Bufones, enanos y otras diversiones de la corte zarista (Parte 1)

Pedro el Grande, zar de Rusia (1672–1725), fue muy cuidadoso a la hora de recopilar toda clase de curiosidades, desde los dientes de sus sirvientes hasta la cabeza de una de las damas de su esposa, la condesa María Pawlowna Hamilton, acusada de infanticidio. El propio emperador se había presentado en el momento de la ejecución a besar a la desdichada y, cuando su cabeza rodó por el suelo, la tomó por los cabellos y explicó tranquilamente a los presentes los órganos que había seccionado el hacha. Acto seguido, ordenó que esa cabeza fuera introducida en formol porque deseaba darle un lugar privilegiado en su particular colección de rarezas.

Esta colección abarcaba cualquier cosa curiosa que encontrara y considerara digna de ser atesorada, pasando por penes en formol, lenguas humanas, cadáveres de bebés con deformidades, el esqueleto de un gigante, dentaduras, etc… En sus viajes de investigación, que solía hacer de incógnito, el curioso emperador Pedro reunía gran cantidad de conocimientos que luego llevaba a su país y trataba que se aplicaran.

La pasión de Pedro por la ciencia es tan inmensa que ordena que se le avise de todas las operaciones quirúrgicas en ciernes, sin que importe el lugar ni la hora. Jamás desprecia una ocasión, todo lo observa y todo lo inquiere hasta que, poco a poco, pasa de ser testigo a intervenir con sus propias manos, buscando por los rincones cualquier tipo de reto médico que se le ponga a tiro”. [Alejandra Vallejo-Nájera, Locos de la historia]

Pedro también obligaba a quienes lo acompañaban a compartir con él su búsqueda de conocimientos, y apartaba de su lado a los que no seguían su ejemplo, como en aquella ocasión, durante una lección de anatomía a la que asistió en Holanda, en la que sus acompañantes hicieron gestos y ruidos de disgusto al ver cómo un cadáver era diseccionado. Enfurecido por su debilidad, Pedro ordenó que todos ellos se acercaran al cadáver, hundieran la cabeza en él, y se comieran un pedazo de su carne.

Mascotas humanas para la buena suerte

Pero la colección más divertida de Pedro el Grande era la de enanos, a los que quería mucho y consideraba muy graciosos, y a los cuales de vez en cuando hacía conservar en formol o embalsamar para engrosar su colección de rarezas. Estos diminutos hombres constituían una verdadera institución dentro de la corte zarista desde hacía muchas décadas y, según explica Sebag Montefiore, “los enanos y los fenómenos eran considerados mascotas de buena suerte” en Rusia. En las demás cortes reales de los siglos XVI y XVII, los enanos eran una presencia corriente. Los monarcas y príncipes de Europa apreciaban el ingenio y la franqueza de los enanos, que contrastaba con la actitud servil y aduladora de los cortesanos, y especialmente las princesas, reducidas a una vida de soledad y aburrimiento, derrocaban afecto hacia sus enanos y se divertían con sus extravagancias.

El emperador Miguel de Rusia, un gran amante del entretenimiento, solía pasar sus horas libres admirando el espectáculo que cada día le ofrecía su grupo personal de acróbatas, payasos y enanos en su Palacio Potesgny, y su amigo favorito era un enano llamado Mosiaga. Su hijo y sucesor, el zar Alexis, decidió dar un aspecto más sobrio y aburrido a la corte rusa, prohibiendo el uso de instrumentos musicales, del tabaco, de las bebidas alcohólicas, jubiló a todos los enanos que su padre mantenía y los sustituyó por una servidumbre de respetables monjes y lisiados. Sin embargo, los enanos continuaron teniendo un papel preponderante a la hora de entretener a los monarcas. Estos hombrecitos formaron parte de la vida de Pedro el Grande desde que era muy pequeño y las crónicas cuentan que un numeroso grupo de enanos escoltaba la carroza del príncipe en las ceremonias oficiales montando caballos en miniatura.

Después de su coronación, en 1682, Pedro I convirtió a los enanos en su más grande fuente de diversión: “Hasta el final de sus días se deleita contemplando a enanos y tarados a los que hace vestirse con ropaje en exceso grande y chillón, a los que obliga a arrastrarle sobre cualquier objeto que se deslice — alfombra, trineo o pequeño carruaje — , mientras ladran, relinchan, rebuznan, cacarean o ventosean (el Zar encuentra especialmente divertido esto último). No hay banquete en el que no pida que un enano aparezca del interior de una tarta, lo que le hace llorar de risa”. Pero también los quería mucho y solía recompensarlo de formas que asombraban a la nobleza moscovita.

En 1710, días después de oficial como anfitrión en la boda de su sobrina, la gran duquesa Ana, Pedro el Grande se deleitó celebrando la boda de su enano favorito, Iakim Volkov, con el mismo esplendor y la misma elegancia. Para lograr su cometido, Pedro ordenó que “enanos y enanas que residieran en las casas de los boyardos de Moscú fueran congregados y enviados a San Petersburgo”. Cuando llegaron, los enanos, que “tenían jorobas gigantescas y piernas diminutas, otros grandes barrigas y piernas cortas y retorcidas como las patas de un tejón”, fueron encerrados “como si fueran cabezas de ganado”, antes de ser repartidos entre los nobles que debían engalanarlos para la boda. El embajador holandés dejó constancia de este gran espectáculo:

Un enano muy pequeño marchaba a la cabeza de la procesión, asumiendo el papel de mariscal (…) guía y maestro de ceremonias. Le seguían la novia y el novio, vestidos pulcramente. Luego venía el Zar y sus ministros, príncipes, boyardos, oficiales y demás; por último desfilaban todos los enanos en parejas de ambos sexos. Entre todos eran setenta y dos. El Zar, en señal de respeto, sujetaba la cola de la novia como es tradición en Rusia. Cuando terminó la ceremonia la comitiva fue (…) hasta el palacio del príncipe Menshilkov (…) Varias mesas diminutas se colocaron en medio del recibidor para los recién casados y el resto de los enanos, a quienes se les vistió espléndidamente según los dictados de la moda alemana (…) Tras la cena, los enanos bailaron al modo ruso, lo que duró hasta las once de la noche. Es de imaginar lo que el Zar y el resto de su compañía se divertían con las travesuras, gestos y extrañas posturas de los pigmeos, la mayoría de los cuales eran de tal tamaño que sólo de verlo producía risa (…) Cuando se acabaron estas diversiones, el nuevo matrimonio fue transportado a la casa del Zar y acostado en sus propios aposentos”.

(Esta historia continuará…)

Por Darío Silva D’Andrea / Siga a Secretos Cortesanos en Instagram y Facebook