos. ¿Atractivo no?

Existen distintas formas de hacer un company builder. Un excelente resumen de lo que ha sucedido a nivel global se puede encontrar en el libro Startup Studio Playbook de Attila Szigeti, quien describe metodologías y casos de éxito en distintos continentes; en StudioHub Europa, y Global Startup Studio Network, iniciativas que buscan compartir conocimiento y potenciar el modelo entre distintos países, o a nivel más académico, en el trabajo del Dr. Tobías Gutmann, quien ha realizado un completo research sobre company builders, aceleradoras corporativas y corporate venturing. Sin embargo, hay una dimensión fundamental para el éxito o el fracaso de estas “fábricas de empresas” que va más allá del proceso que se pueda documentar, y de la cual poco se habla. Me refiero a la dimensión humana, aspecto que en este tipo de organizaciones es bastante peculiar.

About

Consuelo Rebolledo

Organizational psychologist, independent consultant in change management, organizational culture and talent. Passionate about innovation and entrepreneurship.

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