Bitácora: Malas noticias / Buenas noticias

Caracas. 7.9.16. Cuando hay una buena y una mala noticia creo que la gente escoge la mala primero porque antes tiene que existir el ahogamiento, eso que los hunde para que tenga sentido aquello que los pueda salvar.

La mala noticia es que me quedé sin teléfono, y por ende sin forma inmediata de que se comuniquen conmigo cuando no haya internet que es casi todo el tiempo.

La buena noticia es que hice todo lo que tenía previsto hacer en Caracas: No todo lo que habría querido pero sí todo lo que necesitaba en el poco tiempo que estuve.

La noticia buena la forman la suma de muchos detalles del día: Me dieron la cola hasta Caracas. Desde la parada de Los Ilustres del BusCCS llegué hasta La Hoyada, un señor me había dicho que ahí debía bajarme, al bajarme vi apenas una parte de la AN y crucé como por intuición y aparecí de frente al MPEUCT, mi destino. Llegué temprano así que no había mucha gente. Al principio estuve hablando con las personas que estaban delante de mí, pero la conversación dejó de interesarme muy rápido y me salí de ella cuando la señora justo delante de mí se salió de la formación un rato. Luego nos hicieron pasar y al sentarnos la señora que estaba delante de mí me integró nuevamente.

No sabía o había olvidado que había que llevar hojas blancas para cada uno de los documentos donde uno mismo debía pegar los timbres fiscales. La señora me las regaló y me regaló un sobre manila porque el mío se rompió en algún momento. Las mujeres que atendían la taquilla estaban de mal humor desde que empezaron su jornada y regañaban a las personas porque hacían cosas mal o algo por el estilo, pero tampoco explicaban bien lo que debían hacer ni cómo hacerlo bien. Las estuve observando: Ninguna hacía contacto visual con el usuario, tampoco el usuario con ellas. Así que cuando me tocó a mí, le sonreí, le dije “buenos días” y me mantuve entusiasta reconociendo su existencia, mirándole la cara cuando me hablaba, también le dije que tuviera muy buen día y que muchas gracias por su atención. Me miró a los ojos pero no sonrió. Salí y me volví a encontrar con la señora que me regaló las hojas. Le agradecí otra vez su ayuda. Me despedí.

Estuve caminando un rato, por el elevado del BusCCS tenían libros usados, los vi brevemente pero no compré ninguno. Entré en un Farmatodo porque me dolía un poco la cabeza, eran más de las 10 y no había desayunado. En la cola para pagar una señora recita una lista de medicamento. La muchacha empieza diciendo que no, luego solo niega con la cabeza. ¿Ningún psicotrópico?, dice, y la muchacha vuelve a decir que no. ¿Esperanza de que llegue? ¿Pierdo la esperanza, entonces? Yo le digo: No señora, no pierda la esperanza. Ella me mira y nada dice. Otra señora le nombra un sitio donde quizás pueda conseguir. Se va.

Estuve buscando Chocolate El Rey. Tenía varias semanas con ganas de comer y busqué en los sitios por los que pasé y no conseguí. Desistí. No seguí buscando o preguntando. Por fin comí, empecé a leer una novela que me prestaron. Luego en el almuerzo, me regalaron un Chocolate del Rey.

En el bus de regreso, venía hablando con un muchacho iba a mi lado. Le conté que me habían robado. Me ofreció que si necesitaba llamar a alguien, podía usar su teléfono. Le dije que estaba bien, que gracias pero terminé no llamando a nadie. No había caso. No quería preocupar a nadie si yo estaba bien.

La parte mala de lo malo es que el robo fue ya viniéndome. Mi último recuerdo antes de subirme al bus. Media hora antes había dicho “a mí me gusta Caracas”. Y todavía es así.

La parte buena de la parte buena, es que lo que me salvará del hundimiento es ese 61,4% de cacao. Y es más efectivo y realista que esperar ser la señora a la que le dije en la farmacia que no perdiera las esperanzas.

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