Mi historia con el café

Fotografía de Mauro Arias. El Faro. 2013

Mi historia con el café viaja más allá de mis épocas, aun quizás más allá que las de mis padres. Mi historia con el café va un poco al lado de la historia de un pueblo, allá escondido en plena cordillera, donde elevados manantiales cruzan las cumbres abrigadas de cafetos, allá donde los telares se cosen sobre la montaña, donde se protegía del viento al grano de oro, un sustento del crecimiento del país, allá comenzó todo.

Ciertamente mis primeros recuerdos son que cuando mi papá iba a la ferretería yo le pedía ir para tomar café. En mi casa nunca había. Nunca hubo café de verdad, a todos les hacía daño.

No recuerdo cuando empezó todo quizás porque estuviera muy pequeño, pero la verdad tampoco creo que termine ya que ni la gastritis me ha detenido a tomar aquel brebaje oscuro que se deja correr en mis venas. Compañero de desvelos y platicas, de desahogos, catarsis, alegrías, tranquilidad; me acompañó en victorias y desdichas, en noches de frustración y mañanas de euforia, entre la ansiedad y las reuniones de trabajo.

Tomo café desde que tengo memoria, pero recuerdo que cerca de mis 5 años cuando mi abuela me cuidaba nunca faltó el café de las 4 (pm), y yo en mi –aun- inocencia luchaba incansablemente en lograr apresar el humo dentro de mis manos. Nunca nadie me dijo que no se podía.

Pero, cuentan mis historias familiares que en aquel pequeño poblado de Concepción de Ataco donde se formaba la familia de mi papá, un poco más de la mitad de sus 10 hermanos fueron en algún momento cortadores de café, con orgullo y empeño; el café es un símbolo de progreso para este pequeño pueblo.

Salían a las 7 de la mañana, con el único objetivo de desnudar los arbustos de cafeto de aquellos granos rojos, para posteriormente cumplir con el proceso para convertirse en una taza de café de altura. Y hoy, más de 30 años después, el café cumple con status, con plusvalía, el buen café es como el buen vino, no falta en las reuniones y tertulias.

A todo esto, con certeza puedo decir, que para este país el café no es moda, es símbolo de esfuerzo, de desarrollo, de esperanza.

Y para mi, de un placentero sorbo, de trabajo, de ideas y de buenas conversaciones.

[Abril, 2013]

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