Lo de los juguetes

Aquí anda mi mochuela con un enhebrador bien majo que compramos en Monetes.

No creo que le resulte fácil a ninguna madre o ningún padre tomar decisiones respecto de los juguetes de nuestros niños. Hay tanto escrito sobre juguetes como sobre escuelas, alimentación, desarrollo, o lo que le toque al mercado este mes. Están los partidarios del juego libre sin juguetes, los de los juguetes educativos, los familiares que te regalan cacharros del infierno con cinco MIDIs diferentes que les han costado un pastizal. Están las muñecas sin cara <strike>de la chorrada esta del</strike> Waldorf (mención especial a esas bolsas de juguetes “naturales” que ya te venden bolsas de piedras o de cachos de palo para que no tengas que molestarte en ir al campo a por ellos).

Y luego estás tú.

Los juguetes de madera

No sé vosotros, pero yo me volví TARUMBA el primer día que fui a por los (magníficos) juguetes de madera del Lidl. Se acercaba el primer cumpleaños de mi hija, que es en diciembre, y gracias a mi madre no arramblé con la tienda entera “para ir guardando para luego”. En la misma línea, cuando mi pequeña no tenía cinco meses me topé con una liquidación en Monetes, mi tienda de puericultura de referencia, de la que me llevé un correpasillos Wheely Bug, unos tampones de madera, un dominó de animales y una caja alfabeto. Están, en efecto, esperando su momento (al correpasillos ya le falta poco) pero doy el atracón por bien empleado del TREMENDO DINERAL que me ahorré, porque no es fácil encontrar a buen precio cosas como las letras de madera.

Suscribo letra por letra los argumentos de estos señores sobre los juguetes de madera. La mayoría son sencillos, versátiles (lo cual educa los gustos de mi niña y también el mío) y ecológicos. Lidl e Ikea, sorprendente y agradablemente, fabrican casi todos en Europa. También suelen ser muy bonitos, lo cual educa el gusto de ella y el mío.


El plasticorro

Mi hija está a punto de cumplir 16 meses. No sólo tiene juguetes de madera. De hecho ha heredado muchos juguetes de vecinos y amiguitos mayores que ella, y en su nombre hemos regalado aquellos a los que no ha hecho mucho caso. Le encantan los encajables y apilables. Le flipan los puzzles. Poco a poco va disfrutando de sus sonajeros, su tambor, sus carracas y su xilófono, pero para mi desgracia es una ingenierilla que prefiere ver cómo están hechas las cosas antes que sacarles sonido.

Entre los juguetes “no recomendables” que tiene mi hija hay muchos de plástico. Procuramos comprar cosas cuya pintura no se le quede en la lengua, pero no nos provoca la menor vacilación tener construcciones de plástico regalo de sus primas de Barcelona, cubos para el parque, esa pelota que vio en un Decathlon y que (¡más maja!) no protestó cuando devolvimos a la cesta _con lo cual acabó cayendo_. Y nuestra última adquisión: una piscina hinchable y una carpa, saldos del Lidl, que hemos llenado de bolas. Todo ello como se ve producto de supermercado made in El Reino de las Siete Felicidades y los dos Sistemas Económicos.

Especismo, princesismo… lo tiene todo. Costó 8 euros y ella le mola MUCHO

El límite

¿Cuántos son demasiados juguetes?¿Realmente compramos demasiados juguetes a nuestros niños? Somos primerizos y no abundan buenos ejemplos cercanos: una familia amiga comparte los que se les quedan pequeños, y nosotros ya hemos empezado a hacer lo mismo en función de los que mi hija descarta y conserva por sí misma. Compruebo que sus gustos no siempre coinciden con los nuestros ni con nuestras expectativas. También procuramos que el juego y los juguetes no sean los sustitutos de un rato fuera con nosotros _aunque sea haciendo la compra_ o que nos den “espacio”, aunque bendita la media hora de construcciones que me permite entregar ese ABURRIDÍSIMO trabajo pendiente. Cada viaje a mi pueblo se convierte en un aluvión de ropa y juguetes heredados que cuesta asimilar, pero a la vez se convierten en una experiencia hermosa para mi niña, que aprende a recibir: no creo que pueda aprender a compartir nada si no experimenta el gozo de que alguien comparta sus cosas con ella.


Y luego está aquello más allá de los juguetes, que es el juego. He aprendido a jugar de nuevo gracias a mi hija: desde los fundamentos del juego al modo Montessori hasta jugar a fabricar juguetes. De momento llevamos un tablero de actividades, un tablero sensorial, un palo de lluvia y un kamishibai.

Preparale su primer espacio de juego también ha sido un juego para nosotros, como lo es jugar a recoger piedras en el monte (útil estratagema para que no se las coma). Soy, como digo otras veces por aquí, hija de la generación Transformers. Mi juguete favorito fueron las figuras de acción de Star Wars de Mattel y no cambiaría por nada “educativo” ni “artesano” aquellos miles y miles de horas vividos en una galaxia muy, muy lejana. De modo que procuro que Lo Educativo no me deje ver el bosque en cuanto al juego (y la felicidad) de mi hija.