En búsqueda de un ritmo singular desde el cual vivir serenamente: (re)conquistando el yo.

Cada nuevo día que se ha levantado en los últimos años, este mundo me ha ido pareciendo más insoportable. El continuo y cada vez más rápido flujo de datos que nos llegan a través de las nuevas tecnologías trae consigo una cada vez mayor cantidad de motivos diarios por los cuales poco a poco voy perdiendo los resguardos de fe en el ser humano que me quedaban. Ya no soy capaz de digerir ni la mitad de todo lo malo que recibo, ya no tengo tiempo para olvidar un acontecimiento que ya el doble de noticias abrumadoras me atrapan y me hacen pedacitos de cristal esparcidos en el suelo de la cocina. No recuerdo la última vez que me reí a verdaderas carcajadas, cuando creo que es lo único que me podría haber salvado: que me hagas reír, mi amor, con la inteligencia de las cosas sencillas y bondadosas. Por unos segundos se paraba la cadencia y el tiempo parecía eterno, se nos revelaba algo. Si la vida podía ser una promesa grandiosa, y yo de verdad que abracé aquella idea con todas mis fuerzas, durante años confié en que los hombres y las mujeres seríamos dignos de su belleza, y que para lograrlo existía el camino del aprendizaje, de la imitación, del humor. Ahora, ni siquiera soy capaz de seguir soportando la hipocresía que yo misma desarrollé un tiempo como mecanismo de defensa. Estaba convencida de que bien valía la pena sacrificar algunos de tus principios si la Humanidad iba a progresar, y si nosotros, los hombres y las mujeres, íbamos a aprender a escucharnos, a respetarnos, a valorarnos como hermanxs. Por ello intenté adaptarme al ritmo que los grandes, ansiosos de poder, y que todos vosotros la gran masa de burgueses conformistas de clase media, ansiosos de capital, nos imponíais a los más débiles, los más sensibles, los más nobles. Pero el ritmo fue acelerándose cada día más implacable, mientras yo me quedaba en la orilla observando cómo se me iba despojando de todo, cómo se iba construyendo una nueva utopía deshumanizada, y cómo se tiraba de la cisterna con arrogancia y desdén a siglos y siglos de Historia e historias. Formo parte de ese montón de gente que es demasiado débil para enfrentarse a la violencia del mundo presente y futuro, realmente se me ha ido desgastando la correa recorriendo el camino sola, he perdido la fe en la promesa de que el mundo algún día llegaría a ser bello. Creo que los hombres y las mujeres ya no estamos a la altura de la grandiosidad del mundo, ni ya lo seremos nunca.

Yo era optimista, tal vez idealista, y me habéis quitado mis ilusiones, convirtiéndome en un rostro sin sonrisa en un mundo de fantasmas a los que he dejado de comprender y para los que yo he dejado de existir. Nunca os podré perdonar el haberme robado mi vida.

Cualquier alternativa que no sea radical sabe a sucedáneo de lo que pudo ser y ya no será. En búsqueda de un ritmo singular desde el cual vivir, si no feliz, serenamente, la(re)conquista del yo pasa por la marginalidad. Durante siglos el Hombre ha sido un animal social, pero en el s. XXI deja de tener su sitio en la sociedad, pues la sociedad ya no necesita del Hombre. Lo necesitaría si el Hombre estuviera habitado por el camino del saber, del arte, del humor. Pero el Hombre sigue compitiendo por el poder, el capital, el patrimonio, cuando a ese juego al final la máquina, el Big Data y la Inteligencia Artificial, son más rápidos, y más fuertes. Por un tiempo aún así creí que habría un sobresalto de conciencia, que los hombres y las mujeres emprenderíamos el camino del saber, del arte, y del humor para inventar otra sociedad en la que nuestra existencia recobraría sentido, junto a las máquinas, los robots, los ordenadores y la inteligencia artificial. Un mundo en el que los hombres y las mujers se librarían de la necesidad vital de “trabajar” y se dedicarían a pensar, meditar, crear cosas bellas e inútiles, abstenerse y disfrutar de la vida. Pero no. A mí me miráis por encima del hombro, me llamáis inútil, me decís loca.

Yo os quería. Sin vosotrxs nunca seré feliz. Pero tal vez en la marginalidad, en la pobreza, encuentre una versión de mi misma coherente.