De la necesidad de decirlo.

Hoy necesito escribirlo, o reviento.

Hace unos días, conocí a una persona que compartía conmigo una impresión con la que a grandes rasgos concuerdo: vivimos en una época en la que la libertad de expresión se ha convertido en un derecho fundamental, en Europa por lo menos todo el mundo posee las herramientas para expresarse en libertad, en países nortafricanos la Primavera árabe no ha sido más que un ejemplo reciente del empoderamiento de las herramientas digitales para liberar la palabra, y un pueblo.

En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Esto era en el principio, en Dios, y el monje fiel debería repetir cada día con salmodiante humildad este acontecimiento inmutable cuya verdad es la única que puede afirmarse con certeza incontrovertible” (escribía Umberto Eco en el prólogo de El Nombre de la Rosa).

Todo parte de una observación que esa persona hacía. ¿Porqué la mayoría del tiempo, después de charlar dos horas con una persona finalmente tenemos la sensación de que no nos hemos dicho nada? Estás sentado frente a alguién a quien acabas de “conocer”, y allí van las preguntas y respuestas de rigor. Todos sabemos cuáles son. Pero, ¿son esas preguntas y esas respuestas la garantía de que estás conociendo a alguién?, ¿de que esa persona te esté conociendo? ¿de que os estéis conociendo mutuamente?

Todos los días leo el periódico, y en la sección de sucesos, se suelen describir con detalles salas de tribunales. Y de nuevo, me vino hoy a la mente esto que apuntaba esa persona sobre el valor de las palabras, pues cuando los jueces declaran al acusado culpable, el lenguaje adopta uno de los fenómenos culturales para mí más fascinantes del lenguaje: su función performativa, según la terminología de John Langshaw Austin, haciendo realmente acto de palabra. Quien promete, se compromete en actos. Conocer a alguién, esto de co-nocer (en francés connaître, co-nacer, nacer con), ¿no sería aplicarse en convertir una simple conversación en un auténtico acto performativo?

Paralelamente, tambien escuchaba ayer el último podcast del programa literario Letras al Aire que se emite desde Méjico y en el que los periodistas reflexionaban acerca del valor ya no de la palabra, sino del silencio: del otro lado del Atlántico, también se preguntan cuándo las palabras se convierten en palabra, si el silencio puede ser más poderoso que la palabra. Como se suele decir, si es verdad el refrán que dice que hay silencios que dicen mucho.

“Sólo se debe dejar de callar cuando se tiene algo que decir más valioso que el silencio” recomendaba A. T. Dinouart en 1771 en su ensayo L’art de se taire, señalando dos maneras de callarse: una reteniendo su lengua y otra, su pluma.

Por lo contrartio hoy, necesito escribirlo (lo que diré después), o reviento. Creo que todo radica en el hecho de tener la necesidad no de decir, sino de decirlo. Un sentido, un impulso sintáctico que reanuda con lo más profundo, lo más ancestral en nosotros, la necesidad no de hablar por hablar, sino de decir algo que nos revele algo a nosotros, que le revele algo de nosotros al otro que nos lee, o nos escucha.

Pero quisiera ser breve, respetando la palabra, y el silencio.

Así va, te lo digo. Háblame. Conóceme. Perfórmame.

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