MORT D’UNE LUMIÈRE.
Enseñémonos lo poco que nos queda de sanidad al otro,
demóstremonos aquello que nos falta,
aprendamos la belleza de la vida que se nos fue negada desde que el Sol atacó nuestras pestañas.
No nos queda nada más
que eso
y nosotros
(y nuestro amor)
y la Luna que nos mira,
de esa forma tan ambigua.
Volvamos a hablar de Saturno de día
mientras nos comemos las uñas y nos agarramos las manos
para evitarnos a nosotros mismos
y nuestras malas costumbres;
vivamos en el espacio otra vez, ya no quiero vivir en otro lado que no sea
el cielo
y tus labios.
Desde Venus puedo escuchar tus susurros de auxilio,
amor con corazón de estrella,
entre respiraciones agitadas me pides no tocar la Tierra otra vez
y yo te prometo nuevamente que a la Luna la veremos este Sábado
siendo la octava vez en la semana que te decía eso.
La Tierra nos dio la vida,
pues la misma nos trajo condena.
Queríamos escaparnos
y ser estrellas.
Irnos, desaparecer, dejar de existir,
de pensar,
de sentir
de una maldita vez.
Queríamos escaparnos
al mundo estelar,
aquél que nos contábamos entre lágrimas, risas, gritos y gemidos.
Vivíamos en nuestra realidad fantástica
dentro de nuestra fantasía sin revertir
creada por la realidad que no la sentimos nuestra
(sino de ellos).
Por eso queríamos escapar. Porque no era nuestro. Se nos impuso.
Y perdimos la cabeza en el proceso.
¿Lo más irónico de todo esto?
Anhelábamos vivir en espacio exterior
pero nosotros
nosotros
íbamos en picada
en nuestro propio asteroide en llamas
hacia nuestra propia poética perdición
en nuestra propia fantasía.
Y aún así,
nos atrevíamos a besarnos hasta arder como Marte
todas las noches.
Solo en las noches.
Incluso cuando gustosos,
nos dejábamos marcas de veneno en nuestras pieles
hechas para ver
la fecha de caducidad de nuestros destello.
