Leer a domicilio, y que el lector sea el texto

El oficio de leer a domicilio no está muy difundido pero tiene sus cultores. Para ejercerlo, no basta con saber leer y tener una buena voz. La clave radica en dar algo más.

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Hace poco más de un mes me crucé —en una cuenta de Instagram llamada Literland— con la foto de un anuncio callejero que decía lo siguiente:

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LECTOR SE OFRECE A DOMICILIO

Escritor, periodista, locutor, conferenciante lee para ti. Poesía, literatura, ensayo, prensa, comenta, investiga, voz cálida y humana, buena oratoria. Precio, 15 € hora presencial. Los libros son joyas, las palabras piedras preciosas.

Me llamó la atención, porque nunca había sabido de nadie que se dedicara a leer a domicilio. Sin embargo, busqué en internet y descubrí que no es algo tan novedoso. El servicio existe de diversas formas en varios países (Argentina, Uruguay y España entre ellos), no sólo en residencias particulares sino también en residencias de ancianos, bibliotecas y otros lugares. Bastante gente se ofrece para realizar esta labor, tanto a través de sus propios sitios web como en plataformas de demanda de empleo.

En mi recorrido, di con un artículo de El Periódico, de Barcelona, titulado “Reinventarse como lector a domicilio”. Publicado a mediados de julio, el texto cuenta la historia de Mario Pérez Ruiz, un hombre que acababa de quedarse sin trabajo y que había desperdigado por las calles de la Ciudad Condal unos cartelitos en los que se ofrecía como lector. En la foto publicada por El Periódico se ve uno de sus carteles y, aunque no es igual que el difundido por Literland, pronto comprobé que ambos se referían a la misma persona.

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Mario Pérez Ruiz (foto: El Periódico)

Busqué un poco más y seguí descubriendo cosas. Supe que Mario Pérez Ruiz nació en Montevideo en 1960, hijo de exiliados catalanes. Y que en los años setenta, durante la dictadura uruguaya, su familia decidió volver a Barcelona, y poco después abrió un restaurante. Lo llamaron L’Avia, que en catalán significa “La Abuela”. Y con los años se convirtió en un clásico del supercéntrico barrio del Raval, a tal punto que aparecía recomendado en las guías gastronómicas de la ciudad.

Descubrí también que Mario Pérez Ruiz, además de haber quedado a cargo del restaurante, publicó más de veinte libros, entre novelas e investigaciones sobre temas tan dispares como la masonería, Pitágoras o el misterioso manuscrito Voynich. Y que regenta un puesto de compra y venta de libros usados en el Mercat de Sant Antoni. Y que el último 26 de mayo coincidieron su cumpleaños número sesenta con el cierre definitivo a L’Avia, víctima de la pandemia pero también de la especulación inmobiliaria que arrecia sobre Barcelona (y tantas otras ciudades).

Tantas curiosidades me dieron ganas de conversar con Mario Pérez Ruiz. Me puse en contacto con él, vía WhatsApp. Le pregunté cómo le está yendo con su nuevo trabajo de lector a domicilio. Y me lo contó.

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“No rinde mucho dinero, no es algo como para hacerse rico, pero sí me da muchísimas satisfacciones”, explica. Se ríe cuando admite que se han comunicado con él más periodistas que potenciales clientes. Pero eso también lo entusiasma, porque cree que de ese modo otras personas pueden seguir sus pasos, y todo eso contribuye con la promoción de la lectura.

Entre sus clientes, detalla Pérez Ruiz, se cuentan una psiquiatra forense, un profesor universitario, una psicóloga, un médico, una pareja de un fotógrafo y una modelo para artistas, una estudiante marroquí, personas ciegas… A algunos de ellos les cobra los quince euros mensuales, pero a otros no. A uno, por ejemplo, que es “un lector voraz”, le vende libros. De ese modo, combina su nuevo oficio de lector a domicilio con el antiguo de librero de segunda mano.

¿Qué lee? De todo: Borges, Cervantes, Onetti, Rulfo, Felisberto Hernández, Truman Capote, Conde de Lautréamont (“ese uruguayo al que conocen en todas partes menos en Uruguay”), las novelas llevadas al cine por Stanley Kubrick, El principito, cuentos de hadas… Y no sólo lee: también comenta las lecturas. Y en algún caso hasta ejerce de escribiente. Además, está intentando convertir un viejo kiosco de prensa en un puesto callejero de compra y venta de libros usados. Y también es guía de paseos turísticos por Barcelona en los que cuenta historias de vampiros. Y sueña con grabar podcasts y audiolibros. Mario Pérez Ruiz es algo así como un todoterreno en el oficio de contar historias.

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Cuando vi aquella primera foto en Instagram, recordé que, en la enorme de pila de libros sin leer que tengo en mi casa —ese tesoro que muchos guardamos con una suerte de avariciosa delectación—, había una novela de Fabio Morábito que me traje de México en diciembre. Una novela titulada, precisamente, El lector a domicilio. Entonces la leí.

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De Morábito sólo había leído un cuento (“El tenis de los viernes”, incluido en una antología de cuentos de tenis) y una compilación de artículos titulada El idioma materno, y todo me había gustado mucho. La novela no defrauda: también es muy buena. Narra la historia de Eduardo, un hombre que, tras haber cometido un delito menor, es condenado a un año de trabajo comunitario. Gracias a un contacto con las autoridades, se evita tener que limpiar los baños de algún edificio público y consigue que su trabajo consista en leer. Leer a domicilio.

Tiene que visitar siete casas distintas a la semana. Sus oyentes, conforman un grupo de lo más variopinto: una pareja de hermanos uno mudo y el otro ventrílocuo, una familia de sordos que deben leerle los labios, un militar retirado que no lo escucha más de cinco minutos sin quedarse dormido, un matrimonio que lo aplaude cada vez que termina sus lecturas y lo llama artista (“no, ningún artista, sólo un lector”, se esfuerza en aclarar Eduardo), una mujer muy atractiva que se mueve en silla de ruedas…

La trama se complica con la presencia de la poeta mexicana Isabel Fraire y las mafias que operan en la Ciudad de la Eterna Primavera donde transcurre la historia (Cuernavaca), pero eso lo dejo para cuando —si quieren y pueden— lean la novela. Lo que me interesa destacar es el muchos de sus oyentes se enojan con Eduardo. Él lee muy bien, con una “hermosa voz varonil”, pero no presta atención a eso que lee. No se escucha. Si lee en voz alta, es incapaz de entender lo que está leyendo. No puede hacer las dos cosas a la vez. Quienes lo escuchan lo advierten, y les molesta, y se lo reprochan.

“Usted está enamorado de su voz —le dice Margó Benítez, la mujer en silla de ruedas—. Tiene una voz seductora y deja que ella se encargue de todo el trabajo”. Y añade: “A muchos cantantes les pasa lo mismo que a usted, cantan sin saber qué están cantando. Pura voz y pulmón”.

En efecto, Leo Slezak, famoso tenor alemán de finales del siglo XIX y principios del XX, confesó en sus memorias: “Desgraciadamente, no puedo decir más sobre Il trovatore porque, aunque yo mismo he interpretado muchas veces esta ópera, a día de hoy aún no sé demasiado bien de qué va”. Una confesión citada —y celebrada— por la gran Wisława Szymborska en uno de los artículos recogidos en su libro Lecturas no obligatorias: “¡Menudo peso me ha quitado de encima! Resulta que no soy la única persona de la sala que no siempre sabe quién canta contra quién… La gente que sale a escena tampoco sabe qué está pasando”.

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Si las óperas se pueden disfrutar aunque los cantantes no sepan lo que cantan, ¿por qué la lectura no? El sentido común indica que no debiera importar si el lector entiende o no lo que está leyendo. El único requisito debiera ser una lectura correcta. Es decir, una correcta interpretación. Entonces, ¿por qué a los oyentes de Eduardo sí les molesta?

La clave, me parece, es que la misión del lector a domicilio no se limita a leer. Por ello quienes lo reciben no se conforman con su “hermosa voz varonil”. Si les bastara con eso, pondrían un disco. Quieren más: que el lector se involucre con el texto. O, mejor, quieren que el lector sea el texto. Y que el texto sea también una persona, que se encarne en una persona, como sucede con los libros al final de Farenheit 451.

Mario Pérez Ruiz, el uruguayo que lee a domicilio en Barcelona, lo tiene clarísimo. De ahí las polifacéticas aristas de su trabajo. A Eduardo, el protagonista de la novela de Morábito, la cosa le cuesta un poco más. En un pasaje le pregunta a Margó Benítez por qué se anotó en el programa de lecturas a domicilio, si es una persona culta acostumbrada a leer por su cuenta. “Eduardo, se ve que usted es joven —responde la mujer—. Porque me aburro y nadie me visita, así de simple”.

Por eso, la próxima vez que alguien te pida que le leas algo, acordate: no querrá la historia, te querrá a vos contándole la historia, siendo la historia. En esa diferencia cabe el mundo.

Como el otro, este juego es infinito

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