¡Demonios! Estamos en el futuro

Sócrates fue uno de los últimos pensadores cuyo legado no dependía de la lectura ni la escritura: lo consideraba poco agradable a Dios. Y para justificar su militancia por el analfabetismo relataba la historia del dios egipcio Tot, cuyo mito hace referencia al descubrimiento de una serie de conocimientos, entre ellos, la escritura. A Tot se le juzgaba por no calcular las consecuencias que tendría esta invención.

«Este descubrimiento tuyo creará una tendencia al olvido en el alma del que aprende, pues no usará la memoria, confiará en los caracteres escritos externos y no recordará por sí mismo. Lo que has descubierto no es una ayuda para la memoria, sino para el recuerdo, y no le das a tus discípulos la verdad, sino una representación de la verdad; oirán muchas cosas y no aprenderán nada; parecerán omniscientes y no sabrán nada; serán una compañía aburrida que aparenta sabiduría sin que esta sea real».

Así le dijo el rey egipcio Thamos de Tebas (al que los griegos llamaban Ammon) a Tot, criticando la utilidad de la invención. Admitamos que Sócrates era un genio equivocado respecto al uso de la escritura y su relevancia cultural. Hay pocos Sócrates y el problema es que hasta nuestros días ha habido muchos «Thamos de Tebas» dando vueltas por ahí. Gente que se resiste a cualquier tipo de progreso y avance tecnológico, negando realidad y afirmando que todo tiempo pasado fue mejor. Personas apegadas a las tradiciones que rezan todos los días por el retorno del oscurantismo cultural. Seres que creen que hay que retornar a «una época más tranquila», que podría traducirse en un tiempo donde el ejercicio de determinado control resultaba más fácil. No estoy de acuerdo con eso. Tampoco con ciertos estudios recientes que suelen tener espacio en los medios tradicionales, como aquel de la Universidad de Tel Aviv que plantea que Facebook provoca delirio, ansiedad y confusión. Esto de satanizar tecnologías no es nada nuevo: en 1830, la Sociedad Médica de Londres afirmaba que era imposible soportar ver un tren en movimiento sin enloquecer.

Finalmente, no hay nada de que preocuparse.

Bueno, casi nada: solo hay que preocuparse de no avanzar con los tiempos.

“Movimiento Social Media” habla de cómo internet ha puesto fin al control de la expresión y el discurso. Perdimos privacidad, pero irónicamente ganamos espacios. Eso pasa con la red que, como está llena de humanos, es terriblemente contradictoria; tan contradictoria que cumple la extraña función de alejar a los que están cerca y acercar a los que están lejos.

Movimiento Social Media también trata de cómo cambió la distribución del conocimiento y de cómo la sociedad se organiza en torno a nuevos parámetros informativos.

Son tiempos de Modernidad Líquida Global, como plantea Zygmunt Bauman, afirmando que los vínculos entre las elecciones individuales y las acciones colectivas se «derriten» y ya no existe un mundo predecible y controlable, ba- sado en los deseos y lealtades tradicionales. Nada es estable. Es una era de despertar. Lo importante es saber surfear la ola de la cual medios e instituciones no pueden escapar. Todos los poderes están tocados en este futuro esplendor, como di- ría el Himno Nacional. Un esplendor que nubla ojos y modifica el panorama cultural, social, económico y político.

Movimiento Social Media habla de cómo un país y sus ciudadanos pue- den cambiar y liberarse a partir de la integración de la tecnología en sus vidas privadas. Vidas privadas que, por su- puesto, nunca habían sido más públicas.

Ya no estamos esperando el futuro: estamos en él. Con todos los dilemas que eso conlleva y la decepción de levantar la vista y no encontrarse con autos voladores. En cualquier caso, es un futuro mucho más colorinche que Los Supersónicos y bastante menos oscuro que Blade Runner. Es un futuro «aestético». Un choque de los tiempos en alta definición. Parece que todo se reunió en un gran collage. Lo retro no lo es tanto: es que a veces el futuro parece un re- make del pasado.

Vale aclarar que todo esto que digo es desde la perspectiva de un news junkie o un fan de los medios de comunica- ción que llegó a trabajar en ellos y que descubrió en la red y sus herramientas una veta de permanencia. Llegué aquí movido por pura pasión y es probablemente lo que más alegrías me ha traído en la vida. A veces no sé si es una bendición o una maldición; en cualquier caso, soy consciente de que he aterrizado en esto en el momento de mayor incertidumbre. Los medios ya no son instituciones sólidas: cualquiera puede ser un medio. Como veremos más adelante, ¿para qué carajo estudiar periodismo si tú puedes crear tu propio medio? Vuelve el «hágalo usted mismo». Todos somos más punks que nunca y eso cambia el paradigma desde el financiamiento hasta los contenidos.

Está bueno partir con una confesión: me hubiese encantado trabajar en la televisión cuando esta era hegemónica y mucho más cómoda; había mejores sueldos y no tenías que enfrentar a los trolls de internet como alerta en tu móvil al despertar por la mañana. Pero eso fue el pasado. Esto es el futuro. La gran tele trata de encantar a la tercera edad y a un público que no sabe cómo prender una computadora ni menos ver YouTube. Y, como dice Charly García, «los dinosaurios van a desaparecer».

El desafío de mi generación es ser «animales de otra especie». Aunque nos duela o nos cueste.

Este libro está escrito pensando en esos diseñadores, esos reporteros, esos bloggers, los chicos que estudian comunicación en toda América Latina, los ejecutivos que saben que viene algo nuevo, los empresarios y también, por qué no, los «empresaurios» asustados. Este texto es un relato del cambio y a la vez un emplazamiento a la estrategia y la rebelión. El miedo paraliza y esto que escribo es un llamado a que avancemos. Avancemos sin detenernos a tomar ese espacio que creemos merecer desde nuestros conocimientos, desde la viralización, desde el ser validados por las masas y no por las elites.

Lo que probablemente nos consigna a los humanos como especie «superior» es que somos capaces de contar historias. Hoy en día, todo el mundo puede contar historias. Antes, como analizaremos luego, solo lo podían hacer unos pocos. Todos podemos narrar historias, el tema es cómo na- rrarlas. Alguna experiencia he adquirido: más de medio millón de personas me siguen en Twitter. En YouTube, los canales administrados por mi compañía de contenidos online –llamada hoy MQLTV– acumulan miles de suscriptores cada semana. He trabajado como asesor de grandes corporaciones e instituciones. Universidades en todo el continente me han recibido para dar el testimonio de lo que significa crear plataformas en tiempos violentos. Demasiado Tarde, el talk show de noticias que hice durante 5 años es el primer espacio en el mundo que sale primero vía YouTube Live en internet y luego, intacto, por cable en CNN Chile. Muchos debates e ideas han surgido de esos viajes y este texto lo que quiere es que más gente pueda acceder a ello. Que la conversación empiece en un libro y siga en un hashtag (‪#‎MovimientoSocialMedia‬). Y quién sabe en cuán- tos formatos más podamos continuar este diálogo.

Quiero que este libro sea un llamado de atención sobre esta «nueva masividad» que a través de lo multimedia se torna cada vez más global e invasiva. La televisión fue un tema central de conversación durante años, pero esa experiencia hoy ya no está empotrada en una caja: nos circunda. La encontramos en un móvil, en un tablet o en la recomendación de una red social. No hablamos ya de la televisión como la conocemos, sino de la post televisión, como la llaman algunos expertos. Yo creo que simplemente es contenido en video. Y el video hoy es contenido líquido que toma la forma del envase en el que está. Es el nuevo ícono de lo moderno.

Esa televisión que fue la reina de las comunicaciones durante más de cincuenta años, hoy deja su trono para entregar el cetro a una era de ruido y conversación donde cualquiera puede ser protagonista y alargar así los quince minutos de fama que Warhol prometió: es cosa de que te sigan en alguna red social para que aparezcas todo el tiempo en la cama, en los baños, en las oficinas o en los buses de miles de ciudadanos, siempre y cuando estén despiertos y con una pantalla cerca.

Ahora bien, esto está permitido por un contexto que modifica el panorama comunicacional de políticos, empresas e instituciones de toda clase. Solo para comprender la velocidad de las cosas, hasta la misma internet ha cambiado a lo largo diez años: hoy, cerca de mil millones de personas usan redes sociales. Eso es equivalente al 70% de internet. ¿Y qué era el 70% de internet hace diez años? ¡El porno!, que, digámoslo, bastante tiene en común con ese afán exhibicionista, vanidoso y hasta indecente de mostrarnos en todos lados.

Hay 2.400 millones de usuarios de internet en el mundo (estudio Pingdom, enero 2013). Resulta notable que de los diez mercados más involucrados con redes sociales, cinco estén en América Latina: Argentina, Perú, Chile, México y Brasil aman mirar qué carajo está haciendo el otro, subir fotos, dar me gusta, pelear y todo lo que conlleva estar en Facebook, Twitter, Tumblr, etc.

Chile encuentra, por la escasa cantidad de medios de comunicación y la alta conectividad, un playground para la expresión popular: en agosto de 2010, ComScore, la principal medidora de internet, lanzó un informe sobre cómo Chile utiliza la red. La conclusión era avasalladora: nueve de cada diez chilenos con acceso son parte de una red social. Cabe destacar del estudio que en el último lugar del uso de internet se encuentra «ver noticias». Lo que no lee ese reporte es que hoy la vía de conexión con los titulares se da en un espacio impregnado por la cultura del compartir, no en los sitios web informativos en sí. La clave está en empatizar emocional- mente con el otro, no necesariamente en la plataforma.

El contexto chileno actual también tiene algo que decir: movimientos sociales, protestas, marchas y llamados a construir un país con más seguridad social (mal que mal, el fallecido comentarista Ricarte Soto le llamaba la Norcorea del modelo neoliberal). Al no encontrar respuestas en la clase dirigente, el chileno acude a internet. En este sentido, las estadísticas no dejan de ser interesantes: si el promedio global de búsquedas por persona es de 123,9 (ComScore, mayo 2012), en Chile este número asciende a 162,5.

En este país viven más celulares que personas: 1.277 por cada 1.000 habitantes. Rodeados de gente de los más diversos rubros –desde empleadas domésticas a policías que buscan economizar aprovechando los paquetes de conexión de números favoritos para obtener descuentos– crecemos unidos en la digitalización.

Por otro lado, también internet ha cohesionado la realidad: ahora nos enteramos más y mejor de las injusticias. Una foto, una historia que conmueva sobre lo que socialmente antes era irrelevante para los grandes medios, en la red se vuelve im- portante. Y eso termina siendo impreso en los diarios o emitido por la televisión. Llegan tarde, probablemente, pero llegan.

Que este libro esté escrito desde Chile no es casualidad: es una historia que debe contarse. Además de ser considerado por los emprendedores como «un pequeño Silicon Valley», Chile es un país con estabilidad política y económica donde la conectividad tiene efectos evidentes en la pauta de los medios, en el comportamiento de los movimientos sociales y en las decisiones políticas.

Los datos del censo 2012 respecto a lo digital, por muy cuestionados que estos hayan sido (mejor lo hubieran hecho por Facebook), confirman una sospecha: estamos frente a dos países y uno de ellos inevitablemente va a desaparecer. La influencia del Chile offline se está acabando; sus valores de país cerrado al mundo están siendo olvidados. Vie- ne algo realmente nuevo e inquietante para el viejo orden. Llamémoslo «la verdadera alegría». El destape de nuestro país; la post dictadura no se ha dado aquí desde los medios tradicionales, como en la España post franquista, sino que desde lo digital, desde donde se expanden los panfletos de una revolución en ciernes, de un cambio de mirada, del conocer a los demás, de informarse por sobre las agendas establecidas: nosotros, tú, yo, tu vecino, desde nuestras computadoras imponemos los temas.

El 63% de los chilenos sobre 5 años sabe buscar información en internet sin necesidad de ayuda. Si a esto le sumamos los datos de VTR y su proyecto Internet Segura que sostiene que más del 90% de los escolares está conectado, es clara la tendencia: en veinte años, Chile será un país «googleabilizado». Un dato de alto impacto: el Ministerio de Educación dice que hay más de 3,4 millones de niños escolarizados en Chile. La popular red social dice que entre los 13 (desde esta edad valida el sistema) y los 17 años, en Chile hay 3,6 millones de usuarios. O sea, todos los escolares chilenos utilizan Facebook.

2.240.473 chilenos tienen internet en la casa; esto sin contemplar los celulares, el sistema de banda ancha móvil y la proliferación de locutorios con computadoras. Más de la mitad de los chilenos (57,58%) sabe enviar un correo electrónico sin ayuda alguna. Solo el 36,79% no sabe enviar un mail ni buscar información en la red. Es una minoría. 8.884.568 personas sí saben hacerlo.

Internet en diez años ha explotado de una manera impresionante: el 2002, el 10,19% de la población tenía acceso a internet en su hogar. Hoy son el 44,49% de los hogares chilenos.

Todo esto deja en evidencia que los modelos van a tener que cambiar. Que, por ejemplo, aquellos políticos que piensan que la gente no sabe lo que hacen tendrán que empezar a ser transparentes, porque los estamos vigilando. Que la policía deberá incorporar el hecho de que es vigilante y a la vez vigilada desde miles de celulares. Que los medios tendrán que modificar sus modelos de subsistencia al aceptar que de aquí a diez años, esos chilenos que hoy son niños y que prefieren Netflix a la tele van a ser importantes en las decisiones del futuro.

El país ya no es el mismo que creció frente a la pantalla televisiva en los ochenta. Vivimos en una sociedad de consumidores on demand, capaces de generar noticias y de no ser apabullados por portadas que intentan imponer una idea: la nueva portada es tu propio computador. Estamos realmente empoderados y somos cada vez más quienes estamos en línea discutiendo ideas para hacer de Chile un país mejor.

Se acaba la desconexión del mundo, el Chile de la isla. Ha- brá muchos nostálgicos de ello, mucha memoria de quienes pensaban que el control total era la fórmula del lugar mejor. Eso ya no corre más. Esas suposiciones, esa caricaturización de los movimientos ciudadanos y los debates se extingue a la misma velocidad en que haces clic en tu aplicación para revisar lo que están diciendo tus amigos. Tus amigos son el nuevo entretenimiento. El resto, cada día más se parece a un ruido gigante, lejano y tedioso, algo ajeno a la libertad.

Los valores del Chile online serán los que estarán en discusión en los próximos años. Nueva ética. Nuevos crímenes, como la vejación de la intimidad por torpeza o la vía hacia una privacidad real. ¿Están preparados todos los nuevos partidos y dirigentes del futuro para poner esos temas en el tapete? ¿No será que el problema real es que hay una generación en el poder que no sabe procesar la fuerza de este huracán?

Todos estos dilemas llegan con la fuerza de un clic. Todos estos desafíos son culpa de que Twitter es más rápido que la democracia, que en YouTube damos con el contenido que queremos y que en esto nos demoramos menos que haciendo zapping, que un adolescente encuentra en Facebook más consejo y contención que en una charla con mamá, y que Tumblr es más plural que una galería de arte.

Bienvenidos a un nuevo escenario. Bienvenidos al futuro.

*Este texto es la introducción a ‪#‎MovimientoSocialMedia‬, libro que escribí el 2013 y que puedes comprar en fisico acá o digital haciendo click aquí.