Mi sábado parisino en Casco Viejo

El sábado 11 de marzo tuve uno de los días más llenos de paz desde hace un buen tiempo y quiero contarles muchas cosas en las que pensé.

Desde hace varios meses me he sentido muy distanciada de mi misma. Estoy consciente que estaba evitando un encuentro con mi corazón y mi mente y opté por llenar mi agenda de mucho trabajo y proyectos, así no tener espacio para pensar o sentir. Así mismo, no quería pensar o analizar qué era eso que me estaba quitando la paz.

Por temas de trabajo, salí del país hace 2 días y vuelvo en otros cuantos más. Es la primera vez que viajo por trabajo pero lo importante es todo lo que implica. Solucionar, preguntar, responder, estar atenta y sola. Llegar al hotel a un cuarto vacío, desayunar sola, conseguir internet para pedir un Uber. Ha sido fascinante.

Por otro lado, hace unos meses tuve una crisis muy fuerte y tenía mucho miedo de estar sola. Dormía en la sala de tele para no estar en mi cuarto. Tenía muchas ganas de irme de viaje pero solo pensar en el aeropuerto me generaba mucha ansiedad. Este viaje lo que más me emocionaba era justamente estar sola.

El sábado 11 desde temprano me fui para Casco Viejo en Panamá. Yo quería tener como esos momentos tan incónicos en las películas de las personas que pasan el día en París, se toman un capuccino con un libro y la vida es perfecta. Eso quería yo y eso fue lo que tuve.

Caminé como buena turista, tomé fotos, me enamoré de cada esquina y de pura casualidad entré a almorzar a un restaurante y había una mesa con 8 franceses y música clásica en francés. Abrí el menú y era un deli francés! Me senté afuera, leí mi libro, me tomé una copa de vino, seguí caminando y me senté en otra plaza a seguir leyendo. Entré en todas las tiendas, conversé con todos los vendedores, caminé y caminé por todos los puestos de los artesanos. Aprendí y seguí conversando.

En mi tercera parada, con un clima tremendamente espectacular, tuve este momento que tanto estaba evitando. El viento soplaba, el sol encendido, la cerveza helada y me di cuenta la paz que sentía y todas las cosas que involucraba ese sentimiento que tanto me gusta. Hice una lista mental de las cosas que estaba pensando, de porqué me sentía tan tranquila y de cómo ahorita todo se sienta tan bien.

  1. La soledad: hace unos años me fui con un grupo de amigos a Estados Unidos a trabajar. Hubo días donde no tenía con quien almorzar y yo decidía no almorzar por el miedo a estar sola. Rarísimo. A veces pienso que era un tema de “verme sola”, de aburrirme, de no saber qué hacer en una mesa sin un celular y sin nada que hacer. Ahora es justamente parte de las cosas que más he disfrutado. Pensar y sentir y tener el tiempo para hacerlo. Analizar qué siento, porqué lo siento, cómo aprovecharlo o cómo disminuirlo. Cómo estoy emocionalmente y cómo he estado en meses anteriores.
  2. El ambiente: yo de vez en cuando soy incómoda para el clima. Considero que soy una persona de montaña y el frío me da un gusto inmenso. Pero me puse a pensar también en cómo influye el clima en nuestro carácter. Si hace mucho calor, si sudamos, si hay un vientito fresco, si llueve, si nos mojamos los pies, si nos quemamos la punta de la nariz por el sol tan intenso, si andamos sin sombrilla o si no trajimos botas. Ese sábado me hice una cola, me mojé las piernas solo por estar sentada al aire libre en medio de la lluvia. Mis anteojos salieron volando por el viento y me pegaron las flores en la cara del árbol gigante que estaba frente a la Iglesia en la Plaza. ¡Qué delicia poder disfrutar tanto los cambios en el clima!
  3. El tiempo: hace poco leí un artículo de una mamá que describe el momento en que su hija de 5 años se compra un helado, se sienta en una mesa mientras come y observa su alrededor. Minutos después, la niña vuelve a ver su mamá y le pregunta si están apuradas y tienen que irse. La mamá queda sorprendida de todo lo que le está transmitiendo. Esto me pegó en lo peor de mi mente. Me di cuenta de lo apurada que me siento y de todo lo que me estoy perdiendo por estar pensando en el lugar donde tengo que estar, en lo que tengo que hacer, en el correo que tengo que responder, en esa lista gigante de cosas que hacer que a veces la lleno solo por llenarla. Esa tarde me costó realmente despejarme y de estar ahí. Con mi mente y mi cuerpo. Estar con mi corazón y sentir el momento.
  4. Los momentos: llegando a Caso Viejo, entré en un pequeño museo con piezas antiguas de las Iglesias de los conquistadores. Altares, candelabros, y cuadros. Cada pieza tenía una cédula al lado con la historia y el año de cada una de ellas. Me llamó la atención que el grupo de 5 mujeres que entraron antes que yo, le tomaban fotos a todo. A la pieza, a la cédula, a la caja de vidrio donde estaban, al cuadro de la pared, a todo. Les puse un poco más de atención y noté que realmente no estaban observando nada. Simplemente tomaban fotos con su celular, que además estoy segura que nunca se van a detener a verlas. Es necesario que nos separemos de vez en cuando de nuestros celulares, tabletas, computadoras y toda la tecnología que muchas veces nos separan de nosotros mismos y hasta de las personas que están sentadas a la par de nosotros. Vivamos los momentos, guardémoslos en la mente más que una memoria del celular. En los conciertos, en las fiestas, en las bodas. Esos sentimientos no se borran tan fácil. No se ven pero se sienten.
  5. Las personas: en este viaje tuve el placer de compartir con dos personas con las cuales no había establecido una relación anterior. Una compañera de trabajo y una ex compañera de trabajo. El sábado me devolví del Caso a cenar, me bañé y me vestí para ir por un par de cervezas con una de ellas al Casco de nuevo. Ese par de cervezas se convirtieron en una conversación eterna hasta las 5am. Una vez más, ellas me reforzaron lo importantes que son las relaciones humanas y cómo cambia el mundo con estos encuentros. Conversé muchísimo con ambas, les compartí de mis momentos oscuros pero también de esas cositas que hacen que me brillen los ojos. El viernes y sábado salí con una compañera de trabajo que se convirtió en una amiga con la que curiosamente comparto más cosas de las que ambas hubiéramos imaginado. Si no hubiera sido por mi vuelo, estoy segura que seguiríamos compartiendo historias y secretos. Esa fue mi parte favorita, ambas nos abrimos el corazón como si fuéramos amigas de toda la vida. Esos son encuentros de calidad y no de cantidad.
  6. La vida: esta podría ser la parte más filosófica del texto pero es realmente la más sencilla. La presión! Cómo es posible que nos presionamos tanto para sentirnos bien, para vernos bien, para ser exitosos, para tener un mejor salario o el celular más nuevo. Por supuesto que todos queremos todas estas cosas pero a veces siento que nos exigimos tanto que se nos olvida lo más importante y es disfrutar el trayecto. La gloria y la desgracias también. Vivir! Llorar y bailar. Estar sentados en un restaurante sin ver el celular y fijar la mirada en la persona que está compartiendo ese momento con nosotros. En jugar más con los chiquitos. En ver más el atardecer. Disfrutar la comida sin pensar en el horario. Este ha sido mi mayor aprendizaje de todo, curiosamente, me parece el más obvio.

Creo que mi día parisino se convirtió más en una aventura revolucionaria con el corazón y de la mente. De repensar muchas cosas y de valorar otras también.

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