
Templos del Conocimiento
Por: Alexis Alcantara.
No cabe duda de que vivimos tiempos difíciles. Como sociedad, aún seguimos abrazando problemas que parecieran del siglo pasado; seguimos sin deshacernos de viejos vicios que nos siguen estancado en la carrera hacía el progreso.
Con frecuencia nos topamos con un centenar de nuevos avances tecnológicos y sociales: coches autónomos, exploración espacial, electrónica inteligente, leyes que avalan matrimonios igualitarios, apertura de fronteras, promoción y despenalización de la marihuana, y un sinfín de buenas nuevas de las cuales, como sociedad, nos sentimos orgullosos y capaces de decir “vamos sin marcha atrás hacía el progreso”. Y aunque no sea del todo mentira, parece que todo avanza menos la educación…
El modelo educativo tradicional con el que se nos ha educado es el famoso “Modelo Prusiano”. Tiene sus orígenes en el siglo XVIII, instaurado por el rey Federico I de Prusia, quien tenia como objetivo tener un ejército de mansos y obedientes, de tener una clase trabajadora dócil y de dotar al Estado el poder de moldear a las personas. Esto al final enseñaba al populo a respetar a la autoridad, a quien tuviera enfrente: un gobernante, un maestro, a sus padres, un sacerdote, etc.
Dicho sistema educativo encontraba elementos similares en modelos de educación militar, al tener -por ejemplo- castigos, categorizar a la gente por tamaño y edad, imponer el uso de uniformes, fijación de horarios estrictos, vamos: se estaba preparando a la gente para que tuviera la disciplina de servir al rey cuando fuese necesario, siguiendo estrictas normas y procedimientos.

Con el paso del tiempo el modelo educativo prusiano fue promovido por filósofos y estudiosos de la materia, como el filosofo Johann Gottlieb Fichte, quien decía (de acuerdo con una investigación realizada por Andrés Oppenheimer) que:
“si quieres tener influencia sobre una persona, tienes que hacer más que sólo hablarle: tienes que formar a ese joven, y formarlo de tal manera que no pueda hacer otra cosa que lo que quieras que haga”
Si se analiza con detenimiento y pensando que un alto porcentaje de quienes están leyendo esto fuimos educados así, parecería no ser tal malo. A final de cuentas, de éste modelo educativo han nacido prominentes personajes de la ciencia, la política y la sociedad, ¿No es así?
Pareciera que más que tragedias, han sido bondades las que hemos encontrado en la educación tradicional. Esto por supuesto no significa que sea un modelo inútil e inservible (aunque pensemos en que tiene mecanismos de control político), sino que aun no hemos sido capaces de entender que ya no encaja en la sociedad moderna y abierta que pretendemos construir.
Es bajo la premisa anterior que a la lucha han salido ilustres personajes promoviendo y proponiendo nuevas formas de educar, de crear modelos que no sólo apremien al que mejor memoriza, sino también a aquel que mejor desempeña su trabajo; aquel que tiene la capacidad de adaptarse al constante cambio que el mundo ejerce a través de la globalización.
Total, que los esfuerzos por mejorar la educación se han hecho y -aparentemente- se seguirán haciendo. Es por eso que en México egresa un promedio de 118 mil ingenieros anualmente, cifra que sobrepasa las estadísticas de egresados en países como Alemania. Esto debe ser una loable prueba de que México va a la vanguardia en enseñanza, ¿cierto? Aunque pareciera un buen indicador, de acuerdo con Sergio Alcocer Martínez -presidente de la Academia de Ingeniería-:
“…tenemos escuelas que forman muy buenos ingenieros y otras que no necesariamente lo hacen, por eso una de las preocupaciones de la Academia de Ingeniería es que los ingenieros se vayan superando, pero es necesario reconocer antes que no estamos formando óptimamente a los ingenieros y tenemos áreas de oportunidad para hacerlo”

El ejercicio es el mismo para otras carreras, y el problema generalizado parecer ser la falta de especialización de los egresados universitarios. Lo que hace algunos años nos parecía un chiste -que un abogado, un psicólogo o un ingeniero acabaran manejando un taxi- hoy se vislumbra más como una preocupación. ¿Qué estamos haciendo mal como sociedad?, ¿Será que el gobierno no ha hecho lo suficiente?, ¿Será que los maestros no están bien preparados?, ¿Por qué no se palpa la bonanza prometida por los nuevos programas educativos?
Quizá los insípidos “esfuerzos” de los gobiernos por crear -a diestra y siniestra- parques industriales y tecnológicos no han dado resultado, precisamente por carecer de su componente esencial: profesionales científicos e industriales. Quizá no sea el maestro a quien tanto desprecias y quisieras echarle la culpa; quizá tampoco sean los programas educativos cada vez más risibles y ordinarios; es más, quizá tampoco sea la sociedad que tanto criminaliza el fracaso… tal vez el problema venga desde adentro.

Tal vez el problema venga de quienes formamos la actual comunidad estudiantil. Tal vez sea porque nos hemos aferrado a buscar más excusas que soluciones; por exagerar en querernos hacer la vida más sencilla: “si ya está en Internet, ¿Para qué lo busco en libros?”. Quizá por nuestra negativa -como estudiantes de ingeniería- a educarnos en temas sociales, políticos y económicos; o tal vez porque los de sociales no se preocupan en entender como funciona la técnica y la matemática: “Eso de las matemáticas está bien difícil”, dicen.
Nos hemos preocupado tan poco en cuestionarnos, que, si el profesor nos sermonea una mentira, con seguridad la creeremos. Nos sentimos tan cómodos que no salimos de nuestra zona de confort, y en lo que quizá sea un acto puro de egoísmo, señalamos, acusamos y -si podemos- removemos al profesor exigente; aquel que sale del encuadre educativo que conocemos. Pero en la vida hay claroscuros: alumnos que son la excepción a la regla, mentes brillantes que destacan por su amplio conocimiento y profesores insulsos que lejos de enseñar, arrebatan el interés al alumnado. En fin, hay una mezcla en la que hay sinsabores y dulces mieles.
Tal vez el ejercicio que nos corresponde es hacer de nuestras universidades verdaderas fábricas de gente innovadora; centros sociales en donde convivan las mejores mentes -entre alumnos y profesores-, aquellas que están dispuesta a cambiar el mundo y a mejorar sus condiciones de vida y las de ajenos por medio de la técnica, de la investigación o de cualesquiera que sean sus especializaciones.
Quizá antes de exigir deberíamos preguntarnos, ¿Qué estamos haciendo con lo que ya tenemos? Quizá deberíamos acercarnos a construir más ese ideal platónico de la Academia Ateniense: una escuela dedicada a profundizar el conocimiento y la investigación; a crear verdaderos Templos del Conocimiento.
