Entre un suceso y otro hay un número infinito de sucesos
En una ocasión me quedé sin casa y una amiga, Sonia, me hizo un espacio en la suya mientras encontraba algo fijo. Yo no iba solo, Martín había venido a la ciudad con la intención de entrar a la universidad y tenía que llevarlo conmigo, Sonia dijo que no había problema alguno.
Renté una camioneta a la que subimos un par de maletas con ropa, mi cama y tres cajas con el resto de mis pertenencias. Cruzamos la ciudad hacia la orilla sur de la ciudad, por la carretera Picacho Ajusco, donde la urbanización se hace menos densa y el camino sube en una pendiente continua.
Cuando llegamos a casa de Sonia ella no estaba, fue su madre quien nos recibió. La presencia de Doña Bárbara era lo que más me inquietaba de aceptar la invitación de Sonia. Al verla siempre me daba la impresión de que estaba a punto de estallar, de que era capaz de cualquier arrebato o por lo menos bastante propensa a los accesos nerviosos. Tampoco es que la desdicha la colmara, era la persona dominante en su relación y al discutir sobre política o el entramado de relaciones familiares y de amistad, adoptaba una actitud juguetona e incisiva, como un ánimo de explorar todo lo posible, cosa que me caía muy bien, pero ella solía portarse conmigo como si estuviera haciendo algo mal, cosa que era más o menos cierta por el cúmulo de reglas propias de su casa(en especial de limpieza) que para ella se sobre-entendían y que yo infringía de manera olímpica sin reparar en ello. Mientras subía mis cajas al estudio del segundo piso, donde nos acondicionó un espacio, sólo podía pensar en dónde podría encontrarse Sonia y esperé que llegara pronto.
Cuando llegó, lo hizo con su papá y una hermana de este, venían cargados con carnitas y todos los complementos, tortillas, salsas, guacamole, cerveza, incluso un pastel. Les presenté a Martín, quien tan sólo conocía a Sonia de oídas y me dio la impresión de que se sentía muy fuera de lugar pero no tardamos en sentarnos a comer, cosa que nos sentó muy bien a todos y sostuvimos una larga sobremesa en donde la tía de Sonia dirigió la conversación. Habló de sus años en la universidad y el colectivo maoísta que frecuentaba, del deterioro que veía en la educación básica por medio de su nieta, de gente que ya se había muerto y de la que no sabes si sigue viva.
En eso recordé que en un par de horas más tenía el taller de cuento y esa semana, a diferencia de lo usual, sí había escrito un cuento o algo por el estilo. Entonces lo dije en voz alta: Tengo que ir a mi taller de cuento en un rato. El comentario fue extraño, la idea de cortar de manera abrupta lo que en cierta forma era una bienvenida, por algo que parece más un hobby que una obligación. Incluso añadí que tal vez no llegaba a dormir, esto último dirigido principalmente a Martín. Y al poco rato me fui de ahí tratando de pensar en mi compromiso hacia la literatura, era por eso que interrumpía así mi sábado, no por otra cosa. Hice un esfuerzo por ignorar que dejé a mi hermano con gente a la que no sólo acaba de conocer, sino que además ya les debía un favor tan solo por estar ahí, apoltronado en su casa. Como si fuera una guardería.
Hoy lo veo tan sólo como un ejemplo más de una dinámica mía: pena y huida.
Siento que han pasado dos o tres estaciones del año desde que empecé a escribir esto. Yo había venido a escribir de Alexa Moreno.