Así se vivía en el Versalles de Luis XIV: entre el mágico esplendor y el agobiante protocolo

El pánico cundió en la corte francesa cuando el rey Luis XIV anunció que se mudaría -y junto a él toda su corte- a una zona pantanosa en las afueras de París. El conde de St. Simon le aseguraba que “Versalles es un lugar ingrato, triste, sin vida, sin agua, sin tierra… Parece que todo son arenas movedizas y pantanosas, sin aire. En consecuencia: no es bueno”. Pero Su Divina Majestad Luis XIV, “el Rey Sol que todo lo alumbra y todo lo puede”, no hizo caso. Deseaba dar nuevos aires a su existencia y deslumbrar al mundo con un nuevo palacio. Además, contaba con buenos aliados, como el arquitecto Louis Le Vau, o decoradores como Charles Errar y Noel Coypel, que iban a encargarse del edificio, mientras su amigo André Le Notre proyectaría los fabulosos jardines palaciegos. Sobre la base del pabellón levantado por Luis XIII, Le Vau triplicó su superficie, revistiendo de majestad al edificio primitivo, con amplias terrazas, columnas de mármol y bronce, balcones de hierro forjado y dorado e infinitas balaustradas. El patio se cubrió de losas de mármol y una serie de pabellones adyacentes permitieron unir al antiguo palacio diversos palacetes para la nobleza, los cortesanos, el servicio y los asistentes.

En 1682 finalmente Luis XIV se instaló en Versalles, que se convirtió en la sede oficial de los reyes de Francia. La “Gazette” de París describió las condiciones en las que se encontraba la residencia al llegar la corte: “El 16 de mayo el rey dejó Saint-Cloud para instalarse en Versalles, donde deseaba estar desde hacía tiempo; estaba lleno de albañiles y madame la Delfina se vio obligada a cambiar de apartamento porque el ruido le impedía dormir. El rey se instaló en una dependencia en la que solo faltaban los trabajos de decoración. La Galería de los Espejos estaba llena de andamios y para atravesarla era necesario utilizar un pasaje practicado entre las vigas”. Al rey le importaron poco esos inconvenientes y, a medida que los trabajos continuaron, hizo instalarse allí a más de 15.000 personas, entre familiares, cortesanos, oficiales, intendentes, caballerizos, maestros de caza, sastres, modistos, joyeros, damas de honor, actores teatrales, bailarines, organizadores de fiestas, cocheros, decoradores, jardineros, cocheros y lacayos… y muchos otros cargos. El rey cumplía su sueño de convertir a Versalles en el “centro del universo”.

A partir de entonces, desde los actos más cotidianos (como el despertar del rey) hasta los más íntimos (como los partos de la reina y las princesas) estuvieron rigurosamente regulados. El monarca sólo relajaba la estricta normativa en los llamados “días para departir”, que se llevaban a cabo tres veces por semana a última hora dela tarde. En ellos, Luis XIV abría sus salones a un número reducido de cortesanos, que podían cenar, bailar o jugar. El soberano, mientras tanto, distante y majestuoso, se paseaba entre ellos y, de vez en cuando, se detenía a saludarlos. Un honor que despertaba las envidias de aquellos que eran ignorados y que daría lugar a grandes intrigas y enemistades. El estricto protocolo regía todo el día en Versalles y el ceremonial arrancaba todas las mañanas, cuando el rey despertaba. Al pie de la cama el Rey Sol se encontraba con el criado encargado de despertarlo, los responsables de encender el fuego, el encargado de correr las cortinas, el médico que examina que el rey estuviera con vida y toda una corte de ministros, religiosos, doctores, funcionarios cortesanos que desfilaban ante el lecho real, incluidos el barbero, el encargado de pelucas, el de la corbata, el de guardarropas y el de la vajilla. Una hora y media después el rey -por fin- se calzaba las pantuflas y salía de su cama, entrando en escena el criado encargado de quitarle el gorro de dormir… La comida era servida al rey con una lentitud y una pompa que exasperaba a casi todos, excepto al rey, y cada cena exigía una puesta en escena espectacular.

La vida íntima del Rey Sol

Jacques Levron, en su completísimo libro La Corte de Versalles, dice que para cada comida de Luis XIV (y nadie más) eran necesarios los servicios de 498 personas. Según las crónicas de la época, “dos guardias marchan los primeros. Los siguen, el ujier del salón, el maître d’hotel con su bastón, el gentilhombre panadero, el inspector general, el empleado inspector del oficio, los oficiales que llevan las viandas, el maestro de cocina y el guardavajilla. Detrás de ellos, otros dos guardias de Su Majestad cierran la marcha”. Se trata de un cortejo de quince personas que marchan por pasillos y salones del suntuoso Versalles desde la habitación real hasta el comedor. Ya en la mesa, si el rey quería beber algo, el oficial sommelier gritaba a viva voz “¡Bebida para el rey!”. Después, hacía una reverencia y se aproximaba al mostrador donde se encontraba el sommelier jefe. Este le alcanzaba el platillo de oro con la copa cubierta y dos jarras de cristal llenas, una de vino y otra de agua, porque Luis XIV nunca bebía vino puro. Precedido por el ayudante de vasijas del sommelier jefe, el oficial sommelier llegaba hasta la mesa del rey. Se inclinaban profundamente y procedían a catar el vino y el agua en tazas esmaltadas. El gentilhombre hacía una nueva reverencia, descubría la copa y presentaba las jarras. El rey vertía el vino y el agua en su copa mientras el gentilhombre, haciendo otra reverencia, devolvía el platillo de oro al sommelier jefe. De este modo, eran necesarias 3 personas y 8 minutos para servir al rey… ¡una copa de vino cortado con agua!

Por la noche, luego de todo un día que puede incluir actividades de lo más variadas (como banquetes de Estado, cacerías, bailes, reuniones con los ministros y comidas en los que toda la familia observa de pie mientras el rey come) Luis XIV se dirige a sus aposentos para dormir. Pero la puntillosa puesta en escena dictada por el Rey Sol lo persigue hasta que cierra los ojos. Tras los rezos que realiza en compañía de su capellán, el monarca se instalaba en un sillón para ser desvestido. “El monarca se desviste con la ayuda del primer criado. Luego le pasa la camisa, el camisón y la bata. Se levanta, se dirige hacia el rincón del hogar y saluda con una inclinación de cabeza”. Una vez que se retiran los miembros de la comitiva, el rey se quedaba con sus familiares y cortesanos de mayor confianza para dedicarse a los detalles íntimos: “Se desprende de su bata y penetra en el lecho. Se apagan las luces a excepción de los veladores. Cerca del rey se instala el criado que, silenciosamente, ha tendido su catre. Son las once. El rey duerme… El palacio de Versalles reposa”.

| Por Darío Silva D’Andrea / Secretos Cortesanos

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