Como viví el coronavirus y mi doble trasplante páncreas-riñón

Mi nombre es Carlos Parravicini. Soy tucumano, tengo al momento de escribir esto 42 años, y acabo de recibir un doble trasplante de páncreas riñón en plena pandemia del coronavirus… viviendo en Madrid.

Fui diagnosticado de diabetes a los 8 años, en San Miguel de Tucumán. Al principio, con mis padres y mis hermanos, nos costó acostumbrarnos a una nueva vida llena de glucemias, análisis, controles de glucosa, restricciones en las dietas, cumpleaños sin gusanitos ni caramelos y todo lo que significaba ser un niño con diabetes mellitus. Pero mis padres lo hicieron bien, y pude tener una infancia muy feliz, rodeado de amigos, familiares y aventuras, aunque -siendo 100% honestos- sin tener mucha noción de lo que significaba realmente ser diabético y de qué lejos estábamos de un cuidado estricto, tal como habría de aprender 30 años después en mi nuevo país.

Pero llegó la adolescencia y con ella las rebeldías. Y mi rebeldía no fue con el alcohol, el cigarrillo o las drogas, sino que elegí algo que me hacía daño de verdad: comí dulces, comí azúcar, y comí mucho y muy regularmente. Dado que seguía haciendo deportes, no aumentaba de peso, y cómo había relajado los controles y había dejado de ir al médico, esto pasaba desapercibido.

Me había tomado el “hacer una vida normal” exactamente para el lado donde no debería haberlo hecho. Confundí normalidad, con “hacer lo que quisiera, cuando quisiera”. Y tarde o temprano terminaría por pagar esos deslices que estaba cometiendo. Porque todo se paga en vida.

Llegó la juventud y con ello llegó la que sería la mujer de mi vida. Su nombre es Ané y es de Tucumán, como yo. Nos pusimos de novios en el año 2000, con el comienzo del nuevo milenio y estamos juntos desde entonces. Con ella fue que me enteré de los primeros problemas con mi enfermedad, que fue una afectación a las retinas, conocida como retinopatía diabética, que puede provocar, a la larga, quedar ciego. Luego vinieron las complicaciones con los riñones (nefropatía diabética) con las arterias (calcificación), con la tensión arterial, etc.

Es cierto que me cuidaba mucho y mucho más que en la adolescencia, sobre todo después del nacimiento de Tomi, Cande y Pilu, mis tres hijos, pero lo que yo no sabia (porque casi no lo sentia) era que el daño estaba hecho.

Nos mudamos a España en 2016. Primero fue por 40 días a Bilbao, y luego a Madrid, donde vivo desde entonces. El choque de culturas médicas entre ambos países fue lo que más nos impactó. Los médicos que nos veían (y fueron muchos) no podían creer cómo una persona de menos de 40 años tenia el estado que yo tenía, y estaba con las arterias “como una persona de 70 años”, con los riñones a menos del 35% de su capacidad y con los ojos, jodidos. Entre mi nefrólogo y endocrinólogo la decisión estaba clara: había que optar por el trasplante.

Estuve desde fines de 2017 hasta agosto de 2018 haciendo estudios médicos de todo tipo para ver si estaba en condiciones de entrar a esa lista de espera. España es tan buena con el tema de trasplantes porque se toman TODO con la mayor de las seriedades. Hasta la más mínima duda es chequeada exhaustivamente hasta que se obtiene un panorama claro.

Por suerte las cosas salieron bien. Pero la enfermedad seguía avanzando y los riñones llegaron, en un momento, al 10% de su funcionamiento. Había entrado a jugar la tan temida diálisis.

Y si bien estuve poco tiempo allí, sirvió para entender dos cosas: Uno, que no es tan malo como yo pensaba, sino que es una extensión de un tratamiento que lo único que iba a lograr era que me sintiera mejor. Y dos, las enfermeras de diálisis son las tope de gama de esa especialidad: la calidad y profesionalismo con lo que me atendieron, son cosas que no olvidaré nunca.

En mi sexta sesión de diálisis, ya acostumbrado -o casi- me despedí de la enfermera con un “hasta el lunes” y una respuesta mía , en broma, del estilo “igual el lunes no vengo porque surgió un donante”.

Ese domingo a la noche recibí el llamado más esperado de mi vida. Una de las enfermeras de Hospital 12 de Octubre me preguntó: “Hola Carlos ¿cómo estás de salud? ¿Tienes fiebre o algún síntoma similar? ¿Puedes venir al hospital en una hora?” Era EL LLAMADO, donde me decían que podía haber un posible donante y un posible trasplante, siempre siendo cuidadosos en decirme que así como iba al hospital, podría volverme a casa sin que el trasplante se lleve adelante. Pero todo fue bien; sucede que hasta último momento te realizan tests de compatibilidad y justo hasta antes de ingresar a quirófano todo puede frenarse y volver a foja 0.

Eso no pasó. Desperté a las 12 horas, luego de una operación de 9 horas en total (3 ½ para el riñón, 4 ½ para el páncreas) con mi mujer a mi lado, emocionada, y los médicos preguntándome “¿Cómo te encuentras, Carlos Alberto”? Y yo, si bien estaba reventado, con sondas y vías en cada orificio de mi cuerpo, me sentía en el mejor momento de mi vida.

Los días pasaron y la evolución fue tan buena que me dieron el alta a los 15 dias, alimentándome ya con comida normal y con dieta normal. Las cosas en España, por el coronavirus, se estaban complicando y a los 6 días tuve que ingresar de vuelta, por una obstrucción intestinal. Estuve ingresado en el peor momento de la crisis por la pandemia, con gente que se enfermaba al lado mío, en un área del hospital que estaba en desuso y tuvieron que reciclar para ingresar a los pacientes “limpios” y atendido por personal médico que se vistieron de héroes… pero la situación si bien fue caótica y viví una de las semanas más angustiantes de mi vida, experimentando la miseria humana en su máxima expresión, me llevé de aprendizaje que la templaza de algunas personas (el personal sanitario, y sobre todo, los pacientes) hace milagros. Todo está en la cabeza y cómo sepas dirigir tus pensamientos.

Tuve un tercer ingreso, pero fue casi una falsa alarma. Una bacteria había entrado por el catéter que aún tenia colocado (para la diálisis) y los médicos creyendo que era COVID19, me hicieron por cuarta vez el isopado, que dio negativo.

Ahora, al momento de escribir estas líneas, estoy viendo una película de Disney de hace 60 años, con mi mujer y mis tres niños. Y disfruto como el que más de estos momentos. Disfruto el hecho de no depender de una máquina para vivir, y sobre todas las cosas, el hecho de tener una segunda oportunidad, que pienso aprovechar y honrar con todo lo que esté a mi alcance.

El 2 de marzo de 2020 he nacido de nuevo. Pero mi yo anterior no ha muerto. Está fortalecido. Y tiene ganas de mucho más.

Me diagnosticaron diabetes a los 8 años. Pasé por todas las fases de la misma pero tuve una buena vida. Iniciando diálisis y coronavirus, apareció mi donante…