Cristina Cociu
Jan 18, 2017 · 3 min read

CENTRO PARA PERSONAS QUE SUFREN DESEQUILIBRIOS

*Relato corto

Aún oyes resonar los pasos en la entrada, pero, sin embargo, dejaron de estar ahí.

Hace mucho que me fui, te abandoné porque no te podía soportar más. No soportaba tus gritos de loco, el verte tirarte de los pelos, como le gritabas a la almohada.Te dije que ella no te iba a contestar, te dije que estabas perdiendo la cabeza.

El que pusieras a modo de juego los tomates en la ducha y el cepillo de dientes en la encimera, el chocolate entre las flores del jardín por si las abejas tenían hambre… al principio me sumergí en tu locura contigo, era divertido… pero no te soporto más. He llegado a odiarte. Odiándote, me odio.

No me hiciste caso… te dije que todo eso te llevaría a la perdición. Ahora estás encerrado en ese manicomio, o si quieres lo decimos con eufemismos, centro para personas que sufren desequilibrios. Estás ahí encerrado y te sigo odiando. Porque en mi mente aún oigo tus aullidos ahí, aún estando lejos, te puedo imaginar susurrando mi nombre. ¡DEJA DE HACERLO! ¡No te atrevas a pronunciarlo! es mío, me lo estás ensuciando con tus agrietados, putrefactos y purpúreos labios.

Ana, Ana ,Ana, Ana, Ana…

¡TE OIGO!

Resulta irónico el significado de mi nombre, ``la bendita´´… cuando deberían haberme llamado ``Ana la maldita´´. MALDITA por conocerte, por conocerme, por desquiciarme… por perderme en tu mundo olvidándome de mi existencia, para acabar en la inexistencia. Ya no existo… Y tú tampoco existes.

Soy yo… quien, a través de ti, me encuentro encerrada entre las cuatro paredes acolchadas del centro para personas que sufren desequilibrios. Soy yo la que acabé oyendo tu voz en mi mente, la oí tan claramente esa noche que dormías a mi lado que te juro que aún creo que fue real y no como estos medicuchos se atreven a decir que solo estaba en mi cabeza.

Te juro que me rogaste que te ahogara entre mis pechos, que te ahogara de verdad, que querías una muerte fuera de lo común. Y lo hice, pero como no lograbas ahogarte, te acuchillé con la navaja que guardabas en la mesilla de noche, lo hice solo para ahorrarte tanto sufrimiento. Sí, sé que fueron varias veces, pero una vez di la primera, no podía parar de hacerlo, me gustaba… La primera cuchillada me pedía una segunda y la segunda una tercera…

Cuando vi que tus labios habían perdido todo color, te odié aún más, sentí asco de ti, y a la vez me sentí liberada, liberada de tu insoportable presencia, pues no podía aguantarte ni un día más.

Lo malo fue que, con el tiempo, tu cuerpo empezó a desprender un hedor que se coló por debajo de la puerta, y los puñeteros vecinos tuvieron que llamar a la policía… Yo les dije que habías sido tú, pero no me creyeron. Me internaron aquí y dijeron que yo oía voces. ¿Te lo puedes creer? já… yo oyendo voces. Les gusta tergiversar las cosas, ellos no lo entienden, no como tú o como yo.

Lo peor es, que aún te oigo susurrarme al oído, no me has querido dejar tranquila ¿verdad?, no soportas estar sin mí, pero yo no soporto tu presencia.

Sólo quiero volver a matarte una y otra vez.

Quizás en el fondo, muy en el fondo, te quiero.

Cristina Cociu

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writer , photographer, filmmaker, poet