Mi pensamiento recurrente. Del suicidio.

Hoy quiero escribir sobre un tema difícil, y tabú, que sin embargo causa según el último informe del Instituto Nacional de Estadística (INE), de 2014, más de 10 muertes al día en España. El suicidio.

¿Porqué ahora?

Primero porque esta semana he sido la invitada de un programa de radio gallego llamado “El Orate y la Musa”, que va de literatura, y sobre todo de poesía. Se trataba del último programa de la primera temporada (enhorabuena chicos!), y se decidió dedicarlo a dos temas prolíficos en la literatura universal: uno es el amor, y el otro, la muerte. Y claro, se hizo referencia a tantos poetas que escribieron sobre la idea del suicidio y a la elevada frecuencia de intentos de suicidio o suicidio consumado entre ellos, aduciendo diversas explicaciones para ello: depresión, rasgos anómalos de personalidad, consumo de sustancias, vida “bohemia”…

“Podad mi cuerpo cada primavera, / y que crezcan con fuerzas renovadas, / en su tumba, mis esquejes”. (Alejandra Pizarnik. Muere por una sobredosis de barbitúricos en Buenos Aires el 25 de septiembre de 1972)

Segundo porque hace unas semanas tristemente a un amigo le llegó la noticia de que un conocido suyo había fallecido por ese motivo. Por desgracia no era la primera llamada que yo recibía del estilo. A decir verdad, ni era tampoco la segunda, ni la tercera.

Y finalmente porque estoy en un momento puente de mi vida, con cuestionamientos serios, que me llevan a tomar por los cuernos algunos aspectos de mi personalidad, especialmente los más negativos. Y las cosas como son: la idea del suicidio es una vieja compañera de viaje.

Yo debía de tener entre 12 y 14 años la primera vez que pensé en suicidarme. Por supuesto yo ya sabía qué significaba suicidarse antes de esa edad, o sea el hecho de ser el ejecutante de su propia muerte; en realidad la muerte siempre ha sido una reflexión que me ha interesado, que me ha cuestionado intelectualmente. No es que yo fuera mórbida, que me vistiera de negro y hablara de la muerte como si fuera un abismo tentador, sino más bien todo lo contrario, con mucho temor, no tanto a la muerte en sí, sino más bien al fin de la vida (porque aunque pueda no parecerlo, yo soy una persona muy optimista, y amo profundamente la vida). Pero entonces a esa edad fue cuando se me apareció claramente la idea del sucidio como una solución. Me acuerdo de esa primera noche en blanco, llena de absoluta desesperación, ira y soledad, que pasé pensando en cómo iba a llevar a cabo mi propio suicidio, el día siguiente, o el siguiente, según concordaran las condiciones. Luego me durmí, y me despertaría todavía desesperada, sola, pero ya no estaría habitada por la misma violencia en los sentimientos. Y si escribo estas líneas ahora es evidentement que no llevé a cabo mi plan.

Pero la cosa es que desde entonces el suicidio se ha quedado en mi mente como un pensamiento recurrente. Para que se hagan una idea las personas que no padecen este trastorno, creo que en los últimos quince años no ha habido NI UNA SEMANA en la que aunque sólo fuera por unos cortos momentos no pensara en ello. Típicamente me escucho pensar para mis adentros: “si no sale bien, pues te tomas las pastillas”. Esto es lo normal. Si me siento un poco más deprimida, ya la cosa se extiende, me invaden los pensamientos negativos, ya va más al detalle mi mente. Aunque el plan ya no lo tengo que pensar mucho a estas alturas, porque después de tantos años la logística está asumida.

Ya de escribir sobre el tema, me obligo a ser sincera. He vivido en estos años seis o siete momentos verdaderamente críticos. Con eso quiero decir de pasar días y días y días y días sin poder quitarme la idea talandrándome la cabeza. En la soledad y la negrura de mi habitación, de mis malditos pensamientos. Una locura estratega.

Tal vez se pregunten porqué no he pasado al acto entonces. El principal motivo es mi amor por mi padre. Otra historia divertida es que, y antes de escribir esto he tenido que fumarme un cigarillo, hacer una pausa, pero lo quiero escribir aquí y ahora para ya no tenerlo dentro. Podría ir a un psicólogo y hacer una terapia, pero otra buena noticia es que tengo lo que se llama vulgarmente (satíricamente incluso) “fobia administrativa”. O sea que llevo años sin pedir una cita médica. Mi tarjeta sanitaria está caducada desde los años 2000. No tengo dinero para hacer una terapia que no estaría cubierta por la seguridad social. Ecribir en cambio, es gratis, y vale de catársis, que de eso también hablamos en la radio... Mi catársis pasa por escribir que mi abuela paterna, a quien yo amaba muchísimo, la mujer con la que tenía unos lazos muy fuertes sobre todo desde que mi madre se había separado de mí y de mi padre, se suicidó. Y este acontecimiento marcó a mi padre de por vida, supuso para él un sufrimiento sin nombre. Me niego a que un día le llegue una carta o una llamada anunciándole que su hija se ha muerto en esas condiciones en un país lejano. Simplemente me niego.

Otro motivo es que me temo a mi misma, y soy lúcida sobre lo negativo que es pensar en el suicidio. Si una cosa me ha enseñado mi abuela, es que la idea del suicidio no es ninguna broma. Que los pensamientos y las palabras se pueden convertir en actos, y que esos actos no tienen marcha atrás. Y yo me he prometido vivir la vida por mí, y por ella. Entusiasmarme por la vida por mí, y por ella. Amar, cantar, viajar, aprender… por mí, y por ella.

Escribir este artículo por mí, y por ella.

No quisiera terminar este escrito sin mencionar este informe de la Organización Mundial de la Salud para la prevención del suicidio en el que se menciona una lista de ideas falsas, y que copio a continuación, antes de despedirme, pues ya suenan las 5 de la madrugada:

Mito 1: Las personas que hablan acerca del suicidio no se hacen daño pues sólo quieren llamar la atención. FALSO. Los consejeros deben tomar todas las precauciones posibles al confrontar a una persona que habla acerca de ideas, planes o intenciones suicidas. Todas las amenazas de daño a sí mismo se deben tomar en serio.

Mito 2: El suicidio es siempre impulsivo y ocurre sin advertencia. FALSO. El suicidio puede parecer impulsivo, pero puede haber sido considerado durante algún tiempo. Muchos suicidas dan algún tipo de indicación verbal o conductual acerca de sus intenciones de hacerse daño.

Mito 3: Los suicidas de verdad quieren morir o están resueltos a matarse. FALSO. La mayoría de las personas con ideas suicidas comunican sus pensamientos a por lo menos una persona, o llaman a una línea telefónica de crisis o al médico, lo cual es prueba de ambivalencia, no de intención irrevocable de matarse.

Mito 4: Cuando un individuo da señales de mejoría o sobrevive a un intento de suicidio, está fuera de peligro. FALSO. En realidad, uno de los momentos más peligrosos es inmediatamente después de la crisis o cuando la persona está en el hospital después de un intento de suicidio. La semana después del alta es cuando la persona está particularmente frágil y en peligro de hacerse daño. Puesto que el comportamiento pasado es pronóstico de comportamiento futuro, el suicida sigue estando en situación de riesgo.

Mito 5: El suicidio es siempre hereditario. FALSO. No todo suicidio se puede relacionar con la herencia, y los estudios concluyentes son limitados. Sin embargo, el historial familiar de suicidio es un factor de riesgo importante de comportamiento suicida, particularmente en familias en que la depresión es común.

Mito 6: Las personas que se suicidan o lo intentan siempre tienen un trastorno mental. FALSO. Los comportamientos suicidas se han asociado con depresión, abuso de sustancias, esquizofrenia y otros trastornos mentales, además de comportamientos destructivos y agresivos. Sin embargo, esta asociación no se debe sobrestimar. La proporción relativa de estos trastornos varía en distintos sitios y hay casos en que no había ningún trastorno mental evidente.

Mito 7: Si habla con un paciente acerca del suicidio, el consejero le está dando ideas. FALSO. Es claro que el consejero no causa el comportamiento suicida con sólo preguntar si el paciente está pensando en hacerse daño. En realidad, la validación del estado emocional de la persona y la normalización de la situación inducida por la tensión son componentes necesarios para reducir la ideación suicida.

Mito 8: El suicidio sólo le ocurre a “otros tipos de personas”, no a nosotros. FALSO. El suicidio le ocurre a todo tipo de personas y se encuentra en todo tipo de familias y sistemas sociales.

Mito 9: Una vez que una persona ha intentado suicidarse, nunca volverá a intentarlo otra vez. FALSO. De hecho, los intentos de suicidio son un pronóstico fundamental de suicidio.

Mito 10: Los niños no se suicidan porque no entienden la finalidad de la muerte y son intelectualmente incapaces de suicidarse. FALSO. Aunque es poco común, los niños sí se suicidan y cualquier gesto, a cualquier edad, se debe tomar en serio.

A mi mamie M., la mujer más vital que yo he conocido y a la que siempre querré con todas mis fuerzas.