Lo de los niños y las pantallas (II)

El otro día apagamos la tele. No es que la tengamos encendida 24x7, sino que la apagamos mientras los niños la veían.

La tarde de autos mi hija había pasado la tarde entera jugando: está acostumbrada a jugar con otros bebés (y es alucinante verles reconocerse y quererse), pero no con niños mayores. Sus primas viven en otra ciudad y en otro país respectivamente, así que se ven menos de lo que me gustaría para ella. En mi pueblo juega con los hijos de nuestra vecina, que la quieren como si fueran sus primos.

Total, que al día siguiente uno de ellos puso el televisor. Estaba enfadado porque no quería quedarse a jugar, pero su madre tenía que salir de casa. Mi marido y yo decidimos quitar la TV y poner música porque creíamos que no era el mejor momento para verla, pero por fuerza recordé mi post sobre los niños y la tele. Todos somos hijos de nuestras contradicciones, nosotros también. Y si la pregunta ¿cuándo encender y apagar la TV? te suscita más respuestas que un NUNCAAAA o un MEH, hacerlo conlleva un rato de reflexión.

¿Por qué decidimos apagar la tele en primer lugar?

En realidad fue por intuición. Habíamos estado viendo Gumball juntos y las niñas se pusieron a jugar: nuestra intención era integrar al niño en el juego y que dejara de estar enfadado. No somos educadores ni pedagogos, lo cual significa que actuamos guiados por nuestros instintos nada más, y que podemos cagarla y de hecho la cagamos frecuentemente. Por ejemplo, creyendo que lo mejor para el crío era integrarse en el juego cuando estaba en nuestra casa contra su voluntad y lo mismo lo que necesitaba era que le dejáramos a su aire tranquilamente. El experimento salió moderadamente bien, porque nuestro vecinillo no llegó a integrarse en el juego de las niñas pero se montó su chiringuito por su cuenta con otros juguetes (lo cual es bastante meritorio, habida cuenta de que tiene cuatro años y los juguetes que hay en mi casa son juguetes de bebé).


Estas son las cosas que solemos ver, que hemos detectado que le gustan a mi hija o que nos gustan a nosotros y a ella también.

  • Peppa Pig: Empecé a verla por curiosidad estando embarazada. Me he enamorado de sus dibujos y de su retrato de la infancia, sencilla, temperamental, propensa al cabreo y a resolverlo todo con un baño de barro.
  • La patrulla canina: La odio. Odio cualquier producto tramposo. Este en concreto interrumpe su narrativa para colar un anuncio descarado de juguetes.

Pero el padre de mi hija y yo somos de la generación Transformers, no vengamos jodiendo ahora. De momento mi hija no muestra interés alguno en los coches ni en los peluches y aunque no la buscamos en la tv, no se la negamos si la emiten.

  • Pocoyo: Por qué no hay más episodios. Por qué. Ah, ya.
  • Los Simpsons: Si no te gustan es que eres tonto.

(este es el vídeo estrella de mi casa a la hora del desayuno los domingos)

  • El Hombre y la Tierra, Wild Frank y vídeos de bichos en general.
  • Muppets. La serie nueva, y cualquier revival que caiga en casa.

Nada de esto significa que pasemos más de una hora al día viendo televisión. Tampoco la pasamos meditando en silencio: nuestra hija es tranquila y procuramos ocupar el tiempo de forma activa, paseando, en los columpios, en la piscina o con amigos. Pero no creo que esta tenga que ser la fórmula apropiada para criar a ningún niño o niña; no es más que la que de momento aplicamos nosotros.


¿Y qué pasa con el móvil?

El móvil es un instrumento muy versátil que sirve para chupar, agitar, tocar, mirar y mandar twitts.

También nos sirve para jugar a Marea de Colores.

Marea es un vídeojuego para bebés diseñado y distribuido gratuitamente por CONACULTA, la Secretaría de Cultura del Gobierno mexicano. Es bonito, agradable, con un punto de interactividad táctil y lo jugamos de vez en cuando, junto con otro vídeojuego de Conaculta, ¿Dónde está el bebé?. Y seguro que hay más juegos y apps para bebés y niños pequeñitos: preguntad a Víctor Navarro que es un sabio de esto.

Y hasta aquí llega mi sesuda reflexión en dos entregas sobre niños, bebés y pantallas. Como madre no tengo más recursos que mi intuición, mi sentido común, mis lecturas y mi experiencia (y también mis prejuicios).