El día en el que me di cuenta de que mi cerebro es mi mayor capital

Me llamo Cora Coco (aunque mi pasaporte ponga Coralie Yap-Chine), tengo 32 años, soy francesa, y para mí que estoy viviendo una auténtica revolución. No se lo van a creer, pero me he dado cuenta de que mi cerebro es mi mayor capital. Explicación.

Hace unos meses, después de 10 años profesionales un tanto acrobáticos con cargos en distintos sectores de actividad entre Francia y España, decido dejar mi puesto de responsable de comunicación y webmarketing en un importante grupo francés de constructores, renovadores y arquitectos, líderes nacionales en el mercado de la construcción de madera, para reflexionar seriamente sobre la evolución de mi carrera.

Antes de eso, había sido gerente de un bar asociativo, profesora de francés y de música, traductora intérprete en una fundación, coordinadora de un festival internacional de cine, fundadora de dos espacios de coworking, vocalista de grupos de música, de rock, de folk, de jazz… Con 30 años, ya me había enfrentado al hecho de ser expatriada, y retornada. Emprendedora, asalariada, y en la cola del paro. Directora, manager, y asistenta. Burócrata, y artista. A veces varias cosas a la vez. Exitosa, reconocida, bien remunerada, y fracasada, criticada, sin dinero y con deudas. Con salud, con depresión, con burn out. Como si mi vida hubiera dado muchas vueltas, y sobresaltos. Una marea invisible me estaba llevando por laberintos, sin yo pararme a pensar por donde salía el sol. Yo misma había abandonado el barco, me encontraba pasiva de una de las peores versiones de mi misma, a la deriva en una tormenta sin nombre, que por supuesto no lograba ni siquiera identificar. Vivía en una eterna frustración, sin saber ni porqué ni cómo.

Noten que algunxs se dejan llevar por la rutina y se vuelven totalmente inactivos. Pero yo en realidad nunca había dejado de hacer (muchas) cosas, y la mayoría de ellas, desde la distancia que me permito ahora, bastante bien. Había sido una fuerza motora y creativa en todos los equipos con los que había colaborado.

Pero no hizo falta más que un insignificante conflicto con dos de los directores regionales de la última empresa en la que trabajaba, seguido de una decepción con la más alta dirección de la misma, para que colapsara. Ya estaba bien de aguantar una carrera y una vida con las que no estaba conforme, en las que por no lograr hacerme entender, me autodestinaba a una rebaja de las espectativas, a la mediocridad. De hecho, las circunstancias ya me habían hecho volver a perder la poca confianza que tenía, pues tanto me había costado adquirirla, habiendo sido siempre extra lúcida, exigente, y autocrítica.

Sea como sea, de repente, necesitaba urgentemente escapar de “mi” mundo, así como del frágil papel que la sociedad me estaba dejando tener, yo, hija de un obrero inmigrante, pero primera de la clase. Sentía realmente que estaba llegando a los límites de lo que podría soportar, que el acantilado estaba a dos pasos. Que después de él, yo ya estaría perdida para siempre jamás en la gran ola del conformismo.

Me agarré a un último impulso de coraje y libertad, y en dos semanas aterrizaba en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, Sudamérica, después de más de 40 horas entre aviones y escalas en grandes ciudades mundiales. Ese viaje duró tres meses e hizo bajar la presión. Después del primer respiro que me había visto nacer en 1984, recorría Bolivia, Chile y Argentina, volvía a la vida. Fueron tres meses de experimentar espectáculos naturales extraordinarios, novedades y sorpresas personales diarias inolvidables. Tres meses de quedarse una admirativa, maravillada, con la atención simplemente orientada hacia lo externo, lo exterior, lo otro.

No cabe duda de que era la mejor manera de que me olvidara de la construcción social de mi misma, y de que invocara a la verdadera Coralie, la que cantaba y bailaba horas y horas en su habitación cuando llovía fuera los domingos, ingenua y feliz, con 12 años. Era en La Queue en Brie, ciudad dormitoria de las afueras de París. O la que se pasaba las vacaciones escolares corriendo en la arena de las playas normandas, o nadando y mirando por debajo del agua, con gafas de piscina y una tuba. O la que, adolescente, se había enamorado en una cancha de baloncesto andaluza. Ahora, había vuelto a la superficie mi niña, a quien veo en imaginación, que recuerdo con un inmenso cariño. Ella sí, una de las mejores versiones de mi misma.

Pausa.

Así que regresé de aquel viaje en diciembre de 2016. Bien. Fundamentalemnte, había vuelto a aprender a vivir al presente, con la mente como una hoja en blanco, y llena de luz. Entonces me otorgué una licencia: aceptar abordar mi futuro con lucidez y sinceridad. Responsabilizarme con mi vida, pero desde la autenticidad. Presentía que sólo así llegaría a realizar una actividad profesional en la que podría desplegar por fin todo mi potencial íntimo y los colores de mi personalidad.

Si, había tenido todos esos cargos y responsabilidades, pero SIEMPRE me limité. Bien porque los demás eran más lentos, o menos curiosos y ávidos de novedad. NUNCA había aprovechado realmente mis habilidades y competencias, mi inteligencia, mi sensibilidad y mi capacidad para aprender.

De eso todavía no era consciente, pero para entonces me encontraba en una disposición de espíritu favorable, dispuesta a ver la situación como una verdadera oportunidad para renovarme profundamente, volver a empezar desde cero.

Así que me apunté a una formación piloto en management y emprendimiento cultural en una escuela europea situada en París, otros tres meses. Antes de marchar, me separé de la persona con la que empezaba una relación en Montpellier, en la costa mediterránea francesa, sano y limpio, y hoy en día no me arrepiento. Fue una sabia decisión.

Había llevado muchos proyectos culturales y artísticos adelante, y exceptuando mis tres años como coordinadora en el festival internacional de cine euroárabe Amal, mi trabajo en la música, en las artes plásticas, etc. no había sido reconocido social y ecomómicamente. Tampoco mi experiencia, y mis savoir-faire. Esperaba adquirir vocabulario y metodologías en los campos de la gestión y de la ingeniería cultural y artística.

Rápidamente me di cuenta de que esa formación no se basaba en una relación horizontal profesor-alumno, ni de que su objetivo fuera el que adquiriéramos saberes consagrados. Sino que funcionaba con 1-la transmisión de experiencias por parte de unos 50 profesionales internacionales del arte, la cultura y la pedagogía; 2-el encuento y el intercambio con otros 15 emprendedores participantes a esa formación piloto; 3-el acompañamiento personalizado con un tutor, en mi caso de Julien Taïb, productor de arte digital (que supo señalar mi principal defecto, muy destructivo, el de no capitalizar sobre lo adquirido; trabajamos sobre la necesidad de convertir castillos de arena en castillos de piedra, probablemente uno de los mejores consejos que me han podido dar en la vida); 4-visitas a lugares y empresas que se dedican a la creación, con un funcionamiento innovador. Una formación que era una verdadera experiencia vital, en la que el hecho de desplazarse físicamente cada día a un lugar diferente simbolizaba el camino que cada unx de nosotrxs recorría hacia la confiancia y el conocimiento.

Así fue como por suerte no necesité de ninguna evaluación externa como para darme cuenta de que tengo un bagage profesional de enorme valor, original y único, libre y sin etiquetas, y de que mi mayor capital definitivamente y ante todo somos yo y mi cerebro: 1-mi facilidad e interés para crear e idear, reflexionar y razonar, innovar e imaginar soluciones; 2- mi capacidad para coordinar energías y equipos, pues gracias a mi hipersensibilidad, mi naturaleza observadora y pacífica, identifico con cierto talento fuerzas y riesgos, y veo cómo aprovechar las primeras, y transformar los segundos; 3- mi aptitud para el aprendizage. Lo suficientemente como para que esas virtudes, competencias y habilidades, destaquen notablemente.

Después de años viviendo con un sentimiento de frustración, de limitación a mi intelecto y mi imaginación, de repente me sentía aliviada, liberada. Empecé a imaginar mi actividad profesional para que se pareciera a mí, sin barreras, transversal. Así fue como idéé el proyecto #CocoTheRoad.

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