Un tipo del Carajo

Tenía más o menos 10 años cuando conocí a Roberto en una quinta. Ese día fuimos a la reunión anual de ex alumnos de mi madre, cuya invitación se extendía a maridos, parejas, hijos, y afines. Reuniones donde no faltaba el asado, vino e historias de décadas turbulentas y otras no tanto. Esa mañana el clima no había ayudado y por la tardecita aún quedaban lugares húmedos. Pero el agua no iba a impedir que Roberto organice un partido entre los chicos, que teníamos de 8 a 12 años, y que nos comportábamos con la timidez natural del ser anónimos entre nosotros.

Él formó parte de uno los improvisados equipos y sumó también a algún otro padre que pasaba cerca y que jamás hubiera podido decirle que no a una invitación directa de Roberto. Está claro también que la presencia de “un adulto” jugando con los chicos hace menos vergonzoso para otros adultos la idea de sumarse.

Lo primero que le dije a Roberto, que estaba en mi equipo, fue con señas. Fue al comienzo del partido, la pelota se había ido contra un canterito por el costado derecho, y tomando la pelota con la mano (y antes de que se estropeen las plantas de la dueña de casa) dijo “bueno, hasta acá sería la cancha, se fue al lateral”. Lo que siguió a continuación fue mi metro y poco de altura (siempre fui chiquito), picando en diagonal de izquierda al centro, yendo de volante izquierdo a posición de nueve, con el clásico gesto de mano derecha golpeando suave y rápidamente la cabeza, y con ojos bien abiertos, denotando claramente “¡sí, tirámela a la cabeza!”.

Mientras decía la palabra “lateral…”, abrió los ojos en claro gesto cómplice de “¡a estos putos los dormimos en esta!”, y lanzó el balón con precisión. Testazo con parietal izquierdo, hacia el centro del arco, ligeramente desviado hacia la derecha, y el alarido de “¡GOOOLLLAAAAZZZO!”, de Roberto.

El tipo era así, alguien que podía mezclarse con chicos sin perder el espíritu noble del deportista que quiere ver al rival derrotado ante una genialidad. Porque ninguno se quejó del lateral hasta el momento nunca marcado, ni de la puesta en juego rápidamente. Se quedaron viéndose entre ellos pensando “¿de dónde salió ese enano y cómo hizo para cabecear?”.

Roberto te convencía de que él era uno más, que su presencia no hacía diferencia y que nos divertíamos porque nosotros estábamos jugando. Hoy los recuerdos son un poco borrosos pero estoy casi seguro de que cuando él dejó el partido, quizás porque sus amigos lo reclamaban para hablar cosas de grandes o de cómo lo estaba tratando la vida, a los pocos minutos los chicos ya estábamos jugando a otra cosa y corriendo por ahí.

Nos volvimos a cruzar un verano, esta vez en la playa de Santa Teresita. Yo ya tenía 12 años, y Andrés, su hijo, unos 9 o 10. Nos encontrábamos durante las tardes, al ir cayendo el sol, y jugábamos a la pelota en la playa mientras muchos vuelven a sus hogares, otros se ponen un abrigo livianito y extienden un mate de termos interminables y unos pocos prefieren refinar el arte de la pesca desde la costa.

Ese mismo verano también coincidió en la misma playa mi tío Víctor, profe y jugador de potrero. Un cartel invitaba a un torneo de fútbol playa y “Los Grillitos” fue uno de los primeros equipos en anotarse. En la lista estaban mi viejo, mi hermano, mi tío, Roberto, y dos chicos, uno de 10 años y otro de 12.

“Los Grillitos” se presentó pero nunca pudo salir a la cancha, a pesar de las amenazas que tanto mi tío como Roberto vociferaban. “Con estos dos pibes, ¿sabés cómo los bailamos a todos?”, decían. La realidad es que con Roberto los bailábamos a todos, porque el tipo era un jugador del carajo. Habilidoso, fuerte y criterioso. Tener a dos pibes de delanteros para empujar la pelota que los demás se iban a encargar de darnos, es algo que hoy en día recuerdo con una sonrisa. Y me doy cuenta de que era una locura.

El lunes pasado me enteré que el corazón de Roberto decidió que ya había dado todo, y ahora él despliega su fútbol en otras canchas. Todos los que lo conocimos sabemos que se fué antes de tiempo, y no sólo por su juventud o por cómo jugaba a la pelota, sino porque se necesitan tipos que con dos palabras ponga de acuerdo a un grupo para hacer algo divertido y sano. Porque se necesita de estos tipos, de los que confían y transmiten seguridad, aunque uno sea un pibe de un metro que pide la pelota a la cabeza.

Igualmente creo que se quedó cerca. Porque cuando hoy en el fútbol de los miércoles arranqué desde mitad de cancha por el lateral izquierdo, esquivé la embestida del primer rival, encaré al defensor, amagué a ir por el centro, y escapé nuevamente por el costado izquierdo, enfilé definitivamente hacia el arco, y ante la salida dubitativa del arquero, con una pisada con el pie derecho en dirección hacia la meta quedó caído y sin alcance, restando solo empujar la pelota a la red, aparte de los aplausos de propios y rivales me pareció escuchar un “¡GOOOLLLAAAAZZZO!”.