1 de enero de 2011

Sé que parece que me invento la fecha, 1–01–11, una fecha casi redonda, fácil de recordar, muy cómoda para marcar un hito en un relato. Una fecha transformada en literatura. Pero no es así, fue la fecha real en la que empezó todo y desde luego no es fácil ni cómodo que la vida te dé un vuelco un día en el que todo parece estar en suspenso, en el que no hay nada abierto ni tienes con quien contar porque todas las personas que conoces en una ciudad que no es la tuya están también fuera, en ciudades que sí son la suya.

Pero tú estás ahí, con el marco de una foto y los cristales rotos en el suelo y te preguntas qué hacer mientras piensas que otra vez no, por favor, que esto ya lo has vivido antes y nadie tiene por qué pasar por esta situación ni una sola vez y mucho menos dos. Y con toda la calma de la que eres capaz (que, sorprendentemente, es mucha más de la que creías -a fin de cuentas, esto ya lo has vivido antes-) te acercas a ella y la convences para que suelte el trozo de cristal que sujeta en su mano.

Luego, llamas a su familia, a pesar de que tú para ellos eres poco menos que el demonio, la persona que pervirtió a su hija, y les explicas la situación. Insisten en que la lleves con ellos, en que es importante que vaya al hospital, pero al de su ciudad y tú, que ya no tienes fuerzas para seguir luchando, aceptas, dices que sí, sugieres que vengan a buscarla en coche, se niegan, incluso en ese momento se niegan, como si entrar en el hogar que habéis construido fuera para ellos el equivalente a arder en el infierno, y preparas todo para coger un tren, un 1 de enero, entre borrachos que vuelven de discotecas del extraradio de la capital, y allí estás con ella, en un cercanías, no sabes cómo la has convencido, has metido cuatro cosas en una mochila y vas camino de la estación, único punto donde sus padres sí se dignan a veros, ni siquiera dentro, sino fuera, en un desangelado aparcamiento.

Sales de allí preguntándote si has hecho bien y pensando que por qué a ti otra vez, que esto ya lo has vivido antes, que antes fue tu hermano y ahora tu pareja, que si será el precio por tu supuesto aplomo y seguridad. Sientes la soledad como un perro rabioso e intentas sacudirla sacando el móvil de bolsillo, haces una llamada, dos, tres, nadie contesta, es 1 de enero y todo el mundo está fuera o durmiendo o de fiesta, das con una compañera de trabajo que te escucha pero no puede hacer nada, está en el pueblo con sus suegros. Y así compruebas lo que siempre habías sospechado, que instalarte en una ciudad a 700 km de la tuya tiene un precio, que dejar atrás la familia y amigos no es solo una frase hecha sino una nueva manera de estar en la vida, más libre, más sola. Lejos.

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