Siempre, y aún más en la etapa final de mi diabetes, le tuve un temor tan grande a esa palabra, que no me atrevía ni a pronunciarla.

Pero… ¿Qué es la diálisis? En pocas palabras, es un tratamiento que le permite a los pacientes con grado avanzado de disfunción renal eliminar toxinas y líquidos del cuerpo, que los riñones, por la mala condición en la que se encuentran, no son capaces de hacer por ellos mismos.

Existen dos tipos de diálisis. En realidad existen más, pero a grandes rasgos, a mi me quedaron claro sólo dos: la hemodiálisis, y la diálisis peritoneal. Las dos tienen sus ventajas y desventajas, y siempre la decisión de una u otra depende del paciente, y los médicos sólo te indican -detalladamente- en qué consiste cada una de ellas y sus pros y contras sin emitir ningún tipo de opinión al respecto, para no influir en nuestra propia decisión.

La hemodiálisis, que es la que conocemos todos, y que se ven en tantas películas de Hollywood (por ejemplo, Magnolias de Acero -Steel Magnolias- donde la protagonista padece diabetes y relata como se esfuerza por vivir una vida lo más normal posible) es la más difundida y más utilizada por la mayoría de los pacientes renales. El tratamiento no es ambulatorio y debes ir a un hospital o centro de diálisis, donde te te conectan a una máquina en sesiones de 3 o 4 horas, 3 veces por semana. La ventaja principal de este tratamiento es que el seguimiento es casi diario por profesionales de la salud, y su principal desventaja es que debes asistir por un tiempo largo durante la mitad de tu semana a tu centro médico. El otro tratamiento, de mucho menos difusión en el mundo, es la diálisis peritoneal, donde “un líquido purificador circula a través de una sonda (catéter) a parte de tu abdomen. El tejido que reviste el abdomen (peritoneo) actúa como filtro y quita los desechos de la sangre. Luego de un período de tiempo determinado, el líquido con los desechos filtrados fluye hacia afuera del abdomen y se descarta”, el tratamiento es ambulatorio (en casa) y se puede realizar tanto como tu cuerpo lo necesite, simulando un poco más la función renal que hemos perdido. Las ventajas principales son esas: mayor libertad de movimiento para el paciente y mejor simulación renal, aunque no todos los pacientes son capaces de soportarla, básicamente porque el tratamiento depende de uno, y porque el manejo de los catéteres no es tan sencillo y no todo el mundo lo puede hacer.

Yo le tenía mucho miedo a la diálisis; ¿por qué? me daba miedo estar atado a una máquina de por vida. Puede haber sido por desconocimiento, o por haber visto muchas películas, como les contaba arriba. También me daba miedo la sensación de cercanía a la muerte que tiene esa palabra. Y la verdad es que está lejos de eso.

Antes de comenzar con mis sesiones aumenté 7 kilos; pasé de mi peso habitual de 79 kg a uno de 86 kg en menos de un mes, y estaba lleno de líquidos por todo el cuerpo: pantorrillas, vientre, tobillos, cara, etc. Ya no podía salir a montar en bici, y menos a correr: apenas si podía salir acompañado por mi mujer a caminar por los alrededores de Majadahonda, pero me cansaba mucho. A propósito: Ella -mi mujer, Ané- me contó hace poco que le daba mucho miedo verme: que me venía muy hinchado en la cara y en las piernas, y que si a eso le sumábamos el hecho de que mi tensión arterial “normal” era de 16/11 y tenía picos de 22/12, que provocó algún ingreso de urgencia al Hospital, y que dormía muy mal por las noches, su miedo era que me llegue a pasar lo peor. Y no lo estábamos pasando bien. Eso fue mi foto previa.

A punto de comenzar mi primer sesión de diálisis, en el Puerta de Hierro.

El día que doy comienzo a mi tratamiento, me reciben en la puerta de Hemodiálisis del hospital Puerta de Hierro las enfermeras de allí (que dicho sea de paso, es el tope de gama de la enfermería: saben como tratar al paciente, como cuidarte y además su conocimiento de los procesos y herramientas es sencillamente espectacular) y cuando me preguntaron “¿Cómo estás?” la verdad es que me quebré… pero hablamos 5 minutos y en esos 5 minutos, me tranquilizaron e intentaron convencerme que todo iba a mejor: pero no les creí. Ingresé a quirófano, era una operación sencilla de 15 o 20 minutos que finalmente se alargó a casi una hora y media, porque había algún problema con la colocación del catéter. No me quiero quejar mucho, pero este momento fue uno de los más duros de mi vida. Finalmente, luego de mucho batallar, logran colocarlo, e inmediatamente, y sin darme tiempo a respirar o a nada, me llevan a la sala de diálisis a conectarme por primera vez a la máquina…

En la sala, luego de haberme conectado y a los 5 minutos de comenzar el filtrado, le permiten ingresar a mi mujer. Con lágrimas en los ojos me pregunta “¿Cómo estás?” y yo le respondo con la mayor sinceridad posible que era el peor momento de mi vida y que sentía que más bajo no podía estar. Me sentía un boludo por haber perdido tantas oportunidades de mejorar el cuidado de mi diabetes, y me sentía el único responsable por haber llevado a mi cuerpo a una situación tan límite. Me sentía una mierda, vamos.

Pero las 3 horas pasaron y con ella la primera sesión. Me fui a pesar, el famoso “peso seco” (o eso entiendo yo por peso seco, perdonen los expertos) y había perdido 3 kilos de líquido… y en honor de la verdad, me sentía mucho mejor. Mi ánimo inmediatamente después del pesaje fue otro y mi cabeza fue mutando de un “estaré atado para siempre” a un “esto es parte del tratamiento y efectivamente sirve para que te sientas mejor”; y con esa cabeza encaré mis siguiente sesiones.

Trabajando en el centro de Hemodiálisis

Las siguientes fueron frente a casa. Esto me permitía ir y volver andando, lo cual es muy bueno para tu cabeza porque no tienes que subirte a una ambulancia, por ejemplo. El trato de los médicos y, sobre todo, de las enfermeras siempre fue excelente y muy profesional. Además podía trabajar: llevaba mi laptop conmigo, la ubicaba en la mesita, esperaba que me conecten a la máquina y a darle con todo al curro. Pero de todas formas yo había optado por la diálisis peritoneal y sabía que esto iba a durar poco, y tal vez eso me haya ayudado a engañarme un poco y a mantenerme optimista, la verdad no lo sé. Pero la realidad fue mejor aún: el trasplante llegó y hoy me permite escribir estas líneas, siendo viernes, desde casa, no desde el centro de diálisis.

La cuestión es que a mí la hemodiálisis me hizo muy bien, y si bien conozco casos muy cercanos donde la situación es diametralmente opuesta, me gusta contar y compartir esto con aquellas personas que están hoy, con el mismo temor que yo estuve. Espero que les sirva de algo.

Me diagnosticaron diabetes a los 8 años. Pasé por todas las fases de la misma pero tuve una buena vida. Iniciando diálisis y coronavirus, apareció mi donante…