Nacer en martes
Un cuarto de hotel barato, no llegará, me imagino, ni a la tercer estrella pero cuenta con unos cuantos megas de internet, está cerca de la oficina y mañana hay una entrega importante. Pasan de las 3 de la mañana en un martes, día de la semana que hasta hace pocos meses para mí no significaba nada; un día más de la semana, viene después del lunes pero antes del miércoles; vaya, no es que el lunes o el miércoles o ningún otro día de la semana, en realidad, tengan algún significado para mí, son días, nada más. Aunque, indudablemente, los martes han pasado a ocupar parte de mi pensamiento diario; –¿Por qué no puede ser siempre martes?– me preguntaba el otro día; hasta hace unos meses hubiera respondido “por suerte” o “¿qué más da si es martes o viernes?”. Verás, estos últimos martes (siempre me ha gustado que los días, en plural, se escriben igual que en singular) han, sin duda alguna, cambiado el ritmo y rumbo de mi vida como la conocía hasta ahora. En un martes decidí escribir de nuevo, en otro, cambié de lentes; hubo uno en el que comprendí la diferencia entre dejarse ir e irse dejando. En otro fui a comer tacos orientales después de haber visto un documental y antes de haber ido a bailar como loco y probado algo tan delicioso que, al día de hoy, resuena en mi cabeza. El pasado martes decidí mudarme y es la razón por la que hoy, dejando detrás todo lo que alguna vez pensé, me encuentro en este hotel que si te describiera, seguramente reirías.
–¿Habré nacido en martes?– Pienso, corroboro y, no, no nací en un martes. Creo que hubiera sido demasiada coincidencia pero, ahora que lo pienso, si alguien me preguntara en qué día de la semana nací, respondería con toda certeza “en martes” pues por alguna razón, ha sido el día en que mayor introspección he tenido, más ganas de desbocarme en este caudal llamado vida me han dado, más sentimientos he experimentado y cosas he sentido.
–Yo nací en martes–
